Matanza en el corral
Cuando Aurora y sus hijos
decidieron tener media docena de gallinas en el jardín de su casa, yo me encontraba
apasionadamente sumergido en la relectura del libro de Jared Diamond, Armas,
gérmenes y acero, donde el autor trata de explicar por qué, hará unos diez
mil años, los homo sapiens de algunas zonas del planeta aprendieron a cultivar
plantas y a domesticar animales; y por qué esa forma de vida agrícola y
ganadera se extendió mucho más deprisa en un sentido geográficamente horizontal
o latitudinal que en un sentido vertical o longitudinal; y, en fin, responder
con argumentos profundos y consistentes a la pregunta inicial: por qué fueron
súbditos del imperio español los que arribaron a las costas de América con sus
barcos, refulgentes armaduras, caballos y armas de fuego, y no sucedió a la
inversa, es decir, que los emperadores aztecas y mayas llegasen a las costas atlánticas
de Europa para explotar y/o exterminar a los pueblos de España y Francia…
Por lo que he leído, el primer
animal domesticado por los sapiens fue el perro. Los perros no descienden de
los lobos, pero sí tienen antepasados comunes. En todo caso, cuando yo salía al
porche a fumar un cigarrillo después de cenar y las perras me hacían compañía
silenciosamente, yo me remontaba unos cien siglos atrás, al momento en que
perros salvajes y sapiens cuasi-agrícolas empezaron a comunicarse. Siempre lo
imagino como en una película de Kevin Costner, en la que un solitario soldado
azul que está en la frontera con los indios enciende una fogata y ve a un lobo merodeando
su campamento. Los perros salvajes también merodeaban asentamientos humanos en
busca de restos de comida, y así fue cómo se fueron acercando a los humanos. En
la película, ese lobo solitario no ataca al soldado. Sospecho que, en la
realidad, muchos sapiens fueron mordidos y atacados por perros salvajes, antes
de que estos fuesen domesticados.
Pero no quiero hablar de perros,
aunque podría decir muchas cosas a partir de mi contacto con los que vivían en
casa de Aurora. Ni tampoco de gatos, a pesar de que también podría contar
algunas cosas, anécdotas divertidas y experiencias sorprendentes a propósito de
los dos hermanos que se criaron allí; y, sobre todo, del gato color gris perla que
se quedó en casa de Aurora porque el otro, de piel rayada, decidió irse a vivir
a casa de unos vecinos. Los gatos son así, prescinden olímpicamente de las
convenciones humanas respecto a las casas.
En general, nunca he tenido feeling
con las aves. Perros y gatos son mamíferos que te miran, que te entienden, que
se acercan a ti para lamerte la mano o arrellanarse en tu regazo. Sabes que hay
alguien ahí, aunque hable un lenguaje distinto del tuyo y, por ejemplo, goce
de unos umbrales perceptivos olfativos y auditivos muy superiores a los tuyos.
Pero pájaros, gallinas, avestruces…Bueno, admito que soy un fanático del vuelo
de las gaviotas cuando, en verano, tengo ocasión de observarlas de cerca en el
litoral de la Costa Brava… pero me alejo de ellas al atardecer, cuando reivindican
su lugar en la arena de la playa. Por supuesto, alucino con las caprichosas formas
de las hiperdisciplinadas bandadas de estorninos. Sí, las aves son hermosas
cuando vuelan por el cielo o están posadas en los árboles; cuando silban y
trinan…
Pero no en el suelo y con el
tamaño de un perro mediano. Las potentes garras de las gallinas escarbadoras de
Aurora me recordaban a las garras de los velocirraptores y otros dinosaurios de
Parque Jurásico. Nadie parece discutir hoy en día que las aves son los
únicos descendientes vivos de los dinosaurios. Y evocaré la película de Alfred
Hitchcock, Los pájaros, como muestra de la violenta hostilidad que las
aves podrían llegar a desarrollar hacia los seres humanos.
Claro que, las gallinas en
particular, aunque me resultaban intimidantes por sus potentes garras, sus
picos y su mirada fría, son muy asustadizas. En su comportamiento cotidiano vi
ilustrado con claridad por qué se llama “gallina” a los cobardes.
Luego, me maravillé de su
espectacular productividad. ¡Las gallinas ponían un huevo cada día! Así que, en
pocas semanas, se acumulaban muchos más huevos de los que Aurora y sus hijos
podían llegar a consumir. Volví a remontarme cien siglos atrás: por entonces,
el problema principal de todo ser humano -junto con el de la reproducción- sería
conseguir alimento para sobrevivir. Y, de pronto, o sea, en cierto momento,
resulta que los sapiens podían criar gallinas y proveerse sobradamente de
huevos. Ese excedente les permitía ocupar el tiempo que antes dedicaban a cazar
y recolectar a otras cosas, a cualquier otra cosa: dormir, comunicarse entre
ellos, divagar, curiosear, inventar…
En aquella primera generación de
gallinas, no había ningún gallo. Sin embargo, las gallinas igualmente producían
un huevo cada día, huevos sabrosos y nutritivos; muy sanos, según la penúltima
moda en dietética. Para un urbanita como yo, esto era un milagro natural.
Claro que las gallinas no solo se
alimentaban de los insectos y plantas que encontraban en el jardín -a veces, por
desgracia o por descuido, también de las verduras que Aurora cultivaba esforzadamente
en su pequeño huerto-, ni tampoco de las sobras de comida humana que cada día
les llegaban -les encanta la piel de tomate, la cera del reborde de los quesos,
la fruta en general…-, sino sobre todo de grano. Pero no cabe entrar en operaciones
aritméticas de ingresos y gastos. Aurora no tenía gallinas para hacer negocio, ni
para ahorrarse el gasto de una docena de huevos a la semana, sino por la misma
razón por la que tenía gatos y perros, y tortugas de edad provecta que se
enterraban y desenterraban por el jardín a lo larto del año.
Pese a mi antipatía hacia las
gallináceas, admito que la visión de aquella media docena de gallinas -blancas,
negras, veteadas de plumas doradas, marrones…- mientras escarbaban y picoteaban
a media mañana en el jardín resultaba muy relajante. También me gustaba
llevarles el plato con los restos de comida; en cuanto te veían bajar las
escaleras del porche, que están a unos diez metros del corral, se ponían a
cloquear con gran excitación y se apretujaban ante la puerta. Cuando les tiraba
los restos de comida y había tirillas de la cera negra del queso, las pillaban al
vuelo con el pico, antes incluso de que llegasen a tocar al suelo. Por
supuesto, al vaciar el plato de restos, entre ellas había protestas, empujones,
cacareos y hasta algún picotazo para hacerse con un resto de mango, melocotón o
pulpa de tomate.
Con el tiempo descubrí que,
durante algunas épocas del año, las gallinas prácticamente dejan de poner
huevos. Y también dejan de ponerlos a partir de cierta edad. Pero, a esas
alturas, las gallinas de Aurora ya formaban parte de la tribu o clan animal de
la casa, junto con las perras, el gato, las tortugas y los sapiens.
En la segunda generación de
gallinas, hubo un gallo. También entonces comprendí por qué llaman “gallitos” a
los individuos pendencieros y arrogantes. El gallo cacareaba los buenos días
para que le oyesen desde Filipinas. Al atardecer también cacareaba con todas
sus fuerzas, conminando a las señoras gallinas a retirarse a su dormitorio. En
verdad, cacareaba a cualquier hora del día, ante el más leve ataque a su ego de
macho del corral.
Realmente, el animal se hacía oír por
todo el vecindario como si fuese el rey del barrio. Hasta que alguien -probablemente,
algún vecino-, echó comida envenenada al jardín. Murió el gallo y también alguna
gallina, y hasta las perras quedaron intoxicadas. En lugar de llamar a tu
puerta y pedirte educadamente que, si fuera o fuese posible, el jodido gallo deje
de perturbar a todas horas el bendito silencio del barrio, hay gente que recurre
directamente al asesinato.
La rutina diaria de guardar los
restos de comida en un plato de plástico, de bajar el plato al corral ante la
excitada expectación de las gallinas; la rutina de abrir la puerta del corral para
que vagasen libres durante unas horas por el jardín, y de paso liquidasen unos cuantos
cientos de hormigas; la rutina de cerrarlas en la seguridad del corral a media
tarde; la rutina de reponer el grano y el agua; la rutina de recoger los
huevos, si los había… Decididamente, y a pesar de que quizá sí pudiese
significar un ahorro económico, las gallinas no estaban allí como productoras
de huevos sino como animales domésticos.
La tercera generación de gallinas
tuvo un final trágico. Una mañana aparecieron todas muertas. Y decapitadas. Bueno,
todas menos una. La primera explicación que nos dimos fue que un gato había
conseguido meterse en el corral. Casi cada noche se ve algún que otro gato del
barrio en torno al corral, pues ya he dicho que los gatos no respetan el
sentido sapiens de la propiedad privada. Cuando salgo a fumar un pitillo al
porche después de cenar, las perras huelen sus rastros y ladran. O sea que habíamos
visto -con ojos de sapiens- y detectado -con olfato y oído de perro- muchos
gatos en torno al corral, a lo largo del tiempo. Pero esos gatos van en busca
de los ratoncillos que se crían en una cuadra que hay junto al corral, debajo
de las pilas de leña. No van detrás de las gallinas.
La desolación se confundía con una
sensación de extrañeza. Qué gato podría ser tan cruel como para matar a todas las
gallinas. Y cómo podría un gato tragarse sus cabezas, digerir sus picos y
cráneos. Todo resultaba muy extraño y misterioso. Hasta llegué a plantearme la
eventualidad de que la matanza fuese obra de algún sapiens enajenado - ¿quizá el
mismo que envenenó al gallo? -, pero el espectáculo era demasiado cruel incluso
para haber sido perpetrado por un ser humano perturbado.
Aurora encontró el lugar por el que el
depredador se había colado en el corral. La valla de alambre que protegía el
corral había quedado ligeramente suelta o abierta a ras de suelo. Era difícil
imaginar que un gato pudiese entrar por allí; y, más aún, salir por allí
arrastrando una gallina. En verdad, era difícil imaginar que un gato hubiese perpetrado
aquella masacre porque los gatos del barrio habían respetado a las sucesivas
generaciones de gallinas durante años. Y, además, nunca habían conseguido
forzar el alambre de la valla para colarse.
A media mañana, Aurora habló con el
vecino de la casa de enfrente, que también tiene gallinas.
- Ha sido un zorro -le dijo-.
Esto es lo que hacen: las matan a todas, las decapitan, y se llevan una para
esconderla bajo tierra como provisión.
Le contó que a él le había
ocurrido lo mismo unos dos años atrás. Y a su cuñado, que vive como a una
manzana de allí, también.
Entonces empecé a comprender que, en
efecto, la casa de Aurora está a cinco pasos del bosque, como solemos decir con
entusiasmo, ¡oh sí!, justo en la delgada frontera que separa la vida urbana y
la vida salvaje. ¿Hay zorros en los bosques del Fonollet? Bueno, lo que sin
duda hay son jabalíes. Cada noche dejan las huellas de sus pezuñas escarbadoras
en los bordes de los caminos y senderos, en los pinares. Las marcas de la
tierra levantada por sus pezuñas llegan hasta el mismísimo límite de las casas.
Y es muy posible que haya algún
que otro zorro. En el barrio, cada vez hay más gente que tiene gallinas. Una
gallina cuesta el irrisorio precio de cinco o diez euros y necesita solo un
poco más de mantenimiento que una bicicleta. Así que los zorros disponen de un barrio
lleno de restaurantes al aire libre con menú de gallina, solo un poco más allá
de la línea que separa el bosque de la zona urbana y asfaltada.
Nos encanta vivir cerca del
bosque y dar paseos por los senderos que lo atraviesan, y no pocas veces nos hemos
internado bosque a través como niños que ase aventuran en lo desconocido. Pero
el bosque ya es territorio de vida salvaje. Supongo que precisamente por eso nos
gusta. Nunca hemos sentido miedo al pasear por allí. Los jabalíes son de
costumbres nocturnas; los inofensivos conejos raramente se dejan ver -si es que
queda alguno, porque hace tiempo que no se ven sus clásicas deposiciones como
bolitas de cañón en miniatura-; las ardillas son muy esquivas; víboras, aún no
he visto ninguna; y si hay zorros, también se ocultan de los humanos…
… Salvo aquel día, hace cuatro o cinco
años. Fue exactamente el día uno de enero, a una hora muy temprana de la
mañana. La mayoría de los residentes del barrio dormían la mona de la
Nochevieja. También las perras de Aurora se quedaron durmiendo cuando yo me
levanté con sigilo y salí a aspirar el Año Nuevo. El bosque parecía intacto,
lustrado por la humedad del rocío. Tenía la certeza de que era el primer sapiens
que pisaba los senderos del bosque en aquellas primeras horas del año. Acostumbrado
a pasear con las perras, la extrema soledad del bosque, envuelta aún en la
húmeda neblina matutina, era tan bella como inquietante. Y, cuando remontaba la
última pendiente antes del camino que da a las primeras casas del barrio, vi un
animal entre la espesura. O debería decir que lo intuí. Percibí que
estaba allí, aunque apenas podía verle. Me dije que sería uno de los muchos
perros que pasean por estos caminos y bosques, tal vez alguno que vivía por allí
cerca y al que sus amos dejaban salir a su aire.
Pero un perro no se quedaría quieto
mucho rato seguido, reflexioné. En cambio, aquel animal permanecía allí,
inmóvil, como esperando a ver mi reacción. Sí, aunque sea difícil de explicar
por qué o cómo, tuve exactamente la sensación de que el animal me estaba
observando. Al detectarlo, yo también me había quedado clavado e inmóvil,
¡un poco asustado, la verdad! Intenté racionalizar mi miedo diciéndome que había
subido por aquella pendiente cientos de veces, a muy distintas horas del día, y
que jamás había experimentado miedo a encontrarme a un animal salvaje
peligroso.
Por supuesto, consideré la posibilidad
de que se tratase de un jabalí, joven y juerguista, retrasado en su horario
habitual. Pero un jabalí saldría corriendo si viese a un humano; o bien le embestiría.
Pero no se quedaría inmóvil como aquella sombra que yo percibía en mitad
de la espesura, a unos veinte o treinta metros de mí. Empecé a creer que todo
aquello no era más que una ilusión perceptiva, multiplicada por mi ánimo
altamente exaltado en aquella extraordinaria, fría, húmeda y virginal mañana de
invierno. Pero entonces le vi la cola. Tras cinco larguísimos minutos de tensísima
observación mutua, reemprendí mi camino cuesta arriba y el animal se movió lo
suficiente para que yo tuviese un atisbo de su cola. No era la cola de un gato;
como mucho, sería la cola de un gato salvaje. Más bien parecía la cola de un
perro, un perro no demasiado grande, ¡por suerte!
Ahora estoy convencido de que lo que
había aquel día entre la espesura era un zorro. Casi puedo revivir el
escalofrío que sentí al detectarlo, al sentirme intensamente observado
por un animal salvaje al que apenas podía ver. No creo que los zorros ataquen a
los humanos -mientras que los humanos, y particularmente los británicos, sí
organizan cacerías de zorros-. Sin embargo, me pregunto cómo me habría
enfrentado a un animal que es capaz de desarrollar una ferocidad como la que
demostró en el corral de Aurora. Si no los zorros, otros cánidos como ellos sí
atacan y devoran a seres humanos.
El hocico, la dentadura y el sistema
digestivo del zorro explicarían que pudiese tragar y digerir las cabezas de las
gallinas -los sapiens nos limitamos a ponerlas en el caldo-, así como romper su
espinazo sin excesiva dificultad. Los documentales sobre animales salvajes del
National Geographic y otros suelen mostrarnos solamente los aspectos más elegantes
de la depredación: el acecho de los felinos camuflados entre las altas y
doradas espigas de la sabana, su rápida carrera, su elástico salto sobre la
presa… pero habitualmente nos ahorran la parte más indigerible de su festín
carnívoro. En la realidad, esos depredadores idealizados y antropomorfizados
provocan auténticas carnicerías. Incluso uno tan pequeño y menudo como un zorro
puede llegar a cometer acciones predatorias que a los sapiens nos parecen horrendas,
como lo que sucedió en el corral de casa de Aurora.
Aquel episodio de tintes
tarantinianos me llevó a pensar en otras personas que viven situaciones
parecidas, en territorios fronterizos. Hace poco más de un año, paseando por el
valle de Tella, encontramos a un hombre que se quejaba amargamente de la
reintroducción de osos salvajes en los Pirineos, por los ataques de esos osos a
los rebaños de ovejas de los pastores. Los lobos salvajes -algunos, en peligro
de extinción- también han atacado rebaños y corrales desde tiempos
inmemorialers. Los tigres asiáticos atacan y a veces masacran el ganado de los
indios que, sin otro lugar que ocupar, conquistan terreno a los bosques…
¡Oh, sí!, está muy bien vivir
lejos de las infernales y asfixiantes calles asfaltadas, cerca de árboles y
matorrales, donde silban los pájaros y miles de hormigas trabajan afanosamente
por la supervivencia de la especie; y aspirar el aire puro, que la verde vegetación
renueva a diario; y recrear la mirada con el desorden de árboles y arbustos…Pero
tendemos a olvidar las realidades más crudas de la vida salvaje, que se
desarrolla justo al otro lado de una frontera muy delgada. Y altamente
permeable: los sapiens civilizados entramos en el bosque a pasear y los zorros
del bosque vienen a nuestras a casas a alimentarse.
Admitamos que los zorros también
derecho a vivir. Si hacemos el esfuerzo intelectual de olvidarnos de la natural
desolación de Aurora y sus hijos, si se mira fríamente, el zorro llevó a cabo su
tarea con inaudita eficacia. Saltó al interior del jardín sin dejar ningún rastro
por dondequiera que entrase. Se dirigió entonces sigilosamente al corral y, con
el hocico o las patas, agrandó el hueco que había a ras de suelo en el frágil
alambre que protege el corral. Supongo que lo hizo lo bastante silenciosamente como
para no despertar a sus víctimas. Entonces se coló y mató a las cinco gallinas
en la negra oscuridad del interior del corral. Y tan rápidamente que ninguno de
los sapiens que dormían en la casa se despertó a causa del revuelo. Luego, el
zorro devoró las cabezas de las gallinas y consiguió sacar a una de ellas -según
Aurora, la más grande de las cinco- por el mismo hueco por donde había entrado.
Y, de nuevo, salió de la casa trepando por algún lugar del muro sin dejar
huellas; ni tan siquiera una mísera pluma de la pieza que arrastraba. Nadie le
oyó llegar, nadie le oyó ejecutar su matanza en mitad del silencio de la noche,
nadie le oyó escapar. Sin hacer ruido ni dejar huellas, devoró lo que pudo y se
llevó la compra del super a su madriguera.
Admitamos, pues, que los zorros son astutos,
sigilosos, veloces, ágiles, silenciosos…La decapitación produce un efecto visual
particularmente desagradable, pero ¿acaso los sapiens no chupamos con deleite
las cabezas de las gambas?
Algunos días después de la matanza,
Aurora habló con una anciana del barrio y esta le comentó que antiguamente había
muchos zorros en los bosques del Fonollet, pero que ya no quedaba ninguno. Bueno,
Aurora tenía constancia de que por lo menos aún quedaba uno.