viernes, 30 de abril de 2021

 

 

 

               Matanza en el corral

 

 

               Cuando Aurora y sus hijos decidieron tener media docena de gallinas en el jardín de su casa, yo me encontraba apasionadamente sumergido en la relectura del libro de Jared Diamond, Armas, gérmenes y acero, donde el autor trata de explicar por qué, hará unos diez mil años, los homo sapiens de algunas zonas del planeta aprendieron a cultivar plantas y a domesticar animales; y por qué esa forma de vida agrícola y ganadera se extendió mucho más deprisa en un sentido geográficamente horizontal o latitudinal que en un sentido vertical o longitudinal; y, en fin, responder con argumentos profundos y consistentes a la pregunta inicial: por qué fueron súbditos del imperio español los que arribaron a las costas de América con sus barcos, refulgentes armaduras, caballos y armas de fuego, y no sucedió a la inversa, es decir, que los emperadores aztecas y mayas llegasen a las costas atlánticas de Europa para explotar y/o exterminar a los pueblos de España y Francia…

               Por lo que he leído, el primer animal domesticado por los sapiens fue el perro. Los perros no descienden de los lobos, pero sí tienen antepasados comunes. En todo caso, cuando yo salía al porche a fumar un cigarrillo después de cenar y las perras me hacían compañía silenciosamente, yo me remontaba unos cien siglos atrás, al momento en que perros salvajes y sapiens cuasi-agrícolas empezaron a comunicarse. Siempre lo imagino como en una película de Kevin Costner, en la que un solitario soldado azul que está en la frontera con los indios enciende una fogata y ve a un lobo merodeando su campamento. Los perros salvajes también merodeaban asentamientos humanos en busca de restos de comida, y así fue cómo se fueron acercando a los humanos. En la película, ese lobo solitario no ataca al soldado. Sospecho que, en la realidad, muchos sapiens fueron mordidos y atacados por perros salvajes, antes de que estos fuesen domesticados.

               Pero no quiero hablar de perros, aunque podría decir muchas cosas a partir de mi contacto con los que vivían en casa de Aurora. Ni tampoco de gatos, a pesar de que también podría contar algunas cosas, anécdotas divertidas y experiencias sorprendentes a propósito de los dos hermanos que se criaron allí; y, sobre todo, del gato color gris perla que se quedó en casa de Aurora porque el otro, de piel rayada, decidió irse a vivir a casa de unos vecinos. Los gatos son así, prescinden olímpicamente de las convenciones humanas respecto a las casas.

               En general, nunca he tenido feeling con las aves. Perros y gatos son mamíferos que te miran, que te entienden, que se acercan a ti para lamerte la mano o arrellanarse en tu regazo. Sabes que hay alguien ahí, aunque hable un lenguaje distinto del tuyo y, por ejemplo, goce de unos umbrales perceptivos olfativos y auditivos muy superiores a los tuyos. Pero pájaros, gallinas, avestruces…Bueno, admito que soy un fanático del vuelo de las gaviotas cuando, en verano, tengo ocasión de observarlas de cerca en el litoral de la Costa Brava… pero me alejo de ellas al atardecer, cuando reivindican su lugar en la arena de la playa. Por supuesto, alucino con las caprichosas formas de las hiperdisciplinadas bandadas de estorninos. Sí, las aves son hermosas cuando vuelan por el cielo o están posadas en los árboles; cuando silban y trinan…

               Pero no en el suelo y con el tamaño de un perro mediano. Las potentes garras de las gallinas escarbadoras de Aurora me recordaban a las garras de los velocirraptores y otros dinosaurios de Parque Jurásico. Nadie parece discutir hoy en día que las aves son los únicos descendientes vivos de los dinosaurios. Y evocaré la película de Alfred Hitchcock, Los pájaros, como muestra de la violenta hostilidad que las aves podrían llegar a desarrollar hacia los seres humanos.

               Claro que, las gallinas en particular, aunque me resultaban intimidantes por sus potentes garras, sus picos y su mirada fría, son muy asustadizas. En su comportamiento cotidiano vi ilustrado con claridad por qué se llama “gallina” a los cobardes.

               Luego, me maravillé de su espectacular productividad. ¡Las gallinas ponían un huevo cada día! Así que, en pocas semanas, se acumulaban muchos más huevos de los que Aurora y sus hijos podían llegar a consumir. Volví a remontarme cien siglos atrás: por entonces, el problema principal de todo ser humano -junto con el de la reproducción- sería conseguir alimento para sobrevivir. Y, de pronto, o sea, en cierto momento, resulta que los sapiens podían criar gallinas y proveerse sobradamente de huevos. Ese excedente les permitía ocupar el tiempo que antes dedicaban a cazar y recolectar a otras cosas, a cualquier otra cosa: dormir, comunicarse entre ellos, divagar, curiosear, inventar…   

En aquella primera generación de gallinas, no había ningún gallo. Sin embargo, las gallinas igualmente producían un huevo cada día, huevos sabrosos y nutritivos; muy sanos, según la penúltima moda en dietética. Para un urbanita como yo, esto era un milagro natural.

               Claro que las gallinas no solo se alimentaban de los insectos y plantas que encontraban en el jardín -a veces, por desgracia o por descuido, también de las verduras que Aurora cultivaba esforzadamente en su pequeño huerto-, ni tampoco de las sobras de comida humana que cada día les llegaban -les encanta la piel de tomate, la cera del reborde de los quesos, la fruta en general…-, sino sobre todo de grano. Pero no cabe entrar en operaciones aritméticas de ingresos y gastos. Aurora no tenía gallinas para hacer negocio, ni para ahorrarse el gasto de una docena de huevos a la semana, sino por la misma razón por la que tenía gatos y perros, y tortugas de edad provecta que se enterraban y desenterraban por el jardín a lo larto del año. 

               Pese a mi antipatía hacia las gallináceas, admito que la visión de aquella media docena de gallinas -blancas, negras, veteadas de plumas doradas, marrones…- mientras escarbaban y picoteaban a media mañana en el jardín resultaba muy relajante. También me gustaba llevarles el plato con los restos de comida; en cuanto te veían bajar las escaleras del porche, que están a unos diez metros del corral, se ponían a cloquear con gran excitación y se apretujaban ante la puerta. Cuando les tiraba los restos de comida y había tirillas de la cera negra del queso, las pillaban al vuelo con el pico, antes incluso de que llegasen a tocar al suelo. Por supuesto, al vaciar el plato de restos, entre ellas había protestas, empujones, cacareos y hasta algún picotazo para hacerse con un resto de mango, melocotón o pulpa de tomate.

               Con el tiempo descubrí que, durante algunas épocas del año, las gallinas prácticamente dejan de poner huevos. Y también dejan de ponerlos a partir de cierta edad. Pero, a esas alturas, las gallinas de Aurora ya formaban parte de la tribu o clan animal de la casa, junto con las perras, el gato, las tortugas y los sapiens.

               En la segunda generación de gallinas, hubo un gallo. También entonces comprendí por qué llaman “gallitos” a los individuos pendencieros y arrogantes. El gallo cacareaba los buenos días para que le oyesen desde Filipinas. Al atardecer también cacareaba con todas sus fuerzas, conminando a las señoras gallinas a retirarse a su dormitorio. En verdad, cacareaba a cualquier hora del día, ante el más leve ataque a su ego de macho del corral.

Realmente, el animal se hacía oír por todo el vecindario como si fuese el rey del barrio. Hasta que alguien -probablemente, algún vecino-, echó comida envenenada al jardín. Murió el gallo y también alguna gallina, y hasta las perras quedaron intoxicadas. En lugar de llamar a tu puerta y pedirte educadamente que, si fuera o fuese posible, el jodido gallo deje de perturbar a todas horas el bendito silencio del barrio, hay gente que recurre directamente al asesinato.

               La rutina diaria de guardar los restos de comida en un plato de plástico, de bajar el plato al corral ante la excitada expectación de las gallinas; la rutina de abrir la puerta del corral para que vagasen libres durante unas horas por el jardín, y de paso liquidasen unos cuantos cientos de hormigas; la rutina de cerrarlas en la seguridad del corral a media tarde; la rutina de reponer el grano y el agua; la rutina de recoger los huevos, si los había… Decididamente, y a pesar de que quizá sí pudiese significar un ahorro económico, las gallinas no estaban allí como productoras de huevos sino como animales domésticos.

               La tercera generación de gallinas tuvo un final trágico. Una mañana aparecieron todas muertas. Y decapitadas. Bueno, todas menos una. La primera explicación que nos dimos fue que un gato había conseguido meterse en el corral. Casi cada noche se ve algún que otro gato del barrio en torno al corral, pues ya he dicho que los gatos no respetan el sentido sapiens de la propiedad privada. Cuando salgo a fumar un pitillo al porche después de cenar, las perras huelen sus rastros y ladran. O sea que habíamos visto -con ojos de sapiens- y detectado -con olfato y oído de perro- muchos gatos en torno al corral, a lo largo del tiempo. Pero esos gatos van en busca de los ratoncillos que se crían en una cuadra que hay junto al corral, debajo de las pilas de leña. No van detrás de las gallinas.

               La desolación se confundía con una sensación de extrañeza. Qué gato podría ser tan cruel como para matar a todas las gallinas. Y cómo podría un gato tragarse sus cabezas, digerir sus picos y cráneos. Todo resultaba muy extraño y misterioso. Hasta llegué a plantearme la eventualidad de que la matanza fuese obra de algún sapiens enajenado - ¿quizá el mismo que envenenó al gallo? -, pero el espectáculo era demasiado cruel incluso para haber sido perpetrado por un ser humano perturbado.

Aurora encontró el lugar por el que el depredador se había colado en el corral. La valla de alambre que protegía el corral había quedado ligeramente suelta o abierta a ras de suelo. Era difícil imaginar que un gato pudiese entrar por allí; y, más aún, salir por allí arrastrando una gallina. En verdad, era difícil imaginar que un gato hubiese perpetrado aquella masacre porque los gatos del barrio habían respetado a las sucesivas generaciones de gallinas durante años. Y, además, nunca habían conseguido forzar el alambre de la valla para colarse.   

               A media mañana, Aurora habló con el vecino de la casa de enfrente, que también tiene gallinas.

               - Ha sido un zorro -le dijo-. Esto es lo que hacen: las matan a todas, las decapitan, y se llevan una para esconderla bajo tierra como provisión.

               Le contó que a él le había ocurrido lo mismo unos dos años atrás. Y a su cuñado, que vive como a una manzana de allí, también.

Entonces empecé a comprender que, en efecto, la casa de Aurora está a cinco pasos del bosque, como solemos decir con entusiasmo, ¡oh sí!, justo en la delgada frontera que separa la vida urbana y la vida salvaje. ¿Hay zorros en los bosques del Fonollet? Bueno, lo que sin duda hay son jabalíes. Cada noche dejan las huellas de sus pezuñas escarbadoras en los bordes de los caminos y senderos, en los pinares. Las marcas de la tierra levantada por sus pezuñas llegan hasta el mismísimo límite de las casas.

               Y es muy posible que haya algún que otro zorro. En el barrio, cada vez hay más gente que tiene gallinas. Una gallina cuesta el irrisorio precio de cinco o diez euros y necesita solo un poco más de mantenimiento que una bicicleta. Así que los zorros disponen de un barrio lleno de restaurantes al aire libre con menú de gallina, solo un poco más allá de la línea que separa el bosque de la zona urbana y asfaltada.

               Nos encanta vivir cerca del bosque y dar paseos por los senderos que lo atraviesan, y no pocas veces nos hemos internado bosque a través como niños que ase aventuran en lo desconocido. Pero el bosque ya es territorio de vida salvaje. Supongo que precisamente por eso nos gusta. Nunca hemos sentido miedo al pasear por allí. Los jabalíes son de costumbres nocturnas; los inofensivos conejos raramente se dejan ver -si es que queda alguno, porque hace tiempo que no se ven sus clásicas deposiciones como bolitas de cañón en miniatura-; las ardillas son muy esquivas; víboras, aún no he visto ninguna; y si hay zorros, también se ocultan de los humanos…

… Salvo aquel día, hace cuatro o cinco años. Fue exactamente el día uno de enero, a una hora muy temprana de la mañana. La mayoría de los residentes del barrio dormían la mona de la Nochevieja. También las perras de Aurora se quedaron durmiendo cuando yo me levanté con sigilo y salí a aspirar el Año Nuevo. El bosque parecía intacto, lustrado por la humedad del rocío. Tenía la certeza de que era el primer sapiens que pisaba los senderos del bosque en aquellas primeras horas del año. Acostumbrado a pasear con las perras, la extrema soledad del bosque, envuelta aún en la húmeda neblina matutina, era tan bella como inquietante. Y, cuando remontaba la última pendiente antes del camino que da a las primeras casas del barrio, vi un animal entre la espesura. O debería decir que lo intuí. Percibí que estaba allí, aunque apenas podía verle. Me dije que sería uno de los muchos perros que pasean por estos caminos y bosques, tal vez alguno que vivía por allí cerca y al que sus amos dejaban salir a su aire.

Pero un perro no se quedaría quieto mucho rato seguido, reflexioné. En cambio, aquel animal permanecía allí, inmóvil, como esperando a ver mi reacción. Sí, aunque sea difícil de explicar por qué o cómo, tuve exactamente la sensación de que el animal me estaba observando. Al detectarlo, yo también me había quedado clavado e inmóvil, ¡un poco asustado, la verdad! Intenté racionalizar mi miedo diciéndome que había subido por aquella pendiente cientos de veces, a muy distintas horas del día, y que jamás había experimentado miedo a encontrarme a un animal salvaje peligroso.  

Por supuesto, consideré la posibilidad de que se tratase de un jabalí, joven y juerguista, retrasado en su horario habitual. Pero un jabalí saldría corriendo si viese a un humano; o bien le embestiría. Pero no se quedaría inmóvil como aquella sombra que yo percibía en mitad de la espesura, a unos veinte o treinta metros de mí. Empecé a creer que todo aquello no era más que una ilusión perceptiva, multiplicada por mi ánimo altamente exaltado en aquella extraordinaria, fría, húmeda y virginal mañana de invierno. Pero entonces le vi la cola. Tras cinco larguísimos minutos de tensísima observación mutua, reemprendí mi camino cuesta arriba y el animal se movió lo suficiente para que yo tuviese un atisbo de su cola. No era la cola de un gato; como mucho, sería la cola de un gato salvaje. Más bien parecía la cola de un perro, un perro no demasiado grande, ¡por suerte!

Ahora estoy convencido de que lo que había aquel día entre la espesura era un zorro. Casi puedo revivir el escalofrío que sentí al detectarlo, al sentirme intensamente observado por un animal salvaje al que apenas podía ver. No creo que los zorros ataquen a los humanos -mientras que los humanos, y particularmente los británicos, sí organizan cacerías de zorros-. Sin embargo, me pregunto cómo me habría enfrentado a un animal que es capaz de desarrollar una ferocidad como la que demostró en el corral de Aurora. Si no los zorros, otros cánidos como ellos sí atacan y devoran a seres humanos.

El hocico, la dentadura y el sistema digestivo del zorro explicarían que pudiese tragar y digerir las cabezas de las gallinas -los sapiens nos limitamos a ponerlas en el caldo-, así como romper su espinazo sin excesiva dificultad. Los documentales sobre animales salvajes del National Geographic y otros suelen mostrarnos solamente los aspectos más elegantes de la depredación: el acecho de los felinos camuflados entre las altas y doradas espigas de la sabana, su rápida carrera, su elástico salto sobre la presa… pero habitualmente nos ahorran la parte más indigerible de su festín carnívoro. En la realidad, esos depredadores idealizados y antropomorfizados provocan auténticas carnicerías. Incluso uno tan pequeño y menudo como un zorro puede llegar a cometer acciones predatorias que a los sapiens nos parecen horrendas, como lo que sucedió en el corral de casa de Aurora.

               Aquel episodio de tintes tarantinianos me llevó a pensar en otras personas que viven situaciones parecidas, en territorios fronterizos. Hace poco más de un año, paseando por el valle de Tella, encontramos a un hombre que se quejaba amargamente de la reintroducción de osos salvajes en los Pirineos, por los ataques de esos osos a los rebaños de ovejas de los pastores. Los lobos salvajes -algunos, en peligro de extinción- también han atacado rebaños y corrales desde tiempos inmemorialers. Los tigres asiáticos atacan y a veces masacran el ganado de los indios que, sin otro lugar que ocupar, conquistan terreno a los bosques…

               ¡Oh, sí!, está muy bien vivir lejos de las infernales y asfixiantes calles asfaltadas, cerca de árboles y matorrales, donde silban los pájaros y miles de hormigas trabajan afanosamente por la supervivencia de la especie; y aspirar el aire puro, que la verde vegetación renueva a diario; y recrear la mirada con el desorden de árboles y arbustos…Pero tendemos a olvidar las realidades más crudas de la vida salvaje, que se desarrolla justo al otro lado de una frontera muy delgada. Y altamente permeable: los sapiens civilizados entramos en el bosque a pasear y los zorros del bosque vienen a nuestras a casas a alimentarse.

Admitamos que los zorros también derecho a vivir. Si hacemos el esfuerzo intelectual de olvidarnos de la natural desolación de Aurora y sus hijos, si se mira fríamente, el zorro llevó a cabo su tarea con inaudita eficacia. Saltó al interior del jardín sin dejar ningún rastro por dondequiera que entrase. Se dirigió entonces sigilosamente al corral y, con el hocico o las patas, agrandó el hueco que había a ras de suelo en el frágil alambre que protege el corral. Supongo que lo hizo lo bastante silenciosamente como para no despertar a sus víctimas. Entonces se coló y mató a las cinco gallinas en la negra oscuridad del interior del corral. Y tan rápidamente que ninguno de los sapiens que dormían en la casa se despertó a causa del revuelo. Luego, el zorro devoró las cabezas de las gallinas y consiguió sacar a una de ellas -según Aurora, la más grande de las cinco- por el mismo hueco por donde había entrado. Y, de nuevo, salió de la casa trepando por algún lugar del muro sin dejar huellas; ni tan siquiera una mísera pluma de la pieza que arrastraba. Nadie le oyó llegar, nadie le oyó ejecutar su matanza en mitad del silencio de la noche, nadie le oyó escapar. Sin hacer ruido ni dejar huellas, devoró lo que pudo y se llevó la compra del super a su madriguera.

Admitamos, pues, que los zorros son astutos, sigilosos, veloces, ágiles, silenciosos…La decapitación produce un efecto visual particularmente desagradable, pero ¿acaso los sapiens no chupamos con deleite las cabezas de las gambas?   

Algunos días después de la matanza, Aurora habló con una anciana del barrio y esta le comentó que antiguamente había muchos zorros en los bosques del Fonollet, pero que ya no quedaba ninguno. Bueno, Aurora tenía constancia de que por lo menos aún quedaba uno.