lunes, 29 de agosto de 2022

1 Sgt Pepper en el jardín 

  

               La primera vez que me pregunté cuál era el recuerdo más antiguo que tenía de los Beatles fue en 1982 y lo que entonces me vino a la cabeza fue el jardín de la casa de mis padres, y unos pequeños bólidos de plástico que salían de regalo en los potes de detergente que compraba mi madre, y la música de Sgt Pepper llenando la atmósfera del jardín con el sonido de estridentes guitarras eléctricas y suaves rasgueos acústicos, voces melodiosas y coros envolventes, pianos y maracas, violines y saxofones…

               Corría el verano de 1968. Mis hermanos mayores, por entonces de dieciocho y dieciséis años, tardaron un año en comprarse Sgt. Pepper, quizá el álbum más destacado de toda la década. Pero su bolsillo de estudiantes no daba para mucho. Les gustaban los Beatles, claro, como a casi todos los chicos de su generación, pero también sus supuestos rivales, los Rolling Stones, tal vez la banda más longeva de la historia, así como una gran variedad de cantantes y grupos que iban desde el austero Bob Dylan de Freewheelin’ -solo voz, armónica y guitarra- hasta los alegres arreglos de viento de Herb Albert y sus Tijuana Brass, pasando por el extravagante y perturbador Frank Zappa y sus Mothers of Invention, el soul de Aretha Franklin y Wilson Picket -¿cómo resistirse al hechizo de Sitting in the dock of a bay?-, las delicadas armonías vocales de Papas & Mamas,  o el simpático Trini Lopez y su contagiosa versión de If I had a hammer…

               Atribuyo a los gustos de mi hermana mayor los singles de canción francesa e italiana que también sonaban en casa. Recuerdo algunos nombres, como los de Johnny Halliday y Silvie Vartan, pero sobre todo recuerdo la melodía de Tous les garçons et les filles y la melancólica figura de Françoise Hardy. Imposible no enamorarse de ella, aunque tuvieses la ridícula edad de siete u ocho años. También recuerdo los discos de Richard Anthony, un francés de voz muy clara y pulseras muy horteras; quizá porque cantaba algunas versiones de los Beatles sin que yo supiese aún que lo eran: Toi l’ami era All my loving. Por lo que hace a la canción italiana, había muchas cantantes de moda, y una canción con la que hacíamos muchas bromas con la letra porque decía “non ho l’età”…pero lo que yo rescataría es la versión de Stand by me que cantaba Adriano Celentano con el título de Pregeró.

               En fin, sería imposible reconstruir retrospectivamente la discoteca familiar ni siquiera de forma aproximada. Por lo menos, debería añadir los valses de Strauss y las polonesas de Chopin, que mi madre nos animaba a escuchar -sin mucho éxito-. No obstante, los riffs pianísticos de la llamada polonesa Militar (Opus 1 en La mayor) siguen vivos en mi memoria, a pesar de que ya nunca más volví a escucharlos. Y también debería añadir la música de orquesta que acabó gustando a mi padre: Ray Coniff, Paul Mauriat, Frank Pourcel, …eso que algunos llamarían “música de sala de espera”.

               O sea que, en mi casa, se escuchaba música bastante variada.

 

               En el verano de 1968, yo tenía once años y la música no me interesaba. Mis entretenimientos preferidos eran jugar a baloncesto, leer tebeos, cabalgar el palo de una escoba por el jardín como si fuese un vaquero del Lejano Oeste, dar la vuelta alrededor de la casa a pata coja tratando de batir un récord, organizar carreras automovilísticas imaginarias a lo largo de la repisa exterior de las ventanas del comedor con mis bólidos de plástico... El alféizar era bastante ancho, estaba como a un metro y pico del suelo, a una altura idónea para jugar de pie.

               A mis hermanos mayores les gustaba escuchar música desde el jardín, o sea que a veces la ponían a todo volumen y abrían de par en par las ventanas del comedor para que la música que emergía de los altavoces llegase hasta el jardín.

Así, se dio la circunstancia de que yo me encontraba en el lugar de paso de la música, escuchándola a un volumen considerable, el más adecuado para sumergirse en la atmósfera de aquel concierto de rock.

La música no me interesaba, eran mis hermanos mayores quienes nos sometían a los demás a involuntarias audiciones musicales; sin embargo, por algún motivo, empecé a fijarme en aquel disco. Quizá porque lo pinchaban una y otra vez. O también por su diversidad. Casi todos los discos que pinchaban mis hermanos mayores tenían una o dos buenas canciones, pero luego todas las demás eran muy repetitivas. En cambio, en Sgt. Pepper cada canción tenía un aire particular, una atmósfera propia. O quizá fuese porque, en efecto, como sostienen muchos comentaristas, aquel era un disco especial, único, irrepetible; posiblemente, el punto culminante en la carrera de los Beatles.

 

Movido por la curiosidad, en algún momento penetré en el territorio prohibido del despacho de mi padre, donde se encontraban el equipo de música y los discos, y busqué la funda del álbum. La carátula era lo más vistoso que se había publicado nunca en la portada de un disco: un mural compuesto por una cincuentena de personas y personajes, que resumían los sueños y las obsesiones de los Beatles. Entre otros: la actriz Marilyn Monroe, el pensador Karl Marx, gurús orientales, el actor Johnny Weissmuller en su papel de Tarzán, el dúo cómico Stan Laurel/Oliver Hardy (aquí conocidos como El Gordo y El Flaco), su admirado colega Bob Dylan, su añorado y difunto amigo Stuart Stu Sutcliffe… y ellos mismos, disfrazados de banda de glorieta y duplicados en sus estatuas de cera. Creo que nadie pone en duda hoy en día que esta una de las portadas más influyentes en toda la historia del pop-rock[1].

En el interior de la funda había unos galones y bigotes recortables que, francamente, no me interesaron. Pero en la contraportada había una excitante novedad: por primera vez en un disco de los Beatles, venía transcrita la letra de las canciones. Curiosamente, un maestro español de Murcia llamado Juan Carrión podría ser el causante de esta innovación. Carrión era profesor de inglés y utilizaba la letra de canciones de los Beatles, que él sacaba de oído, para enseñar a sus alumnos. Cuando John Lennon estuvo en Almería, Carrión se puso en contacto con él, le explicó su método y le dijo lo bueno que sería poder disponer de la letra de las canciones. Lennon simpatizó con él, incluso le hizo unas correcciones a la letra de I’m only sleeping que Carrión había ido sacando de oído casi completa. Vi una fotografía de ese folio en Los Beatles Made in Spain (2018). Carrión transcribió la letra en minúsculas y con bolígrafo de tinta azul; Lennon hizo las correcciones, pocas, en mayúsculas y con rotulador rojo. Cuando se despidieron, Lennon prometió enviarle la letra y las partituras (¡?) de su próximo álbum. Meses después, desde EMI se envió a Carrión una copia del álbum Sgt. Pepper, junto con una nota manuscrita de Lennon que decía “Good luck with the English!”.

               Tal vez la sugerencia de Carrión no cayese en saco roto. No sé si las letras de este álbum son tan distintas de las anteriores como para justificar la novedad. En todo caso, disponer de las letras no era anecdótico. Incluso los angloparlantes tienen dificultades para entender la letra de canciones cantadas en inglés. A propósito de esto, hay una anécdota legendaria que no resisto la tentación de volver a contar: Bob Dylan confundió el “I can’t hide, I can’t hide!” de la cancion I want to hold your hand con “I get high, I get high!”, ¡que significa una cosa bien distinta!

               Esto es así porque la letra de las canciones no siempre se canta con claridad de locutor radiofónico. A veces, una sola sílaba ocupa un compás entero; otras veces, en un compás se puede embutir una frase como “all that I was looking for was somebody who looked like you”, quince sílabas a ritmo de semicorchea en el estribillo de I’ve got a feeling. El “barullo” de los instrumentos y las armonías vocales también contribuyen a enmascarar la literalidad de la letra. Sucede algo parecido en el flamenco y la ópera.

               Mis rudimentarios conocimientos escolares de inglés me permitían entender algunas frases sencillas, como I read the news today, oh boy; she’s leaving home; it’s getting better… pero esto no significa ni mucho menos que entendiese todas las frases, ni que entendiese el sentido -o sinsentido- global de la canción. Te hacías una idea aproximada a partir del título, de algunas frases sueltas, del aire. A mí me encantaba Getting better, me parecía una canción muy optimista: it’s getting better all the time!, y sus coros, como círculos concéntricos de humo elevándose hacia el cielo “better, better, beeeeetter”. Pero no oía la irónica réplica de Lennon, “no podría ir peor”, que no consta transcrita, ni tampoco reparaba en las sombrías frases acerca del hombre que maltrata a su mujer.

               La transcripción de la letra de las canciones permitía o propiciaba una actividad más divertida que la de tratar de entender el sentido de todas aquellas palabras: cantar al unísono con el disco. Si sabes la letra, puedes identificar qué sílaba estás cantando en cada momento. Bueno, no quiero imaginar el grado de afinación o desafinación de aquellos canturreos, aunque es probable que, a esa edad, no tuviese dificultades para cantar las notas más altas. Y es obvio que tampoco había ninguna clase de ambición o desafío artístico-musical en ellos; tan solo el puro placer de unirme a aquellas voces melodiosas y sumarme a sus contagiosos ritmos.

               Sin darme cuenta, sin quererlo, sin pretenderlo, acabé aprendiéndome aquel disco de memoria: las melodías y los coros, los solos de guitarra, los arreglos de cuerda y viento, los redobles y chasquidos de la batería, las entradas y los finales.  Las canciones de Sgt. Pepper se depositaron en el fondo de mi memoria acústico-emocional y poseen la rara virtud de transportarme a las doradas tardes de mi infancia, cuando yo era un niño de once años razonablemente feliz que jugaba en el jardín de su casa.

 

 



[1] En los días en que escribo estas líneas, la portada sirve de anuncio a un Taller de Escritura Creativa del Ateneo de Barcelona.

martes, 11 de enero de 2022

 

 

          

   Va sonar el telèfon -el fix, perqué això passava a les acaballes del segle passat- i el vaig despenjar.
   - ¿Josep Maria? -va dir una veu a l’altre banda del fil.
   - Sí.
   - Hola! Soc el Josep Maria.
  D’acord, era un acudit molt fàcil, però em va provocar un somriure i bon humor. Jo no coneixia personalment al Josep Maria Francino. L’havia vist a la tele quan parlaven dels Beatles i consultaven els experts, però no sabia res de la seva feina a la ràdio. El cas és que, durant uns anys, jo havia dedicat esforços a redactar un text sobre els Beatles. I llavors vaig saber que en Francino havia crescut a Terrasa, en un pis del bloc de vivendes on els meus sogres havien tingut una botiga de queviures. I, naturalment, es coneixien.
   No m’agrada aprofitar aquestes avinenteses, però la meva dona em va convèncer de que això era un prejudici absurd. Així que em vaig posar en contacte amb ell i un dia vaig portar un totxo de quatre-cents folis a casa dels seus pares. Ell no hi era; em va atendre la seva mare, molt amablement. Em va advertir que el seu fill estava molt ocupat i que trigaria temps a poder fer-li una ullada al text. Però no van passar gaires setmanes des que vaig deixar el totxo a casa dels pares del Francino fins que vaig rebre aquella trucada.
   En Francino va ser prou elegant i considerat, i no em va dir que el text era infumable, antiquat, repetitiu i avorrit. Però sí em va fer uns suggeriments molt assenyats, que jo no vaig seguir.
   Uns anys abans, mentre passejava amb la dona i els nanos pel barri de Gràcia admirant els decorats dels carrers que els veïns havien muntat per la festa major, de cop vam sentir una música inconfusible. La gent s’atansava a l’escenari on un grup de cinc o sis persones tocava cançons dels Beatles. Vaig adonar-me que aquestes cançons tenen una màgia musical que travessa generacions i modes, potser perque tots som fills o nets d’aquella década. I no hi ha res com sentir les cançons dels Beatles en directe, interpretades per un grup eléctric i amb les seves harmonies vocals; no té res a veure amb sentir-les en el millor dels reproductors digitals.
   Persones de totes les edats ens anàvem quedant enganxades a la funció: All my loving, A hard day’s night, Can’t buy me love…, qui pot ressistir-se a l’optimiste, al ritme d’aquestes cançons? També van interpretar una que se sortia del repertori clàssic: Ain’t she sweet. Des de llavors, és una de les meves cançons preferides, una de les que més m’agrada tocar i cantar. La versió dels Beatles és d’aire rocker però la melodia i les harmonitzacions tenen un altre origen, a mi em sona una mica a charleston! Ostres, vaig quedar ben fascinat per aquella interpretació del Magical Mystery Grup, el grup d’en Francino.
   No vaig tornar a tenir contacte amb ell fins que em vaig fer soci de El Submarí Groc i vaig participar en algunes de les activitats que organitzen. Quan em vaig presentar a ell, em va semblar que sí recordava que jo era l’ex marit d’una antiga veïna que, quinze anys enrera, li havia portat un totxo molt pesat.
   Sobre tot, vaig tenir ocasió de saludar-lo a l’Estartit, al 2018, quan vaig assistir per primer cop a un Estartit Beatles Weekend. Després del concert al terrat que els Hey Bulldogs van fer sobre la Llar del Jubilat, jo tornava cap l’hotel i llavors vaig coincidir amb el Josep Maria i altres persones que anaven amb ell. Estava assegut en un banc, visiblement fatigat. Però no vaig voler perdre l’ocasió de preguntar-li al Mestre, com li deien, per una anécdota sobre un disc d’en Lennon que havia llegit no sé on, i que no sabia si era certa o falsa. El Francino em va dir que no li sonava de res; la història dels Beatles està plena de fakes… Li hagués acabat preguntant un munt de coses, però vaig entendre que estava cansat i vaig seguir cap a l’hotel.
   Vaig llegir la seva Crónica de un beatlemaníac, i em va sembla massa curta, massa discreta. Ara, començant la segona década del segle XXI, quan en Francino participava en alguna presentació, programa de ràdio o entrevista a la tele, el que deia sempre em semblava admirablement equilibrat i molt fidel al més auténtic esperit dels Beatles. Pot semblar que, cinquanta o seixanta anys després del fenómen beatle, és molt fàcil respondre a les preguntes que els periodistes de la tele o de la ràdio fan als experts. Però, precisament perqué ara hi ha moltíssima més informació que abans, segueix sent igual de difícil.
   D’altre banda, en Francino no només era un expert en Beatles, un fan de primera generació, i un expert en música, sinó també un intérpret. I això a mí em sembla una certa garantia perqué, al capdavall, l’afició als Beatles és, essencialment, una afició a la seva música.
   L’estiu passat (2021) es va poder tornar a celebrar l’Estartit Beatles Weekend. En Francino va ser el protagonista principal perqué va fer donació de la seva col.lecció privada de documents a una entitat de l’Estartit. També va participar en el concert final, amb el Magical Mystery Grup. No van tocar Ain’t se sweet, però sí All my loving, Don’t let me down i un grapat de clàssics. Havien passat uns vint anys des d’aquella tarda en una cruïlla del barri de Gràcia; vint anys tocant Beatles damunt un escenari, no està gens malament!
   L’endemà, vaig recollir l’equipatge, vaig pagar el compte i vaig anar a buscar el cotxe. Una o dues cantonades més enllà, vaig trobar-me amb el Josep Maria, que estava dret, davant la porta del seu hotel. Vaig saludar-lo, vaig felicitar-lo per la donació, també pel concert. Crec que, malgrat la mascareta i les ulleres de sol, em va reconèixer.
   - Gràcies, maco -va ser lo darrer que em va dir.
  Així que jo era un admirador del Josep Maria Francino en tant que expert integral en Beatles, i simpatitzava amb ell pel seu tarannà afable, pacífic, constructiu, i per l’amabilitat amb la que em va tractar des del primer moment fins l’últim.