martes, 17 de febrero de 2015

LA EPOPEYA DE LAS TRES CALAS

               

    El verano anterior Rosie y yo habíamos hecho una notable excursión a pie desde la Fosca hasta Calella. La primera parte del trayecto de ida la hicimos por los caminos rompepiernas que bordean el litoral del Cap Roig; la segunda parte, por una pista forestal de tierra, ancha e interior, mucho más llevadera que esos otros caminos pero, aún así, con pendientes continuas y duras. Salimos a las nueve y pico de la mañana, y llegamos de vuelta a la Fosca al mediodía. 
Este año yo quería ahorrarme el camino del litoral. Las vistas son preciosas, sí, caminas todo el rato viendo el azul brillante del mar entre las ramas de los pinos, atisbas desde lo alto pequeñas calas de aguas transparentes, accedes a rocosos precipicios…, pero no puedes quitar la vista del camino: es  un sendero de subidas empinadas y bajadas riesgosas, trabado por rocas y duras raíces de pino, donde no puedes dar un paso seguido en llano. Mi plan, pues, era llegar a Calella por el camino más fácil, y luego tal vez acercarme hasta Llafranc, dónde quizá encontraría a mi tía y a mi prima.
               

****


Aquel viernes por la mañana desperté solo en el apartamento. Rosie había bajado a Terrassa la noche anterior para un trámite, y había de volver al mediodía. Así que le escribí una nota diciéndole que me iba a Calella y que no sabía cuándo estaría de vuelta. Metí las cosas en la mochila, y salí del apartamento a las 9:16.
Seguí la ruta habitual hasta las eras que hay detrás de la playa del Castell. Es un sendero agradable entre bosques secos, transitado por bañistas, paseantes, corredores y ciclistas. Y termina justo donde se encuentra la garita de entrada al parking que hay detrás de la playa del Castell. Un rótulo indica que desde allí hasta la Fosca se tarda unos 48 minutos, pero estas cuantificaciones siempre son muy relativas. Rosie y yo la habíamos recorrido un par de veces aquella misma semana; tardábamos unos veinte minutos, o quizá menos (pero si nuestro apartamento hubiese estado en la otra punta del pueblo, habríamos de sumar diez o quince minutos más a ese tiempo).  
Llegué a la entrada del aparcamiento a las 9:30. En aquel momento no caí en la cuenta de que era una buena marca, aunque ya he dicho que se trata de un tramo bastante llano y agadable, y, además, eran las nueve y media de la mañana y la excursión no había hecho más que empezar.
Yo estaba sobre todo atento y concentrado en encontrar la primera parte del camino, el primer tramo de la pista forestal, que arranca precisamente junto a la barrera del aparcamiento. Bueno, digo que arranca una pista forestal pero quizá sean varias. De hecho, los caminos no se hacen claramente visibles hasta un poco más adelante. En todo caso, el camino que seguí fue el que buscaba ya que, en efecto, en torno a las 9:58 empecé a encontrar referencias conocidas: la torre donde termina el tendido eléctrico -¡que tanto me sorprendió el año anterior!-, la casa de piedra cubierta por una magnífica enredadera, y otras fincas y mansiones espectaculares, semiocultas detrás de vallas y protecciones, entre pinares que se extienden hasta el mismísimo mar.
       Por la pista me crucé con algunos ciclistas y casi ningún paseante. Es una pista ancha, con bosque a ambos lados, y con pendientes aparentemente suaves pero tan seguidas que me vi obligado a hacer varias paradas para recuperar el aliento. Claro que aquellas fechas estivales no eran las mejores para dar un paseo; pero, como contrapartida, a las 10:17 vi la masía blanca, bien pintada y cuidada, y los huertos, sin protección aparente, también muy cuidados y fértiles, que anuncian la llegada a los aledaños de los Jardines de Cap Roig. Casi no me lo podía creer, ¡había llegado a Calella en una hora!.
    Bueno, es una manera de decirlo; depende de lo que uno entienda por “llegar a Calella”. Pero, en todo caso, me sentí bastante satisfecho de haber encontrado la pista forestal que me ahorraba la deliciosa y extenuante ruta rompepiernas del litoral.
   
   Al poco de adentrarme en las urbanizaciones y barrios de apartamentos que hay en esa zona alta de Calella, encontré un rótulo que guiaba al camino de Ronda y lo seguí. Fui a parar a un estrecho y larguísimo pasillo de piedra que bajaba, a través de incontables escalones, hasta el mar, que parecía casi al alcance de la mano. Por fin llegué al camino de Ronda y allí encontré el manso mar del verano lamiendo pequeñas calas de arena o de piedra con sus aguas limpias y transparentes; rocas, precipicios y acantilados sobre los que crecen pinos inverosímiles; algas verdosas como orlas submarinas en las rocas, y los pequeños puntos negros de los erizos que viven solo un palmo por debajo de la superficie…

     Seguí el camino de Ronda hasta llegar al centro del pueblo, a la cala de Port Bo, donde se celebran cada año las famosas cantadas de habaneras. Decidí que había llegado el momento de darme un baño. Al entrar en el agua hice unos aspavientos de frío, y un hombre de unos setenta años, con el agua hasta los hombros y las gafas de sol puestas, me dijo “¡està freda!”. Le respondí con simpatía, a pesar de que por su aspecto me pareció un militar retirado, un policía o guardia civil, un facha. Habría jurado que era la clase de hombre al que le molesta alguno de mis rasgos -mi escandalosa melena a lo Robinson Crusoe (a decir de Rosie), mi delgadez, mi arrogancia de hombre acomodado…. Pero el hombre estuvo realmente cordial y respetuoso, y por eso le devolví simpatía.


    Entré en el mar y nadé un poco, hice el muerto, sumergí la cabeza, abrí los ojos debajo del agua. El agua estaba muy limpia, así que pude ver –borrosamente- las rocas cubiertas de algas que menudean en esa playa. Desde hace algunos años, abrir los ojos debajo del agua ya no me produce aquel insportable escozor de antes; tampoco necesito fregármelos antes de volver a abrirlos después de sumergirme.
    El baño me sentó muy bien. Entonces, restaurado y eufórico, decidí hacer algo un poco atrevido y divertido a la vez: cambiarme el bañador allí mismo. Resulta muy molesto andar mucho rato con el traje de baño mojado; és fácil que el roce de la sal y el tejido sintético del bañador acaben produciendo una irritación en la ingle.
   La verdad es que últimamente no tengo muchos reparos en practicar el nudismo, no me habría importado cambiarme sin más, pero no quería transgredir las costumbres ni la legalidad, así que me envolví con una toalla, me quité el traje de baño mojado y me calcé el seco. ¡No es fácil hacerlo con una sola mano, mientras la otra sujeta la toalla enrollada alrededor del cuerpo!. El presunto facha y su señora conversaban con otra pareja, a pocos metros de mí, y de vez en cuando me echaban una mirada indiferente.
   Acabé de vestirme, y recogí mis cosas. Miré al facha para despedirme de él, pero por lo visto yo había dejado de interesarle. Entonces me acerqué a una de las tiendas del centro del pueblo para comprar un brick de zumo de fruta, y galletas con chocolate –que, por cierto, estaban malísimas-, y busqué un lugar para sentarme y reponer fuerzas. Tras recorrer el resto de la fachada marítima de Calella, me senté justo donde empieza el camino de Ronda que lleva a Llafranc. Sentado en la baranda del paseo, a  la sombra, sin viento, con una relajante panorámica de Calella a mis pies, me zampé un croissant del día anterior que llevaba en la mochila, y un par de galletas; bebí el zumo y un poco de agua, y me fumé un cigarrillo. Eran las 11:26, la hora habitual de mi segundo desayuno.



Calella, desayuno. 11:26h

   Según las indicaciones, Llafranc estaba a la vuelta de la esquina, a solo diez minutos por el camino de ronda. Llegar hasta Llafranc tenía el aliciente de encontrar a mis parientas, saludarlas, dejarme ver en mi faceta de caminacaminos. ¡Y ni siquiera eran las doce del mediodía!. Así que me puse en marcha, y en poco menos de diez minutos avisté Llafranc. Eran las 11:51.

Llafranc a la vista desde el camino de Ronda. 11:51h 

   Antes de llegar al pueblo encontré torres y casas elegantes, donde mi imaginación fraguaba vidas intensas y creativas, estimuladas por el impresionante paisaje del mar en invierno, y el montículo del faro al fondo. Poco antes de llegar a Llafranc, encontré una interminable escalinata, y me compadecí de las personas que subían por allí, cargadas con los trastos de la playa, porque a esas horas el sol de julio ya era inclemente.
    Casi al final de esa larga escalinata, vi la farmacia de la que me había hablado mi prima. Husmeé por lo balcones de los apartamentos próximos, pero no la vi. Así que seguí hacia abajo, hasta el paseo marítimo. Podría haberme dado otro baño, pero preferí buscar un sitio a la sombra y sentarme a descansar. Pasé como diez o quince minutos allí sentado. La playa en verano, a las doce del mediodía, es un lugar muy distraído, lleno de gente en paños menores que va y viene, la mayoría sobreexcitados por las vacaciones y sobreatontados por el sol. Vi pasar a un sinfín de veraneantes de todas las clases, edades, nacionalidades, razas y gustos, pero no a mis parientas. Finalmente, me cansé de esperar… tal vez en vano, tal vez ese verano ellas no habían subido a veranear a Llafranc, o no habían alquilado el apartamento cerca de la farmacia.
     Aquel ratito a la sombra me rehizo un poco, y volví a sentirme con fuerzas y ganas de seguir caminando. Ni siquiera recordaba la última vez que había estado en Llafranc, así que decidí acercarme por lo menos hasta el otro extremo del pueblo, donde está el puerto o lo que queda de él. En mitad del paseo, encontré la Oficina de Información Turística y me detuve a preguntar por los itinerarios y horarios de los autobuses de vuelta a la Fosca. Aunque, para ser sincero, no me entretuve mucho en mirarlos. La excursión había sido un éxito hasta aquí: con un poco de esfuerzo, podía salir de la Fosca y llegar hasta Llafranc en unas dos horas y media, bañarme, y regresar a pie para la hora de comer.
… ¿Por qué decidí seguir hasta Tamariu?. Lo razonable, lo que parecía sugerirme la mujer que me atendió en la Oficina de Información, a la vista de mi aspecto sudoroso, la cara de cansancio, mis canas y mis piernas escuálidas (ella no lo sabía, pero aquella misma semana yo había cumplido 57 años), lo razonable, digo, habría sido esperar el siguiente autobús Llafranc-Palafrugell; tal vez aún me daría tiempo a bañarme antes de comer e la Fosca. Lo menos razonable era darse la paliza de ir hasta Tamariu en pleno mediodía, llegar allí a la hora de comer, en el mejor de los casos, y esperar hasta quién sabe hasta qué hora el siguiente autobús… ¡Pero qué bien sonaba la idea! Mis pies me llevarían a pisar en una sola mañana las tres calas de Palafrugell, las tres playas engarzadas como tres playas hermanas, extendidas a los pies del faro de San Sebastián.
               

***

       A las 12:47 empecé a subir el montículo del faro. De entrada, empieza con otra escalinata sin concesiones; y, total, solo te deja al principio de la cuesta que sube hasta el faro, la ermita, el hotel, los restos íberos y todo eso.
En aquel momento, con el sol desatado y unos diez kilómetros en las piernas, gastadas las primeras energías, me sentí un poco masoquista. Tuve que parar tres o cuatro veces para coger aire. Me dediqué a observar las torres que hay allí: son magníficas, sus dueños deben ser personas que buscan lo exquisito, la mayor comodidad, asentarse frente a los más bellos parajes…, mientras que yo estaba allí como un idiota, casi un sesentón, trepando al faro a pleno sol de julio, ¿total, para qué?.
        Entonces acerté a distinguir a otro hombre que también subía por la cuesta. Era un tipo más o menos de mi estatura; y, como yo, también llevaba gorro y una mochila a la espalda. Aunque desde la distancia era difícil apreciarlo, parecía algo más joven que yo. Me fijé en su calzado: llevaba bambas. Bueno, ¡pues yo no era el único gilipollas que se había empecinado en subir caminando al faro de San Sebastián a la una del mediodía!. Esto me consoló. Ni tampoco el único que tenía que ir haciendo paraditas para digerir aquella cuesta de asfalto en pleno mediodía de verano… Le avancé antes de llegar al faro.     
      A las 13:09 alcancé el espléndido mirador: desde allí se contempla una panorámica aérea de las bahías de Llafranc y Calella, los salientes de Cap Roig, los bosques de la zona del interior y del núcleo urbano de Palafrugell… No solo es una lección muy plástica e inmediata de geografía, sino de la propia esencia de la Costa Brava, de esa sucesión de calas recortadas y pueblos de pescadores, hoy reconvertidos en indisimuladas explotaciones turísticas. 



Vista aérea de Llafranc, Calella i el Cap Roig, desde el mirador del faro de San Sebastián. 13:09h

Así pues, tardé unos veinte minutos en trepar por las curvas de la cuesta del faro. No es una gran marca, desde luego. Una vez alcanzado el faro, busqué la entrada del camino de Ronda hacia Tamariu, pero no la encontré. Me acerqué hasta la explanada principal y allí me encontré con mi competidor imaginario en la cuesta, que contemplaba la perspectiva inmensa del mar.
         - ¿Vas cap a Tamariu? –le pregunté.
       Me respondió, en inglés, que no, que ese era su plan para el siguiente viernes. Lo cual me pareció una respuesta bastante enigmática, una invitación a preguntar “¡¿y por qué no mañana?, ¿por qué el viernes?!”, pero yo no quería entretenerme. Intercambiamos unas pocas palabras acerca de dónde podría estar el GR-92, y nos despedimos deseándonos suerte.
         Ahora, en la infinita comodidad de mi casa, limpio, fresco, descansado, con un café humeante y un porro de hierba sobre la mesa, comprendo que en algunos momentos de esta modesta epopeya me dejé llevar ciegamente por el impulso de seguir adelante, de no perder ni un minuto orientándome… Pues áquel fue uno de esos momentos: en vez de buscar, preguntar y orientarme, tiré carretera abajo.
        Al principio derivé por un barrio de torres privadas, pero luego acabé yendo a parar a la carretera que baja hasta las eras y prados de la bifurcación de la GIV-6542. No vi ningún rótulo, ni tampoco los clásicos signos de color rojo y blanco pintados en árboles o piedras que señalan el GR. De todos modos, caminaba de bajada y recuperé fuerzas. No circulaban muchos automóviles por la carretera, y durante un buen rato pude caminar a la sombra de los frondosos árboles que la bordean.
A un lado de la carretera vi una enorme roca, de unos veinte o treinta metros de altura, milagrosamente suspendida en posición vertical; al otro lado encontré una verja de entrada a quién sabe donde, pues no había ninguna inscripción, rótulo o señal. Sobre los dos pilones de obra que sostenían la verja, había sendos leones de piedra minúsculos, del tamaño de un puño.   
       Cuando llegué a la zona llana donde se toma el desvío hacia el camino de Ronda, no lo encontré. Quizá lo pasé de largo, o quizá no iba por el camino adecuado, así que no se me ocurrió mejor alternativa que llegar a Tamariu siguiendo la carretera, antiguamente llamada de la Perica: una estrecha, sinuosa e interminable carretera de curvas.
       Caminar por el lado correcto de la carretera es imposible, pues no hay espacio entre el asfalto y la pared de roca. Pero por el otro lado tampoco hay apenas arcén, así que tuve que hacer algunos tramos al otro lado de la valla de protección. Pero por allí tampoco había mucho margen para caminar, sino solo un bosque en pendiente que se precipita hacia el mar. Acabé saltando de nuevo a la carretera y prestando mucha atención visual y auditiva a los automóviles.
Me acordé de la cantidad de veces que he bajado por esa carretera en coche. Cuando pasas la bifurcación del faro, sabes que estás ya solo a un paso de Tamariu. Pero aquel día necesité bastante más de uno o dos centenares de pasos para llegar a Tamariu, ¡las curvas no se acababan nunca!. Adivinaba el azul del mar entre el verde de los pinos (según un poema de Maragall que leí en una loseta de cerámica, en la pared de una casa del camino de ronda, la más deliciosa combinación de colores para la vista y el espíritu), pero ahora ansiaba llegar de una vez por todas al pueblo y dar así por perpetrada aquella improvisada hazaña.
       Poco antes de las últimas curvas antes de llegar al pueblo, tomé un desvío a mi derecha, una pendiente con escaleras que conducía hasta la playa. Y a las dos en punto me senté en las escaleras de piedra que bajan desde el Hostalillo para hacer una fotografía de la playa de Tamariu.
Desde la fotografía en la escalinata de Llafranc, a los pies del faro, habían pasado una hora y trece minutos. Bueno, eso podría parecer una buena marca: una hora y cuarto para un recorrido de “dos horas, por lo menos” (insistió la chica de la Oficina de Turismo). Pero, claro, hay que tener en cuenta que me ahorré el muy fatigoso camino de Ronda que pasa por cala Pedrosa.

         Llegué a Tamariu cansado, acalorado, sudoroso, pero también muy satisfecho de mi inesperada aventura. Eran las 14:00, y el sol abrasaba. En lugar de meterme en seguida en el mar, preferí sentarme a la sombra, en la arena, debajo de la cafetería del Hostalillo. Me quité las botas y los calcetines, bebí un poco de agua, me fumé un cigarrillo. Luego me cambié las gafas de sol por las gafas graduadas, y miré los horarios de autobuses que me habían dado en la Oficina de Información. Salía uno a las 14:15. Rebusqué en el fondo de la mochila mi reloj digital, perdido entre los pliegues de la toalla, y cuando lo encontré vi que eran las 14:16. Confié en que mi reloj siempre va dos o tres minutos adelantado, por lo menos: recogí mis cosas a toda prisa y corrí hasta la marquesina. Apenas tardé medio minuto en llegar hasta allí (mi reloj seguía marcando las 14:16), pero una pareja de edad, ambos catalanes, me confirmó que el autobús ya había salido.
       El siguiente autobús salía a las 16:45, ¡casi tres horas después!. “Bueno”, pensé, “aprovecharé para comer”. Sí, necesitaba comer y beber algo, reponer fuerzas. Ni siquiera pensé en que si comía algo ya no me podría bañar -pues sigo respetando religiosamente el tiempo de la digestión. Descarté los chiringuitos más caros del paseo marítimo y miré los precios de los restaurantes de la riera. Entré en el más barato, que anunciaba un menú a 9’90 euros. 
       Pedí “mesa para uno”, y encargué el menú. Ensalada (verde), pizza (margarita) y helado (de vainilla). Para beber, cerveza (sin alcohol). Por cierto, ¡nunca antes me han sabido tan bien unos sorbos de cerveza fría!.
      Entonces, sentado y repuesto, empecé a darme cuenta de que no había calculado bien el dinero que me quedaba. Un problema de matemáticas elementales para una mente fatigada: al salir de la Fosca cogí un billete de veinte euros (pero no la cartera, ni la tarjeta de crédito, ni el carné, ni el móvil, ni nada que no se pudiese mojar), y en Calella gasté dos euros y algo. El menú de Tamariu costaba 9’90, y la cerveza quizá unos dos euros. ¿Me llegaría para un café?. Peor aún, ¿me llegaría para el billete de autobús?. ¿Cuánto son 9’90 euros, más una cerveza, más dos euros y algo?. ¿Me quedarían por lo menos los 5 euros que costaba el billete de autobús?.
       Entre tanto, en la terraza se sentó un grupo de seis mujeres, de una edad en torno a los cincuenta. Ellas estaban de perfil, y yo de cara, así que las pude observar con comodidad. Ninguna de ellas me pareció atractiva, sugerente, bonita, interesante, sexi… Y, sin embargo, ésas serían las mujeres entre las cuales yo debería buscar compañía, si estuviese solo. Una de ellas llevaba las uñas muy largas, afiladas, pintadas de rojo o encarnado. “Buf!”, pensé, “qué fácil es que te dé un arañazo…!”. La mujer que estaba sentada enfrente de ella  pidió una ensalada de queso de cabra, y al primer bocado hizo un gesto de repugnancia. Le dio un trozo a la mujer-gato para que lo oliese, y ésta también hizo una mueca de rechazo.
       Entonces llamaron al camarero principal. El hombretón se acercó, solícito pero no alarmado, y también olisqueó el queso de cabra. Parlamentaron un poco, y el camarero retiró el plato. Poco después, salió con la bandeja entera de queso de cabra para que todos lo oliesen y comprobasen que no estaba pasado, ni podrido. Los tres olieron la bandeja de queso y convinieron en que el queso estaba en buen estado, solo que este queso de cabra tiende a ese olor intenso y un poco agrio…
       El camarero sirvió otro plato de ensalada de queso de cabra para la mujer que se había quejado. Cuando las seis mujeres estaban servidas y enfrascadas en plena comida –es decir, administrando sabiamente los tiempos como profesional astuto y veterano que era-, se acercó a la mesa y con una leve inclinación dijo “¿lo demés, bé?”. La mujer que había rechazado la ensalada esbozó una amplia sonrisa, “tot boníssim!”. Mentira: mi pizza estaba tan salada que apenas se podía comer.
     Esta escena me distrajo por un rato de mis angustias artiméticas porque… ¿qué ocurriría si no me llegaba el dinero para el autobús?, ¿cómo volvería a la Fosca?. Apuré una tarrina rebosante de vainilla (“de la casa”, dijo al servírmelo una chica joven, guapa, simpática, ¡sin ningún anillo en las manos!), y pedí la cuenta. Tras recibir el cambio, conté las monedas que me quedaban: exactamente, 4’65 euros. O sea, me faltaban 0’35 euros para comprar el billete.
Al comprender que no tenía suficiente dinero para coger el autobús, me sentí perdido, hundido en la remota cala de Tamariu. Admito que especulé con la idea de pedir esos 40 céntimos a los propios camareros, ¡habían sido tan amables!. Claro que la amabilidad circula en el sentido del dinero: es decir, si pagas, son amables contigo; si pides, la cosa cambia. También pensé en la multitud de antiguos conocidos de Tamariu a los que siempre quiero evitar, ¡ahora no me importaría sablearles uno o dos euros!. Y el conductor del autobús: ¿aceptaría que le pagase un billete que valía 5 euros con solo 4’65?. Eso era casi peor que sablear a los camareros, pues el conductor es un trabajador que tiene que cuadrar sus cuentas. Además, me parecía vergonzoso pedir prestado a desconocidos, teniendo en cuenta que tengo miles de euros en el banco. Que, por cierto, ahora no me servían para nada, ¡qué valiosa me habría resultado una sola moneda de un euro!.
Los camareros no tenían la culpa de que yo hubiese calculado mal. Admito que incluso llegué a pensar en las monedas que se encuentran por la mañana en la playa, ¡pero no podía ponerme a buscar monedas en la arena con la playa llena de bañistas!. Por otro lado, también empecé a preocuparme por Rosie. Ella llegaría al mediodía, vería la nota (“…no sé a qué hora estaré de vuelta…”), y posiblemente no empezaría a preocuparse hasta las cinco o las seis de la tarde. Pero si yo no podía coger el autobús y tenía que volver a pie, rehaciendo el camino de ida, entonces posiblemente llegaría más tarde de esa hora. Por otro lado, no podía ponerme en contacto con Rosie porque yo había dejado el móvil en el apartamento; y, la verdad, nunca he sabido su número de móvil de memoria. Para colmo, ni siquiera podía llamar a mi propio móvil (que sí me sé) porque estaba apagado y Rosie no sabía tampoco la clave de accceso para encenderlo.
A partir del momento en que aquella linda camarerita me devolvió el platillo con el cambio y comprobé que me faltaban 35 céntimos para pagar el billete del autobús, tuve la descorazonadora convicción de que si no quería pedir dinero a conocidos o desconocidos, si quería asumir mis propias imprudencias o errores de cálculo, si quería depender solo de mí mismo… no me quedaba más remedio que rehacer a pie el camino de vuelta a la Fosca.
¡Qué tonto había sido!, ¡qué impulsivo!, ¡qué descuidado!. Llegar hasta Tamariu había sido una considerable epopeya para un cincuentón fumador y sedentario como yo, pero hacer el camino de vuelta era una burrada, una matada. Y además a contrarreloj, porque por nada del mundo quería intranquilizar a Rosie con mi falta de noticias, ni menos aún andar perdido por el bosque al anochecer.
       Sostuve arduos debates interiores: ¿era el orgullo burgués (o un amor propio mal entendido) lo que me impedía acercarme a un desconocido cualquiera para mendigarle unos céntimos de euro?. O bien se trataba de una pura cuestión de dignidad personal, de coherencia interna, de asumir las consecuencias de mis actos, tanto si me llevaban a perpetrar aquella deliciosa caminata por las tres calas, como si me obligaban a rehacer el camino de vuelta como un tonto, emborrachado de su propio éxito… ¿Acaso no era muy poco elegante tener que recurrir a esos viejos conocidos de hace cuarenta años, a los que siempre trato de evitar a toda costa?!. La dignidad, ¿tiene algún sentido?, ¿no será un sentimiento ridículo, anticuado?.

***
               
¡Dios mío, otra vez el faro!, pensé. Eso sería lo peor, volver a subir al faro. Me sentí como esos ciclistas que corren el Tour de Francia, y que en una sola etapa suben dos o tres picos, a cada cual más duro. Trepar hasta el faro, remontar las escalinatas de Llafranc, subir desde el centro de Calella hasta los jardines de Cap Roig…, eso sería lo peor, pensé. 
Me senté un rato a la sombra, en el paseo de Tamariu, rezando para que, en el último momento, el Destino me pusiese por delante a algún antiguo conocido. Pero nadie con un mínimo de inteligencia saldría a dar un paseo al sol abrasador de las tres de la tarde. Muy pronto comprendí que si tenía que volver a pie, era mejor empezar cuanto antes el viaje de regreso. Decidí dejar de rezar, y me puse en marcha. Desde la una del mediodía no había hecho otra cosa que bajar, bajar por la carretera del faro, y luego por la muy serpenteante carretera de la Perica. Ahora me tocaba subir y subir.
El camino de Ronda de Tamariu sale desde un extremo de la playa del Hostalillo, y es un camino que conozco bastante bien hasta la llamada Cala del Roig. A partir de ahí, el camino prácticamente desaparece entre un montón de piedras, frente a un embarcadero. Allí fue donde me encontré a la danesa, que también buscaba el camino. Nos pusimos a hablar. Era rubia, de ojos claros, con esa frente suave de virgen que tienen las nórdicas. Quizá unos centímetros más alta que yo, aunque en aquel terreno irregular era difícil calibrarlo con exactitud. Llevaba shorts, y aunque era algo demasiado ancha de caderas, tenía un buen tipo y parecía ágil.
      Recorrimos un tramo juntos, sin buscar la compañía pero también sin evitarla: llevábamos el mismo paso. Me preguntó si era verdad eso de que “los españoles son muy sociables y amistosos, en seguida se ponen a hablar con desconocidos”. Le respondí con toda sinceridad “I don’t know!”. Y cuando se admiró de la costumbre que parecemos tener los españoles de caminar por los caminos de ronda y otras rutas de contrabandistas, volví a responderle “I don’t know!”. Cómo podría hablar en nombre de unos u otros, incluso de mí mismo. No soporto los tópicos.
        Me contó que tenía dos hijos de diez y once años, y que era la primera vez que estaban de vacaciones en España. También me explicó que iban a pasar unos días en Barcelona, y que tenían intención de visitar la Sagrada Famillia. Le respondí con tan poco entusiasmo que ella me preguntó “you don’t like it?”. “No”. Entonces me pidió que le sugiriese alguna idea para ver en la gran Barcelona, pero no supe qué decirle: hace décadas que no vivo allí. Más bien le conté que venía de la Fosca, y que me había quedado sin dinero (“out of money”) así que no podía coger el autobús y tenía que volver a patita. ¡Quedé como un muy digno hidalgo castellano!. Ella se ofreció a dejarme lo que me faltaba, pero a estas alturas yo ya había asumido el viaje de vuelta a pie como un hecho irreversible.  
        Llegados a cierto punto, ella dijo “hasta aquí”. Se despidió con una cortesía, “nice to meet to you”, y algo más que no entendí, y regresó a Tamariu. Era una de esas mujeres europeas que manejan el inglés con soltura y fluidez; no como yo, que tenía que concentrarme en busca de palabras (por ejemplo, ¡gracias a Virginia Woolf por “lighthouse”!).
Cala Pedrosa, vista desde el camino de Ronda (15:52h)
          
    Al separarme de la danesa me di cuenta de lo entretenida que había sido nuestra conversación, y de que yo había aplazado por unos momentos mi ansia de volver cuanto antes. Entonces aceleré el paso, y muy pronto distinguí las aguas verdeazuladas y transparentes de Cala Pedrosa. Hice una fotografía de la cala desde lo alto, a través de los pinos, a las 15:52, casi media hora después de haber salido de Tamariu. En ese momento, me pareció un lugar paradisíaco. ¡Ni por asomo pensé que tendría que bajar hasta la propia cala!. La bajada hasta Cala Pedrosa fue uno de los momentos más difíciles y complicados de todo el recorrido, ya que más que un camino es un descenso vertiginoso en el que a menudo es necesario ayudarse de las manos para mantener el equilibrio.
       A medida que iba bajando, pensaba “¡no puede ser, tengo que subir hasta el faro y ahora no hago más que bajar y bajar!”. Por fin llegué a la cala. No estaba en plan de tomar baños ni hacer contemplaciones paisajísticas; además, en seguida vi que allí empezaba, ¡por fin!, el camino que se adentra en el bosque y sigue hasta el faro.
Forzosamente, era un camino de subida. A las 16:00 en punto empecé a subir. Tuve que volver a parar de vez en cuando, el corazón me latía a toda prisa. Sudaba, y ya no tenía la energía de las nueve de la mañana. Bebí algún sorbo de agua, y me tiré otro poco de agua por la cabeza. En cierto momento, me adentré un poco en la espesura para hacer un pis.
        Tardé quince minutos en llegar a la explanada de la bifurcación de la GIV-6542. Esta vez me esforcé en seguir bien las indicaciones rojas y blancas del GR. Tras un breve trozo de camino al sol, pronto me interné por el bosque. ¡Qué agradable, fresco y solitario era aquel camino!. Muy cerca del mar, de un azul muy brilllante, en contraste con el verde de los pinos, entre las generosas y frescas sombras del bosque… Me entretuve en hacer unas cuantas fotografías, pero creo que fue sobre todo para respirar y descansar. No quería forzarme demasiado. Caminaba a contrarreloj, sin desperdiciar ni un minuto, pero tampoco quería que me diese un patatús porque aún me quedaba mucho camino por delante. Me sentí solitariamente feliz y perdido en medio de aquellos bosques frescos, impregnados de brisa marina. Y cuando me creía a quién sabe cuánta distancia del faro, de pronto vi una casa y me di por salvado. En efecto, ¡ya estaba casi en la cima!.
Antes de empezar a bajar la cuesta hacia Llafranc, disparé la última fotografía de la excursión. Eran las 16:38; y, a partir de aquí, por lo visto (no fue una decisión premeditada) ya no me quedaron fuerzas o humor para sacar la cámara y apretar el botón.
Bajar la cuesta del faro hacia Llafranc fue una gozada, sobre todo al recordar lo mucho que me había costado subirla, y al pensar que ya había superado el trayecto más duro de la vuelta. Uno de los más duros.
Atravesé Llafranc a buen paso. A mitad del paseo encontré una fuente, no sé si de agua potable, y metí la cabeza debajo del grifo, ¡qué agradable sentir la camiseta mojada!. Al llegar al otro extremo del pueblo, di con aquel infernal tramo de escaleras que me había llevado a apiadarme de quienes lo subían. Ahora yo era uno de ellos, solo que con más de quince o veinte kilómetros de gasto en las piernas. Me detuve a mirar una anciana que las bajaba, agarrada a la baranda, y respiré.
El camino de Ronda de Llafranc a Calella ya he dicho que es un tramo breve. Pensé en comprarme un helado, pero no quería perder tiempo ni sobre-reponer fuerzas. Y casi sin darme cuenta, me encontré en el centro de Calella, de dónde había partido unas horas antes, tan autocomplacido después de mi baño en la playa de Port Bo con el señor que parecía un facha.
Y allí, impelido por mi afán de regresar a contrareloj, cometí otra vez el error de no pensar. Tiraba como un mulo, a ciegas, orientándome a ojo. Aquella subida desde el centro de Calella hasta los jardines de Cap Roig era, precisamente la otra parte del trayecto que yo temía. Aunque llevaba el bendito mapa en el bolsillo, no quise parar, ponerme las gafas graduadas y tratar de orientarme. ¡Estaba demasiado cansado!. Así que tiré como una mula hacia arriba, presuntamente en dirección hacia Cap Roig. Llegué a barrios que no me resultaban familiares, y tampoco encontré rótulos indicativos. ¡Pero no quería dar ni un solo paso hacia atrás!.
Todo era subida, y casi toda al sol, ¡después de tantos kilómetros!. Si hubiese consultado el plano que llevaba en el bolsillo, me habría dado cuenta de que me estaba desviando hacia el noroeste, en vez del sudoeste. En fin, cuando llegué a lo más alto de aquella zona, me orienté un poco mejor y giré a mi izquierda, en dirección a los Jardines de Cap Roig. A la derecha ya se veían descampados, pero aún no la entrada a la pista forestal. 
Ciego de deseo por concluir la ruta, me metí por el primer camino que ví a mi derecha. Era un senderito casi inapreciable pero ya silvestre, por el que me puse a trotar a la medida de mis fuerzas. Intuía que iba en la buena dirección. Al cabo de unos cinco o diez minutos, aquel sendero tan insignificante como yo mismo desembocó en un camino más principal, y allí encontré a un hombre mayor que paseaba a un perro.
- Este es el camino que va a Ermedans -me dijo-, un lugar en verdad pintoresco. El GR que usted busca sigue la línea del litoral del Cap Roig y discurre por allí, junto a aquellas casas.
Y, en efecto, me pareció ver a lo lejos la hermosa masía pintada de blanco con sus exuberantes huertos, y entonces me sentí ya totalmente encarrilado.
¡Error!. Di con una pista forestal y vi las marcas rojiblancas. Pero, llegado a cierto punto, las marcas del GR se separaban de la pista forestal. Dudé solo unas décimas de segundo: abandoné la pista, y seguí las marcas. Y entonces, para mi desolación, volví a internarme por uno de esos caminos rompepiernas, bosque a través.
De nuevo, creo que fue la fatiga lo que me impidió rectificar a tiempo y volver a la pista forestal. O tal vez fue porque iba encontrando las sucesivas señales del camino, así como las no menos indicativas cruces, que significan que ese NO es el camino. O sea que me había acabado metiendo por la ruta que quería evitar. Me consolé pensando en que, tarde o temprano, acabaría llegando a la Cala Estreta, y desde allí podría remontar hasta la pista forestal para seguir hasta la Fosca.  
Era una parte de bosque seco y de vegetación espesa. No se veía el mar. Ni tampoco casas o masías, ni por supuesto gente paseando. Anduve un buen rato por allí totalmente solo -o casi solo, porque de vez en cuando se oían crujidos de ramas y ruidos de pájaros. Ya no me quedaba agua para beber ni para echarme por encima. Las fuerzas, la energía mental, el coraje… se me estaban acabando. Caminé por allí durante quince o veinte minutos, tal vez…
Y, de pronto, experimenté dos sorpresas sucesivas que me llenaron de alegría: la primera, al ver que el camino desembocaba de nuevo en la pista forestal; y la segunda, apenas unos pasos después, al reconocer la inconfundible entrada al aparcamiento de la playa del Castell. ¡Ya había llegado!; hice todo ese tramo por un tercer camino.


Tres de los caminos que dan a la explanada que hay detrás de la playa del Castell. La línea verde indica el camino que Rosie y yo habíamos seguido el verano anterior; la línea roja indica el camino por el que probablemente llegué de vuelta; la línea marrón es el camino que tomé a la ida.

        El resto hasta llegar al apartamento de la Fosca fue un poco más duro de lo habitual, dada la paliza que llevaba encima, pero ya era como estar en casa. Y, en fin, a pesar de la gran cantidad de energía que quemé, llegué al apartamento como diez horas después de haber salido, entre las 19:15 y las 19:30, razonablemente ileso de mi osada aventura. Era casi inaudito que no me hubiese salido ni siquiera una llaga en los pies.  
     Lo primero que hice al llegar al apartamento fue beber uno o dos vasos de zumo de fruta fresco. También me apetecía mucho fumarme un cigarrillo, pero se me habían acabado. Entonces me duché, me puse crema hidratante en brazos, piernas y cara, y salí a comprar tabaco y un helado.


 
Ruta aproximada