lunes, 29 de agosto de 2022

1 Sgt Pepper en el jardín 

  

               La primera vez que me pregunté cuál era el recuerdo más antiguo que tenía de los Beatles fue en 1982 y lo que entonces me vino a la cabeza fue el jardín de la casa de mis padres, y unos pequeños bólidos de plástico que salían de regalo en los potes de detergente que compraba mi madre, y la música de Sgt Pepper llenando la atmósfera del jardín con el sonido de estridentes guitarras eléctricas y suaves rasgueos acústicos, voces melodiosas y coros envolventes, pianos y maracas, violines y saxofones…

               Corría el verano de 1968. Mis hermanos mayores, por entonces de dieciocho y dieciséis años, tardaron un año en comprarse Sgt. Pepper, quizá el álbum más destacado de toda la década. Pero su bolsillo de estudiantes no daba para mucho. Les gustaban los Beatles, claro, como a casi todos los chicos de su generación, pero también sus supuestos rivales, los Rolling Stones, tal vez la banda más longeva de la historia, así como una gran variedad de cantantes y grupos que iban desde el austero Bob Dylan de Freewheelin’ -solo voz, armónica y guitarra- hasta los alegres arreglos de viento de Herb Albert y sus Tijuana Brass, pasando por el extravagante y perturbador Frank Zappa y sus Mothers of Invention, el soul de Aretha Franklin y Wilson Picket -¿cómo resistirse al hechizo de Sitting in the dock of a bay?-, las delicadas armonías vocales de Papas & Mamas,  o el simpático Trini Lopez y su contagiosa versión de If I had a hammer…

               Atribuyo a los gustos de mi hermana mayor los singles de canción francesa e italiana que también sonaban en casa. Recuerdo algunos nombres, como los de Johnny Halliday y Silvie Vartan, pero sobre todo recuerdo la melodía de Tous les garçons et les filles y la melancólica figura de Françoise Hardy. Imposible no enamorarse de ella, aunque tuvieses la ridícula edad de siete u ocho años. También recuerdo los discos de Richard Anthony, un francés de voz muy clara y pulseras muy horteras; quizá porque cantaba algunas versiones de los Beatles sin que yo supiese aún que lo eran: Toi l’ami era All my loving. Por lo que hace a la canción italiana, había muchas cantantes de moda, y una canción con la que hacíamos muchas bromas con la letra porque decía “non ho l’età”…pero lo que yo rescataría es la versión de Stand by me que cantaba Adriano Celentano con el título de Pregeró.

               En fin, sería imposible reconstruir retrospectivamente la discoteca familiar ni siquiera de forma aproximada. Por lo menos, debería añadir los valses de Strauss y las polonesas de Chopin, que mi madre nos animaba a escuchar -sin mucho éxito-. No obstante, los riffs pianísticos de la llamada polonesa Militar (Opus 1 en La mayor) siguen vivos en mi memoria, a pesar de que ya nunca más volví a escucharlos. Y también debería añadir la música de orquesta que acabó gustando a mi padre: Ray Coniff, Paul Mauriat, Frank Pourcel, …eso que algunos llamarían “música de sala de espera”.

               O sea que, en mi casa, se escuchaba música bastante variada.

 

               En el verano de 1968, yo tenía once años y la música no me interesaba. Mis entretenimientos preferidos eran jugar a baloncesto, leer tebeos, cabalgar el palo de una escoba por el jardín como si fuese un vaquero del Lejano Oeste, dar la vuelta alrededor de la casa a pata coja tratando de batir un récord, organizar carreras automovilísticas imaginarias a lo largo de la repisa exterior de las ventanas del comedor con mis bólidos de plástico... El alféizar era bastante ancho, estaba como a un metro y pico del suelo, a una altura idónea para jugar de pie.

               A mis hermanos mayores les gustaba escuchar música desde el jardín, o sea que a veces la ponían a todo volumen y abrían de par en par las ventanas del comedor para que la música que emergía de los altavoces llegase hasta el jardín.

Así, se dio la circunstancia de que yo me encontraba en el lugar de paso de la música, escuchándola a un volumen considerable, el más adecuado para sumergirse en la atmósfera de aquel concierto de rock.

La música no me interesaba, eran mis hermanos mayores quienes nos sometían a los demás a involuntarias audiciones musicales; sin embargo, por algún motivo, empecé a fijarme en aquel disco. Quizá porque lo pinchaban una y otra vez. O también por su diversidad. Casi todos los discos que pinchaban mis hermanos mayores tenían una o dos buenas canciones, pero luego todas las demás eran muy repetitivas. En cambio, en Sgt. Pepper cada canción tenía un aire particular, una atmósfera propia. O quizá fuese porque, en efecto, como sostienen muchos comentaristas, aquel era un disco especial, único, irrepetible; posiblemente, el punto culminante en la carrera de los Beatles.

 

Movido por la curiosidad, en algún momento penetré en el territorio prohibido del despacho de mi padre, donde se encontraban el equipo de música y los discos, y busqué la funda del álbum. La carátula era lo más vistoso que se había publicado nunca en la portada de un disco: un mural compuesto por una cincuentena de personas y personajes, que resumían los sueños y las obsesiones de los Beatles. Entre otros: la actriz Marilyn Monroe, el pensador Karl Marx, gurús orientales, el actor Johnny Weissmuller en su papel de Tarzán, el dúo cómico Stan Laurel/Oliver Hardy (aquí conocidos como El Gordo y El Flaco), su admirado colega Bob Dylan, su añorado y difunto amigo Stuart Stu Sutcliffe… y ellos mismos, disfrazados de banda de glorieta y duplicados en sus estatuas de cera. Creo que nadie pone en duda hoy en día que esta una de las portadas más influyentes en toda la historia del pop-rock[1].

En el interior de la funda había unos galones y bigotes recortables que, francamente, no me interesaron. Pero en la contraportada había una excitante novedad: por primera vez en un disco de los Beatles, venía transcrita la letra de las canciones. Curiosamente, un maestro español de Murcia llamado Juan Carrión podría ser el causante de esta innovación. Carrión era profesor de inglés y utilizaba la letra de canciones de los Beatles, que él sacaba de oído, para enseñar a sus alumnos. Cuando John Lennon estuvo en Almería, Carrión se puso en contacto con él, le explicó su método y le dijo lo bueno que sería poder disponer de la letra de las canciones. Lennon simpatizó con él, incluso le hizo unas correcciones a la letra de I’m only sleeping que Carrión había ido sacando de oído casi completa. Vi una fotografía de ese folio en Los Beatles Made in Spain (2018). Carrión transcribió la letra en minúsculas y con bolígrafo de tinta azul; Lennon hizo las correcciones, pocas, en mayúsculas y con rotulador rojo. Cuando se despidieron, Lennon prometió enviarle la letra y las partituras (¡?) de su próximo álbum. Meses después, desde EMI se envió a Carrión una copia del álbum Sgt. Pepper, junto con una nota manuscrita de Lennon que decía “Good luck with the English!”.

               Tal vez la sugerencia de Carrión no cayese en saco roto. No sé si las letras de este álbum son tan distintas de las anteriores como para justificar la novedad. En todo caso, disponer de las letras no era anecdótico. Incluso los angloparlantes tienen dificultades para entender la letra de canciones cantadas en inglés. A propósito de esto, hay una anécdota legendaria que no resisto la tentación de volver a contar: Bob Dylan confundió el “I can’t hide, I can’t hide!” de la cancion I want to hold your hand con “I get high, I get high!”, ¡que significa una cosa bien distinta!

               Esto es así porque la letra de las canciones no siempre se canta con claridad de locutor radiofónico. A veces, una sola sílaba ocupa un compás entero; otras veces, en un compás se puede embutir una frase como “all that I was looking for was somebody who looked like you”, quince sílabas a ritmo de semicorchea en el estribillo de I’ve got a feeling. El “barullo” de los instrumentos y las armonías vocales también contribuyen a enmascarar la literalidad de la letra. Sucede algo parecido en el flamenco y la ópera.

               Mis rudimentarios conocimientos escolares de inglés me permitían entender algunas frases sencillas, como I read the news today, oh boy; she’s leaving home; it’s getting better… pero esto no significa ni mucho menos que entendiese todas las frases, ni que entendiese el sentido -o sinsentido- global de la canción. Te hacías una idea aproximada a partir del título, de algunas frases sueltas, del aire. A mí me encantaba Getting better, me parecía una canción muy optimista: it’s getting better all the time!, y sus coros, como círculos concéntricos de humo elevándose hacia el cielo “better, better, beeeeetter”. Pero no oía la irónica réplica de Lennon, “no podría ir peor”, que no consta transcrita, ni tampoco reparaba en las sombrías frases acerca del hombre que maltrata a su mujer.

               La transcripción de la letra de las canciones permitía o propiciaba una actividad más divertida que la de tratar de entender el sentido de todas aquellas palabras: cantar al unísono con el disco. Si sabes la letra, puedes identificar qué sílaba estás cantando en cada momento. Bueno, no quiero imaginar el grado de afinación o desafinación de aquellos canturreos, aunque es probable que, a esa edad, no tuviese dificultades para cantar las notas más altas. Y es obvio que tampoco había ninguna clase de ambición o desafío artístico-musical en ellos; tan solo el puro placer de unirme a aquellas voces melodiosas y sumarme a sus contagiosos ritmos.

               Sin darme cuenta, sin quererlo, sin pretenderlo, acabé aprendiéndome aquel disco de memoria: las melodías y los coros, los solos de guitarra, los arreglos de cuerda y viento, los redobles y chasquidos de la batería, las entradas y los finales.  Las canciones de Sgt. Pepper se depositaron en el fondo de mi memoria acústico-emocional y poseen la rara virtud de transportarme a las doradas tardes de mi infancia, cuando yo era un niño de once años razonablemente feliz que jugaba en el jardín de su casa.

 

 



[1] En los días en que escribo estas líneas, la portada sirve de anuncio a un Taller de Escritura Creativa del Ateneo de Barcelona.

martes, 11 de enero de 2022

 

 

          

   Va sonar el telèfon -el fix, perqué això passava a les acaballes del segle passat- i el vaig despenjar.
   - ¿Josep Maria? -va dir una veu a l’altre banda del fil.
   - Sí.
   - Hola! Soc el Josep Maria.
  D’acord, era un acudit molt fàcil, però em va provocar un somriure i bon humor. Jo no coneixia personalment al Josep Maria Francino. L’havia vist a la tele quan parlaven dels Beatles i consultaven els experts, però no sabia res de la seva feina a la ràdio. El cas és que, durant uns anys, jo havia dedicat esforços a redactar un text sobre els Beatles. I llavors vaig saber que en Francino havia crescut a Terrasa, en un pis del bloc de vivendes on els meus sogres havien tingut una botiga de queviures. I, naturalment, es coneixien.
   No m’agrada aprofitar aquestes avinenteses, però la meva dona em va convèncer de que això era un prejudici absurd. Així que em vaig posar en contacte amb ell i un dia vaig portar un totxo de quatre-cents folis a casa dels seus pares. Ell no hi era; em va atendre la seva mare, molt amablement. Em va advertir que el seu fill estava molt ocupat i que trigaria temps a poder fer-li una ullada al text. Però no van passar gaires setmanes des que vaig deixar el totxo a casa dels pares del Francino fins que vaig rebre aquella trucada.
   En Francino va ser prou elegant i considerat, i no em va dir que el text era infumable, antiquat, repetitiu i avorrit. Però sí em va fer uns suggeriments molt assenyats, que jo no vaig seguir.
   Uns anys abans, mentre passejava amb la dona i els nanos pel barri de Gràcia admirant els decorats dels carrers que els veïns havien muntat per la festa major, de cop vam sentir una música inconfusible. La gent s’atansava a l’escenari on un grup de cinc o sis persones tocava cançons dels Beatles. Vaig adonar-me que aquestes cançons tenen una màgia musical que travessa generacions i modes, potser perque tots som fills o nets d’aquella década. I no hi ha res com sentir les cançons dels Beatles en directe, interpretades per un grup eléctric i amb les seves harmonies vocals; no té res a veure amb sentir-les en el millor dels reproductors digitals.
   Persones de totes les edats ens anàvem quedant enganxades a la funció: All my loving, A hard day’s night, Can’t buy me love…, qui pot ressistir-se a l’optimiste, al ritme d’aquestes cançons? També van interpretar una que se sortia del repertori clàssic: Ain’t she sweet. Des de llavors, és una de les meves cançons preferides, una de les que més m’agrada tocar i cantar. La versió dels Beatles és d’aire rocker però la melodia i les harmonitzacions tenen un altre origen, a mi em sona una mica a charleston! Ostres, vaig quedar ben fascinat per aquella interpretació del Magical Mystery Grup, el grup d’en Francino.
   No vaig tornar a tenir contacte amb ell fins que em vaig fer soci de El Submarí Groc i vaig participar en algunes de les activitats que organitzen. Quan em vaig presentar a ell, em va semblar que sí recordava que jo era l’ex marit d’una antiga veïna que, quinze anys enrera, li havia portat un totxo molt pesat.
   Sobre tot, vaig tenir ocasió de saludar-lo a l’Estartit, al 2018, quan vaig assistir per primer cop a un Estartit Beatles Weekend. Després del concert al terrat que els Hey Bulldogs van fer sobre la Llar del Jubilat, jo tornava cap l’hotel i llavors vaig coincidir amb el Josep Maria i altres persones que anaven amb ell. Estava assegut en un banc, visiblement fatigat. Però no vaig voler perdre l’ocasió de preguntar-li al Mestre, com li deien, per una anécdota sobre un disc d’en Lennon que havia llegit no sé on, i que no sabia si era certa o falsa. El Francino em va dir que no li sonava de res; la història dels Beatles està plena de fakes… Li hagués acabat preguntant un munt de coses, però vaig entendre que estava cansat i vaig seguir cap a l’hotel.
   Vaig llegir la seva Crónica de un beatlemaníac, i em va sembla massa curta, massa discreta. Ara, començant la segona década del segle XXI, quan en Francino participava en alguna presentació, programa de ràdio o entrevista a la tele, el que deia sempre em semblava admirablement equilibrat i molt fidel al més auténtic esperit dels Beatles. Pot semblar que, cinquanta o seixanta anys després del fenómen beatle, és molt fàcil respondre a les preguntes que els periodistes de la tele o de la ràdio fan als experts. Però, precisament perqué ara hi ha moltíssima més informació que abans, segueix sent igual de difícil.
   D’altre banda, en Francino no només era un expert en Beatles, un fan de primera generació, i un expert en música, sinó també un intérpret. I això a mí em sembla una certa garantia perqué, al capdavall, l’afició als Beatles és, essencialment, una afició a la seva música.
   L’estiu passat (2021) es va poder tornar a celebrar l’Estartit Beatles Weekend. En Francino va ser el protagonista principal perqué va fer donació de la seva col.lecció privada de documents a una entitat de l’Estartit. També va participar en el concert final, amb el Magical Mystery Grup. No van tocar Ain’t se sweet, però sí All my loving, Don’t let me down i un grapat de clàssics. Havien passat uns vint anys des d’aquella tarda en una cruïlla del barri de Gràcia; vint anys tocant Beatles damunt un escenari, no està gens malament!
   L’endemà, vaig recollir l’equipatge, vaig pagar el compte i vaig anar a buscar el cotxe. Una o dues cantonades més enllà, vaig trobar-me amb el Josep Maria, que estava dret, davant la porta del seu hotel. Vaig saludar-lo, vaig felicitar-lo per la donació, també pel concert. Crec que, malgrat la mascareta i les ulleres de sol, em va reconèixer.
   - Gràcies, maco -va ser lo darrer que em va dir.
  Així que jo era un admirador del Josep Maria Francino en tant que expert integral en Beatles, i simpatitzava amb ell pel seu tarannà afable, pacífic, constructiu, i per l’amabilitat amb la que em va tractar des del primer moment fins l’últim.


 




viernes, 30 de abril de 2021

 

 

 

               Matanza en el corral

 

 

               Cuando Aurora y sus hijos decidieron tener media docena de gallinas en el jardín de su casa, yo me encontraba apasionadamente sumergido en la relectura del libro de Jared Diamond, Armas, gérmenes y acero, donde el autor trata de explicar por qué, hará unos diez mil años, los homo sapiens de algunas zonas del planeta aprendieron a cultivar plantas y a domesticar animales; y por qué esa forma de vida agrícola y ganadera se extendió mucho más deprisa en un sentido geográficamente horizontal o latitudinal que en un sentido vertical o longitudinal; y, en fin, responder con argumentos profundos y consistentes a la pregunta inicial: por qué fueron súbditos del imperio español los que arribaron a las costas de América con sus barcos, refulgentes armaduras, caballos y armas de fuego, y no sucedió a la inversa, es decir, que los emperadores aztecas y mayas llegasen a las costas atlánticas de Europa para explotar y/o exterminar a los pueblos de España y Francia…

               Por lo que he leído, el primer animal domesticado por los sapiens fue el perro. Los perros no descienden de los lobos, pero sí tienen antepasados comunes. En todo caso, cuando yo salía al porche a fumar un cigarrillo después de cenar y las perras me hacían compañía silenciosamente, yo me remontaba unos cien siglos atrás, al momento en que perros salvajes y sapiens cuasi-agrícolas empezaron a comunicarse. Siempre lo imagino como en una película de Kevin Costner, en la que un solitario soldado azul que está en la frontera con los indios enciende una fogata y ve a un lobo merodeando su campamento. Los perros salvajes también merodeaban asentamientos humanos en busca de restos de comida, y así fue cómo se fueron acercando a los humanos. En la película, ese lobo solitario no ataca al soldado. Sospecho que, en la realidad, muchos sapiens fueron mordidos y atacados por perros salvajes, antes de que estos fuesen domesticados.

               Pero no quiero hablar de perros, aunque podría decir muchas cosas a partir de mi contacto con los que vivían en casa de Aurora. Ni tampoco de gatos, a pesar de que también podría contar algunas cosas, anécdotas divertidas y experiencias sorprendentes a propósito de los dos hermanos que se criaron allí; y, sobre todo, del gato color gris perla que se quedó en casa de Aurora porque el otro, de piel rayada, decidió irse a vivir a casa de unos vecinos. Los gatos son así, prescinden olímpicamente de las convenciones humanas respecto a las casas.

               En general, nunca he tenido feeling con las aves. Perros y gatos son mamíferos que te miran, que te entienden, que se acercan a ti para lamerte la mano o arrellanarse en tu regazo. Sabes que hay alguien ahí, aunque hable un lenguaje distinto del tuyo y, por ejemplo, goce de unos umbrales perceptivos olfativos y auditivos muy superiores a los tuyos. Pero pájaros, gallinas, avestruces…Bueno, admito que soy un fanático del vuelo de las gaviotas cuando, en verano, tengo ocasión de observarlas de cerca en el litoral de la Costa Brava… pero me alejo de ellas al atardecer, cuando reivindican su lugar en la arena de la playa. Por supuesto, alucino con las caprichosas formas de las hiperdisciplinadas bandadas de estorninos. Sí, las aves son hermosas cuando vuelan por el cielo o están posadas en los árboles; cuando silban y trinan…

               Pero no en el suelo y con el tamaño de un perro mediano. Las potentes garras de las gallinas escarbadoras de Aurora me recordaban a las garras de los velocirraptores y otros dinosaurios de Parque Jurásico. Nadie parece discutir hoy en día que las aves son los únicos descendientes vivos de los dinosaurios. Y evocaré la película de Alfred Hitchcock, Los pájaros, como muestra de la violenta hostilidad que las aves podrían llegar a desarrollar hacia los seres humanos.

               Claro que, las gallinas en particular, aunque me resultaban intimidantes por sus potentes garras, sus picos y su mirada fría, son muy asustadizas. En su comportamiento cotidiano vi ilustrado con claridad por qué se llama “gallina” a los cobardes.

               Luego, me maravillé de su espectacular productividad. ¡Las gallinas ponían un huevo cada día! Así que, en pocas semanas, se acumulaban muchos más huevos de los que Aurora y sus hijos podían llegar a consumir. Volví a remontarme cien siglos atrás: por entonces, el problema principal de todo ser humano -junto con el de la reproducción- sería conseguir alimento para sobrevivir. Y, de pronto, o sea, en cierto momento, resulta que los sapiens podían criar gallinas y proveerse sobradamente de huevos. Ese excedente les permitía ocupar el tiempo que antes dedicaban a cazar y recolectar a otras cosas, a cualquier otra cosa: dormir, comunicarse entre ellos, divagar, curiosear, inventar…   

En aquella primera generación de gallinas, no había ningún gallo. Sin embargo, las gallinas igualmente producían un huevo cada día, huevos sabrosos y nutritivos; muy sanos, según la penúltima moda en dietética. Para un urbanita como yo, esto era un milagro natural.

               Claro que las gallinas no solo se alimentaban de los insectos y plantas que encontraban en el jardín -a veces, por desgracia o por descuido, también de las verduras que Aurora cultivaba esforzadamente en su pequeño huerto-, ni tampoco de las sobras de comida humana que cada día les llegaban -les encanta la piel de tomate, la cera del reborde de los quesos, la fruta en general…-, sino sobre todo de grano. Pero no cabe entrar en operaciones aritméticas de ingresos y gastos. Aurora no tenía gallinas para hacer negocio, ni para ahorrarse el gasto de una docena de huevos a la semana, sino por la misma razón por la que tenía gatos y perros, y tortugas de edad provecta que se enterraban y desenterraban por el jardín a lo larto del año. 

               Pese a mi antipatía hacia las gallináceas, admito que la visión de aquella media docena de gallinas -blancas, negras, veteadas de plumas doradas, marrones…- mientras escarbaban y picoteaban a media mañana en el jardín resultaba muy relajante. También me gustaba llevarles el plato con los restos de comida; en cuanto te veían bajar las escaleras del porche, que están a unos diez metros del corral, se ponían a cloquear con gran excitación y se apretujaban ante la puerta. Cuando les tiraba los restos de comida y había tirillas de la cera negra del queso, las pillaban al vuelo con el pico, antes incluso de que llegasen a tocar al suelo. Por supuesto, al vaciar el plato de restos, entre ellas había protestas, empujones, cacareos y hasta algún picotazo para hacerse con un resto de mango, melocotón o pulpa de tomate.

               Con el tiempo descubrí que, durante algunas épocas del año, las gallinas prácticamente dejan de poner huevos. Y también dejan de ponerlos a partir de cierta edad. Pero, a esas alturas, las gallinas de Aurora ya formaban parte de la tribu o clan animal de la casa, junto con las perras, el gato, las tortugas y los sapiens.

               En la segunda generación de gallinas, hubo un gallo. También entonces comprendí por qué llaman “gallitos” a los individuos pendencieros y arrogantes. El gallo cacareaba los buenos días para que le oyesen desde Filipinas. Al atardecer también cacareaba con todas sus fuerzas, conminando a las señoras gallinas a retirarse a su dormitorio. En verdad, cacareaba a cualquier hora del día, ante el más leve ataque a su ego de macho del corral.

Realmente, el animal se hacía oír por todo el vecindario como si fuese el rey del barrio. Hasta que alguien -probablemente, algún vecino-, echó comida envenenada al jardín. Murió el gallo y también alguna gallina, y hasta las perras quedaron intoxicadas. En lugar de llamar a tu puerta y pedirte educadamente que, si fuera o fuese posible, el jodido gallo deje de perturbar a todas horas el bendito silencio del barrio, hay gente que recurre directamente al asesinato.

               La rutina diaria de guardar los restos de comida en un plato de plástico, de bajar el plato al corral ante la excitada expectación de las gallinas; la rutina de abrir la puerta del corral para que vagasen libres durante unas horas por el jardín, y de paso liquidasen unos cuantos cientos de hormigas; la rutina de cerrarlas en la seguridad del corral a media tarde; la rutina de reponer el grano y el agua; la rutina de recoger los huevos, si los había… Decididamente, y a pesar de que quizá sí pudiese significar un ahorro económico, las gallinas no estaban allí como productoras de huevos sino como animales domésticos.

               La tercera generación de gallinas tuvo un final trágico. Una mañana aparecieron todas muertas. Y decapitadas. Bueno, todas menos una. La primera explicación que nos dimos fue que un gato había conseguido meterse en el corral. Casi cada noche se ve algún que otro gato del barrio en torno al corral, pues ya he dicho que los gatos no respetan el sentido sapiens de la propiedad privada. Cuando salgo a fumar un pitillo al porche después de cenar, las perras huelen sus rastros y ladran. O sea que habíamos visto -con ojos de sapiens- y detectado -con olfato y oído de perro- muchos gatos en torno al corral, a lo largo del tiempo. Pero esos gatos van en busca de los ratoncillos que se crían en una cuadra que hay junto al corral, debajo de las pilas de leña. No van detrás de las gallinas.

               La desolación se confundía con una sensación de extrañeza. Qué gato podría ser tan cruel como para matar a todas las gallinas. Y cómo podría un gato tragarse sus cabezas, digerir sus picos y cráneos. Todo resultaba muy extraño y misterioso. Hasta llegué a plantearme la eventualidad de que la matanza fuese obra de algún sapiens enajenado - ¿quizá el mismo que envenenó al gallo? -, pero el espectáculo era demasiado cruel incluso para haber sido perpetrado por un ser humano perturbado.

Aurora encontró el lugar por el que el depredador se había colado en el corral. La valla de alambre que protegía el corral había quedado ligeramente suelta o abierta a ras de suelo. Era difícil imaginar que un gato pudiese entrar por allí; y, más aún, salir por allí arrastrando una gallina. En verdad, era difícil imaginar que un gato hubiese perpetrado aquella masacre porque los gatos del barrio habían respetado a las sucesivas generaciones de gallinas durante años. Y, además, nunca habían conseguido forzar el alambre de la valla para colarse.   

               A media mañana, Aurora habló con el vecino de la casa de enfrente, que también tiene gallinas.

               - Ha sido un zorro -le dijo-. Esto es lo que hacen: las matan a todas, las decapitan, y se llevan una para esconderla bajo tierra como provisión.

               Le contó que a él le había ocurrido lo mismo unos dos años atrás. Y a su cuñado, que vive como a una manzana de allí, también.

Entonces empecé a comprender que, en efecto, la casa de Aurora está a cinco pasos del bosque, como solemos decir con entusiasmo, ¡oh sí!, justo en la delgada frontera que separa la vida urbana y la vida salvaje. ¿Hay zorros en los bosques del Fonollet? Bueno, lo que sin duda hay son jabalíes. Cada noche dejan las huellas de sus pezuñas escarbadoras en los bordes de los caminos y senderos, en los pinares. Las marcas de la tierra levantada por sus pezuñas llegan hasta el mismísimo límite de las casas.

               Y es muy posible que haya algún que otro zorro. En el barrio, cada vez hay más gente que tiene gallinas. Una gallina cuesta el irrisorio precio de cinco o diez euros y necesita solo un poco más de mantenimiento que una bicicleta. Así que los zorros disponen de un barrio lleno de restaurantes al aire libre con menú de gallina, solo un poco más allá de la línea que separa el bosque de la zona urbana y asfaltada.

               Nos encanta vivir cerca del bosque y dar paseos por los senderos que lo atraviesan, y no pocas veces nos hemos internado bosque a través como niños que ase aventuran en lo desconocido. Pero el bosque ya es territorio de vida salvaje. Supongo que precisamente por eso nos gusta. Nunca hemos sentido miedo al pasear por allí. Los jabalíes son de costumbres nocturnas; los inofensivos conejos raramente se dejan ver -si es que queda alguno, porque hace tiempo que no se ven sus clásicas deposiciones como bolitas de cañón en miniatura-; las ardillas son muy esquivas; víboras, aún no he visto ninguna; y si hay zorros, también se ocultan de los humanos…

… Salvo aquel día, hace cuatro o cinco años. Fue exactamente el día uno de enero, a una hora muy temprana de la mañana. La mayoría de los residentes del barrio dormían la mona de la Nochevieja. También las perras de Aurora se quedaron durmiendo cuando yo me levanté con sigilo y salí a aspirar el Año Nuevo. El bosque parecía intacto, lustrado por la humedad del rocío. Tenía la certeza de que era el primer sapiens que pisaba los senderos del bosque en aquellas primeras horas del año. Acostumbrado a pasear con las perras, la extrema soledad del bosque, envuelta aún en la húmeda neblina matutina, era tan bella como inquietante. Y, cuando remontaba la última pendiente antes del camino que da a las primeras casas del barrio, vi un animal entre la espesura. O debería decir que lo intuí. Percibí que estaba allí, aunque apenas podía verle. Me dije que sería uno de los muchos perros que pasean por estos caminos y bosques, tal vez alguno que vivía por allí cerca y al que sus amos dejaban salir a su aire.

Pero un perro no se quedaría quieto mucho rato seguido, reflexioné. En cambio, aquel animal permanecía allí, inmóvil, como esperando a ver mi reacción. Sí, aunque sea difícil de explicar por qué o cómo, tuve exactamente la sensación de que el animal me estaba observando. Al detectarlo, yo también me había quedado clavado e inmóvil, ¡un poco asustado, la verdad! Intenté racionalizar mi miedo diciéndome que había subido por aquella pendiente cientos de veces, a muy distintas horas del día, y que jamás había experimentado miedo a encontrarme a un animal salvaje peligroso.  

Por supuesto, consideré la posibilidad de que se tratase de un jabalí, joven y juerguista, retrasado en su horario habitual. Pero un jabalí saldría corriendo si viese a un humano; o bien le embestiría. Pero no se quedaría inmóvil como aquella sombra que yo percibía en mitad de la espesura, a unos veinte o treinta metros de mí. Empecé a creer que todo aquello no era más que una ilusión perceptiva, multiplicada por mi ánimo altamente exaltado en aquella extraordinaria, fría, húmeda y virginal mañana de invierno. Pero entonces le vi la cola. Tras cinco larguísimos minutos de tensísima observación mutua, reemprendí mi camino cuesta arriba y el animal se movió lo suficiente para que yo tuviese un atisbo de su cola. No era la cola de un gato; como mucho, sería la cola de un gato salvaje. Más bien parecía la cola de un perro, un perro no demasiado grande, ¡por suerte!

Ahora estoy convencido de que lo que había aquel día entre la espesura era un zorro. Casi puedo revivir el escalofrío que sentí al detectarlo, al sentirme intensamente observado por un animal salvaje al que apenas podía ver. No creo que los zorros ataquen a los humanos -mientras que los humanos, y particularmente los británicos, sí organizan cacerías de zorros-. Sin embargo, me pregunto cómo me habría enfrentado a un animal que es capaz de desarrollar una ferocidad como la que demostró en el corral de Aurora. Si no los zorros, otros cánidos como ellos sí atacan y devoran a seres humanos.

El hocico, la dentadura y el sistema digestivo del zorro explicarían que pudiese tragar y digerir las cabezas de las gallinas -los sapiens nos limitamos a ponerlas en el caldo-, así como romper su espinazo sin excesiva dificultad. Los documentales sobre animales salvajes del National Geographic y otros suelen mostrarnos solamente los aspectos más elegantes de la depredación: el acecho de los felinos camuflados entre las altas y doradas espigas de la sabana, su rápida carrera, su elástico salto sobre la presa… pero habitualmente nos ahorran la parte más indigerible de su festín carnívoro. En la realidad, esos depredadores idealizados y antropomorfizados provocan auténticas carnicerías. Incluso uno tan pequeño y menudo como un zorro puede llegar a cometer acciones predatorias que a los sapiens nos parecen horrendas, como lo que sucedió en el corral de casa de Aurora.

               Aquel episodio de tintes tarantinianos me llevó a pensar en otras personas que viven situaciones parecidas, en territorios fronterizos. Hace poco más de un año, paseando por el valle de Tella, encontramos a un hombre que se quejaba amargamente de la reintroducción de osos salvajes en los Pirineos, por los ataques de esos osos a los rebaños de ovejas de los pastores. Los lobos salvajes -algunos, en peligro de extinción- también han atacado rebaños y corrales desde tiempos inmemorialers. Los tigres asiáticos atacan y a veces masacran el ganado de los indios que, sin otro lugar que ocupar, conquistan terreno a los bosques…

               ¡Oh, sí!, está muy bien vivir lejos de las infernales y asfixiantes calles asfaltadas, cerca de árboles y matorrales, donde silban los pájaros y miles de hormigas trabajan afanosamente por la supervivencia de la especie; y aspirar el aire puro, que la verde vegetación renueva a diario; y recrear la mirada con el desorden de árboles y arbustos…Pero tendemos a olvidar las realidades más crudas de la vida salvaje, que se desarrolla justo al otro lado de una frontera muy delgada. Y altamente permeable: los sapiens civilizados entramos en el bosque a pasear y los zorros del bosque vienen a nuestras a casas a alimentarse.

Admitamos que los zorros también derecho a vivir. Si hacemos el esfuerzo intelectual de olvidarnos de la natural desolación de Aurora y sus hijos, si se mira fríamente, el zorro llevó a cabo su tarea con inaudita eficacia. Saltó al interior del jardín sin dejar ningún rastro por dondequiera que entrase. Se dirigió entonces sigilosamente al corral y, con el hocico o las patas, agrandó el hueco que había a ras de suelo en el frágil alambre que protege el corral. Supongo que lo hizo lo bastante silenciosamente como para no despertar a sus víctimas. Entonces se coló y mató a las cinco gallinas en la negra oscuridad del interior del corral. Y tan rápidamente que ninguno de los sapiens que dormían en la casa se despertó a causa del revuelo. Luego, el zorro devoró las cabezas de las gallinas y consiguió sacar a una de ellas -según Aurora, la más grande de las cinco- por el mismo hueco por donde había entrado. Y, de nuevo, salió de la casa trepando por algún lugar del muro sin dejar huellas; ni tan siquiera una mísera pluma de la pieza que arrastraba. Nadie le oyó llegar, nadie le oyó ejecutar su matanza en mitad del silencio de la noche, nadie le oyó escapar. Sin hacer ruido ni dejar huellas, devoró lo que pudo y se llevó la compra del super a su madriguera.

Admitamos, pues, que los zorros son astutos, sigilosos, veloces, ágiles, silenciosos…La decapitación produce un efecto visual particularmente desagradable, pero ¿acaso los sapiens no chupamos con deleite las cabezas de las gambas?   

Algunos días después de la matanza, Aurora habló con una anciana del barrio y esta le comentó que antiguamente había muchos zorros en los bosques del Fonollet, pero que ya no quedaba ninguno. Bueno, Aurora tenía constancia de que por lo menos aún quedaba uno.

 

 


  

 

miércoles, 30 de diciembre de 2020

 



EL BULO PAUL IS DEAD

 

      Cualquiera que lea sobre la historia de los Beatles acabará topando, tarde o temprano, con una estrafalaria teoría según la cual Paul McCartney murió en un accidente automovilístico en 1966 y, desde entonces, fue reemplazado por un sustituto o impostor, manteniéndose su muerte en secreto. A mí siempre me pareció un brochazo de frikismo en el universo beatle; decididamente, un asunto en el que no quería perder el tiempo, habiendo tantos otros mucho más enjundiosos, provechosos y saludables de los que ocuparse.

      Sin embargo, hace poco me llegó un ejemplar de la revista Glass Onion (agosto 2020) que contenía un extenso reportaje sobre las así llamadas “teorías conspiratorias” relacionadas con los Beatles y, particularmente, sobre la más extendida de todas ellas, el asunto Paul Is Dead (Paul Está Muerto). Al leerlo, descubrí que ese bulo inverosímil goza de una insólita vigencia. Francamente, no sé cómo deben combatirse las mentiras, los bulos y las teorías conspiratorias: si plantándoles cara, dejando que te arrastren así a sus pantanosos argumentos, o si seguir el viejo refrán de que no hay peor desprecio que la indiferencia. Al fin, me ha parecido que, excepcionalmente, analizar cuándo, cómo y acaso por qué se originó esta absurda teoría podría ser adecuado.
      La cosa empezó a correr a principios del otoño de 1969; es decir, pocos meses antes de la separación de los Beatles. Según algunos, se originó a partir de una redacción humorística de un estudiante de la universidad de Drake des Moines (Iowa, EE. UU.); concretamente, en un artículo publicado el 17 de septiembre de 1969 en la revista universitaria. Otros sostienen que empezó con una llamada telefónica anónima a la emisora WKNR de Detroit. En una década en la que no existía nada parecido a un identificador de llamadas, las llamadas telefónicas anónimas eran el deporte preferido de bromistas, gamberros y oportunistas. La oficina de los Beatles recibía muchas llamadas advirtiéndoles que uno de ellos había sufrido un accidente, o que había sido visto en tal o cual lugar. Casi siempre eran llamadas interesadas, que pretendían obtener información privilegiada sobre los Beatles o, sencillamente, dinero.
      Curiosamente o no, aunque empezó a correr en el otoño de 1969, el bulo sostenía que McCartney llevaba casi tres años muerto. Exactamente, desde el 9 ó 10 de noviembre de 1966. Aquella noche, tras una tormentosa sesión en el estudio de grabación, McCartney habría abandonado el estudio, solo y muy alterado, se habría montado en su automóvil y se habría estrellado mortalmente poco después.
      Antes de entrar en otras consideraciones, quiero decir que, en los años 50 y 60, los accidentes automovilísticos -mortales o no- eran muy frecuentes. No sé si estadísticamente eran más frecuentes que en la actualidad, pero en la historia del pop de esos años fueron abundantes. En el verano de 1969, John Lennon sufrió un grave accidente mientras conducía por Escocia, cerca de Golspie[i]. Su madre, Julia Stanley, fue mortalmente atropellada en 1958[ii]. Tan solo unas semanas antes, la pareja sentimental de Julia había tenido un accidente conduciendo ebrio, por lo que le retiraron temporalmente el permiso de conducir. Durante la gira que los Beatles hicieron en 1960 por Escocia como grupo de apoyo al cantante Johnny Gentle, también tuvieron un accidente cuando se dirigían hacia Fraserbourg[iii]…Por citar solo los primeros que me vienen a la memoria.
      Así pues, como casi siempre, el bulo utilizaba algunos elementos verosímiles. Más aún, el propio McCartney también tuvo un accidente. A mediados de diciembre de 1965, McCartney circulaba por Liverpool en un ciclomotor, acompañado de Tara Browne, que iba en otro ciclomotor -y que, ¡oh!, murió en un accidente automovilístico un año después, lo que inspiró una de las líneas de la canción A day in the life-. McCartney estaba tan fascinado mirando la luna y mostrándole a su amigo las lindezas del barrio que perdió el equilibrio y acabó dándose de morros contra el suelo. Se le rompió un diente y le quedó una pequeña cicatriz sobre el labio. Precisamente, para disimular esa cicatriz se dejó crecer un poco de bigote, según explicó. Los otros tres le imitaron y también se dejaron bigote.


McCartney, tras su accidente con el ciclomotor, diciembre 1965 (Foto de www.beatlesbible.com)



       
 


      





 

      Se dice que las dos primeras personas en alentar el bulo fueron Russ Gibbs, el discjoquei de la emisora WKNR, y un periodista de Michigan llamado Fred Labour. Al parecer, Labour decidió utilizar aquel estrafalario rumor sobre la presunta muerte de McCartney y le dio un barniz de credibilidad. Él fue quien describió la portada de Abbey Road como una procesión funeraria simbólica, en la que Lennon, que va vestido de blanco, representaría al oficiante de la ceremonia; Starr, con traje, al servicio de Pompas Fúnebres; y Harrison, con bambas y tejanos, al enterrador. La figura de Paul concentraría tres claves: lleva el paso cambiado con respecto a los otros tres, es el único que va descalzo y, siendo zurdo, sostiene el cigarrillo con la mano derecha.
      Admitámoslo: si non é vero, é ben trobato. Era una lectura inesperada, sorprendente e inquietante de la portada del disco. Aun así, la idea seguía siendo muy disparatada. Si McCartney había muerto en noviembre de 1966, ¿quién grabó las pistas de bajo de Sgt. Pepper?, ¿quién actuó y virtualmente dirigió la película Magical Mystery Tour?, ¿quién estuvo en el ashram del Maharishi?, ¿quién era el que aparecía tocando instrumentos y cantando en los videoclips de Revolution y Hey Jude?... En noviembre de 1966, los Beatles habían dejado de dar conciertos, pero ni mucho menos vivían retirados del mundo: acudían al estudio de grabación casi a diario, participaban en actos promocionales, concedían entrevistas, asistían a estrenos de cine, a fiestas, a actuaciones de otros músicos en clubs nocturnos…  
      Según la rigurosa Chronicle de Mark Lewisohn, ni el 9 ni el 10 de noviembre de 1966 hubo sesión de grabación. George Martin y otros técnicos de estudio estuvieron realizando algunas mezclas, pero ninguno de los cuatro beatles se pasó por allí. Tras haber dado el último concierto de su última gira el 29 de agosto en San Francisco, los cuatro beatles se tomaron unas largas vacaciones sabáticas, cada cual, por su cuenta, y no volvieron a reunirse en el estudio para grabar nuevas canciones hasta el 24 de noviembre. Aquel día, McCartney o alguien hizo un buen papel en las armonías vocales y con un instrumento que se había puesto de moda, el mellotron. Si murió el 9 ó 10 de noviembre, resulta que dos semanas después ya se había encontrado a un sustituto perfecto.
      Pero no habría sido tan fácil camuflar a un impostor en el papel de McCartney; ni en dos semanas, ni en dos meses, ni en dos años. Lo más sencillo habría sido dar con alguien que guardase un gran parecido físico con él, pues todos tenemos uno o dos dobles físicos andando por ahí. Eso solo valdría, en el mejor de los casos, para las fotografías. Y digo en el mejor de los casos porque los Beatles y McCartney tenían millones de seguidores en todo el mundo. Por ley de probabilidad estadística, algunos de ellos serían excelentes fisonomistas y ¿ninguno se dio cuenta de la diferencia?
      Ese doble físico debería gozar, además, de las dotes o cualidades actorales necesarias para representar el papel, lo que ya sería mucha casualidad. Y, además, debería estar naturalmente dotado de un rango vocal tan privilegiado como el de McCartney y ser capaz de tocar diversos instrumentos -bajo, guitarra, piano-, algunos de ellos como zurdo, todo lo cual va mucho más allá de lo verosímil.
      Se puede constatar lo difícil que habría sido encontrar a un sustituto competente de McCartney -aunque fuese bajito, pelirrojo o lapón- escuchando a los muchos grupos clónicos que suben sus videos a la red de You Tube. Muchos de los clones de McCartney son polinstrumentistas competentes, capaces de tocar y cantar al mismo tiempo. Pero si te fijas en las partes de voz solista y armonías, te darás cuenta de que hay muy pocos que puedan cantar todo el repertorio con la misma comodidad con que lo hacía él.
      Puesto que la idea de disponer de un clon perfecto de McCartney solo puede darse en el terreno de la ciencia-ficción, sería necesario recurrir a una diversidad de “suplentes”: uno para las fotografías, otro para grabar la voz en los discos, otro para tocar los instrumentos, otro para las suplantaciones en vivo en fiestas y actos públicos, etc.… La lista de cómplices de la trama sería muy larga: los otros tres beatles, George Martin y los técnicos de estudio; el padre de McCartney, su hermano Mike, sus tías, su novia de entonces, Jane Asher, y, en fin, todas las personas de su círculo íntimo; los cirujanos plásticos que le habrían operado para mejorar su parecido, y las enfermeras y recepcionistas de dicho centro médico; los médicos que cuidaban de su salud; las maquilladoras, el sastre, el peluquero; las personas que se encargaban de instruir al impostor, las que le sustituían en las tomas musicales… Demasiados testigos para guardar un secreto que, de ser publicado, trastornaría al mundo entero y movería millones de libras de un lado para otro.
      En fin, dejemos de argumentar contra fantasmas: la cosa no tenía ni pies ni cabeza. Pero, insólitamente, el bulo se propagó con rapidez. Se pueden aventurar algunas causas, pero de momento diré que fue el propio McCartney quien, sin quererlo, lo alimentó al desaparecer abruptamente del mapa.
      Los historiadores cuentan que el 20 de septiembre de 1969, los beatles Lennon, McCartney y Starr mantuvieron una decisiva reunión de negocios para firmar su nuevo contrato. Por entonces, Lennon, Harrison y Starr confiaban en Allen Klein como gestor de sus fabulosos contratos; mientras que McCartney optaba por el prestigioso gabinete jurídico de su cuñado y su suegro, los Eastman. Lennon ya había decidido dejar el grupo y seguir su vida con Yoko Ono y otros colaboradores musicales, pero Klein le convenció para que pospusiese el anuncio porque estaban firmando contratos trascendentales y estaba a punto de lanzarse el álbum Abbey Road. No obstante, Lennon era demasiado sincero para ocultarle las cosas a McCartney y aquel día se lo desveló con claridad: “el grupo está acabado, quiero divorciarme”. 




Dos imágenes de la firma del contrato el día 20 de septiembre de 1969. De izquierda a derecha: Yoko Ono, John Lennon, Allen Klein, Paul McCartney y Ringo Starr. En la imagen de la derecha, McCartney parece expresar sus auténticos sentimientos (Fuente, www.beatlesbible.com)  

      McCartney quedó desolado. Los Beatles se habían roto, su relación con Lennon se había roto. Ambas cosas habían constituido el eje de su vida desde los quince años. Entonces decidió retirarse del mundanal ruido y se refugió con Linda y las niñas en una granja que tenía en tierras escocesas, un lugar tan remoto que no llegaban ni la luz ni el agua corriente. Sus biógrafos explican que fueron días muy difíciles para el siempre exitoso Paul McCartney; bebía, fumaba, estaba de un pésimo humor y, extrañamente en él, no tenía ningún proyecto musical a la vista. 
      Fue entonces cuando empezó a propagarse el bulo. Y, ¡ups!, quizá lo del accidente de 1966 fuese confuso e incierto, pero, a ver, ¿dónde estaba McCartney ahora? Solo unas pocas personas lo sabían y no estaban autorizadas a revelarlo. En ese terreno tan propicio, el bulo creció, saltó al otro lado del Atlántico, la oficina de los Beatles tuvo que desmentirlo mil veces. Sí, ¿dónde estaba ahora el Paul McCartney de los Beatles?
      En la web Biblia de los Beatles se explica que el mismo día que McCartney partía hacia Escocia, llegó a Londres un periodista norteamericano llamado Alex Bennett, decidido a esclarecer la confusa situación. Se entrevistó con Ringo, con Derek Taylor, con Neil Aspinall, con el sastre y el peluquero de McCartney: ninguno de ellos conocía el paradero de McCartney.
      Ante la intensidad de los rumores, McCartney se vio obligado a conceder una entrevista telefónica a Chris Drake, de la BBC. Hablaron durante unos diez minutos. Dos días después, se emitió un extracto de un minuto de duración en un programa radiofónico de la BBC. ¿Qué era un minuto radiofónico comparado con las faraónicas fantasías desarrolladas al otro lado del Atlántico?
       Más conocida es la peripecia de una periodista y un fotógrafo de la revista Life que lograron localizar la granja de McCartney y, tras un altercado a sumar al interminable anecdotario beatle, este les concedió una entrevista. Les contó que había estado siempre dispuesto a atender a la prensa, pero que ahora no tenía nada que decir. Y que el rumor sobre su presunta muerte era una majadería. La entrevista se publicó el 7 de noviembre de 1969. 


                                                                            

Portada de la revista Life
7/11/1969
Imagen de McCartney ¿en noviembre de 1969?, según la nota a pie de página: "Ocultándose en Escocia con Linda, Martha [la perra] y una barba después de haber sido brutalmente marginado por John, George y Ringo" (Fuente: Paul McCartney, la biografía)


      Sin embargo, para entonces el bulo PID ya volaba por su cuenta. Algunos fans encontraron más “pruebas”, “evidencias”, “señales” y “símbolos en clave” en la portada de Abbey Road, y en la muy profusa y variopinta portada de Sgt. Pepper, y en la letra de ciertas canciones. La lista de “pruebas” es tan larga que da pereza transcribirlas. En El color de los sueños, Antonio Panadero dedica unas cinco páginas de 43 líneas a relacionar las muchas que se han ido acumulando a lo largo de los años.
      Veamos unas pocas de las tradicionales. La matrícula del Volkswagen blanco que aparece aparcado sobre la acera en la portada de Abbey Road era LMW IF28, lo que algunos leyeron como un acrónimo de “McCartney tendría 28 años si estuviese vivo”[iv]. En la portada de Sgt. Pepper, la estatua de la diosa Shiva que aparece a los pies del grupo señala con una mano a la figura de cera de McCartney, considerado el “auténtico”, y con la otra al McCartney de carne y hueso en su uniforme azul, considerado el impostor. Al final de la canción Strawberry fields forever, Lennon murmura “Yo enterré a Paul”, aunque lo que realmente dijo fue “salsa de arándanos”, una de esas expresiones sin mucho sentido que a veces soltaba.
       Ante “pruebas” tan sólidas y rotundas, ¿qué cabe agregar?
      Quizá uno de los motivos por los que el bulo tuvo tanto éxito fue porque se convirtió en una especie de juego o Beatle quiz: ¿cuántas claves del PID hay en la portada de Sgt. Pepper?, ¿qué significan las siglas OPD que luce el brazalete de McCartney, acaso officially pronounced dead?, ¿por qué es el único que aparece de espaldas en la contraportada de Sgt. Pepper?, ¿por qué es el único que lleva un clavel negro en la escena de Your mother should know?, etcétera, etcétera. Ya no se trataba tanto del presunto sentido simbólico que pudiesen tener todos estos detalles como del hecho que llevaba a muchos beatlelianos a fijarse en una multitud de pequeños detalles en los que no habían reparado en absoluto. 
      La insólita resonancia mundial de este “juego”, potenciada involuntariamente por la brusca desaparición de McCartney, quizá también podría explicarse de otra manera. A mediados de 1969, algunos fans echaban en falta el tobogán de emociones que había proporcionado la peripecia de los Beatles hasta Sgt. Pepper. Hasta entonces, la carrera de los Beatles había seguido una línea ascendente, siempre hacia arriba, batiendo récords, innovando en la música y en los diseños. Pero, a partir de Sgt. Pepper, su trayectoria había sido algo más errática o irregular. Los singles seguían confirmándoles como los números Uno, pero los álbumes habían dejado de ser tan excitantes y novedosos como Sgt. Pepper. Es posible, pues, que algunos decidiesen fabricarse grandes emociones a partir de la nada.  
      Pero he de decir que el motivo principal del éxito de los bulos siempre es la ignorancia. Ocurre como cuando eres niño y crees en los Reyes Magos. Yo era uno de los primeros de mi clase, pero jamás me planteé los gravísimos problemas logísticos que habían de afrontar los Reyes para repartir los regalos de todos los niños del mundo en la misma noche, y sin ser vistos. Tampoco me preocupaba la inexplicable simultaneidad de las cabalgatas en las diferentes ciudades. La mentalidad de un niño permite creer en poderes sobrenaturales que resuelven sin dificultad esos problemas. Si sus propios papás son aún seres casi sobrehumanos, ¿cómo no creer en unos poderosos reyes mágicos? La mentalidad infantil quiere creer en los Reyes Magos y aparta sin remilgos las abrumadoras contradicciones lógicas y los problemas logísticos.
      Creo que nadie que conozca un poco la historia de la música pop en los años 60 podría dar crédito a esa delirante hipótesis. Ninguno de los millones de seguidores de McCartney notó la diferencia, a pesar de que él y los Beatles eran un codiciado objetivo de la prensa y las fotografías de sus rostros fueron publicadas a todo color en revistas, y ampliadas en posters. Tampoco ninguno de los analistas o comentaristas de la historia de los Beatles que he leído encuentra algo parecido a una ruptura entre antes y después de noviembre de 1966. Por el contrario, la evolución musical de McCartney, en su triple faceta de cantante, instrumentista y compositor, es abrumadoramente coherente.
      Y ¿alguien puede creer que un doble de McCartney podría actuar en su nombre en fiestas privadas, en los clubs nocturnos adonde iban a escuchar música, en toda clase de eventos y situaciones, cuando McCartney era poco menos que un dios entre los dioses del pop-rock, un artista en lo más alto de su éxito, de su reconocimiento y de su creatividad?
      En 1969 se ignoraban muchas de las cosas que hoy sabemos y, por lo tanto, era mucho más fácil sembrar hipótesis descabelladas. Por lo que hoy sabemos, después de su último concierto en vivo, los cuatro beatles se tomaron unas largas vacaciones. George Harrison se fue a la India a aprender a tocar el sitar. Junto con Pattie, pasaron cinco semanas en la India. John Lennon estuvo trabajando como actor para una película de Richard Lester, How I won the war. Los primeros exteriores se rodaron en Hannover y luego en Almería, donde Lennon pasó cerca de un mes y medio, dejando un rosario de anécdotas para los especialistas. Ringo también estuvo en Almería, de visita, durante cuatro o cinco días.
      El 9 de noviembre de 1966, el día de su presunta muerte, McCartney estaba de viaje por Francia. El periplo de su viaje es hoy bastante bien conocido, sobre todo por lo que hace a su paso por España. El viaje empezó el día 6 de noviembre con un vuelo a París. McCartney hizo turismo solitariamente hasta que el día 12 se encontró con Mal Evans en Burdeos, tal como habían previsto. Desde allí, condujeron un automóvil con matrícula LL0840D hasta España. Recorrieron diversas ciudades desde San Sebastián hasta Sevilla, filmando lo que veían con una cámara de superocho. Su intención era visitar a Lennon en Almería, pero Lennon ya había regresado a Londres y acababa de conocer a Yoko Ono.
      Desde Sevilla, McCartney y Evans volaron a Madrid para coger desde allí un vuelo a Nairobi (Kenia). En Nairobi se les juntó Jane Asher, la novia de McCartney, y los tres estuvieron haciendo turismo hasta el día 19 de noviembre, en que regresaron a Londres. 
 
***
 
      El reportaje de la revista Glass Onion contiene una larga entrevista a Helena Quelle, también conocida por su seudónimo de Lady Ruth, con el que en 2014 publicó un libro sobre la supuesta muerte de McCartney, y aporta abundante documentación gráfica como sostén de distintas “pruebas” o “claves”. Cuando el entrevistador le pregunta a Lady Ruth cual es la prueba más consistente que le lleva a creer en la veracidad del bulo, la autora se aparta un poco de las “pruebas” tradicionales, que califica de “más subjetivas”, y responde:
      - Los análisis forenses.
      Con esto se refiere a los estudios de dos anatomopatólogos, que analizaron fotografías de McCartney de antes y después de 1966. Estudiando su estatura, el color de sus ojos, sus rasgos faciales y hasta los recovecos y caracolillos de sus orejas, llegaron a la conclusión de que el McCartney pre-66 y el McCartney post-66 eran dos personas distintas.
      ¿Merece la pena decir algo al respecto? Calcular la estatura de una persona en fotografías planas conduce a muchos equívocos, pues la estatura real puede verse alterada por la perspectiva, la iluminación, la postura, ¡el calzado!... Y, no obstante, creo que la conclusión es verdadera: el McCartney pre-66 es una persona distinta del McCartney post-66. Como, por cierto, nos ocurre a todos los seres humanos. Nos guste o no, crecemos, maduramos, envejecemos. Más aún, atravesamos épocas dichosas en las que la felicidad relaja los músculos de nuestro rostro, y épocas desdichadas en las que la angustia nos chupa las mejillas. Utilizamos los peinados y la vestimenta para ocultar o disimular lo que nos disgusta de nosotros mismos y resaltar lo que sí nos gusta.
      Una grafóloga confirmó las conclusiones de los forenses y un fono-lingüista de impecable currículum, llamado Henry Truby, “tras horas de estudio” (¿!), llegó a la conclusión de que las huellas sonoras del McCartney pre-66 y la del McCartney post-66 pertenecían a dos personas distintas. Sospecho que también habría encontrado huellas sonoras distintas entre el Lennon pre-66 y el Lennon post-66, si se lo hubiese propuesto. Y resulta harto sospechoso que su estudio de 1969 no haya sido confirmado por otras investigaciones en los últimos cincuenta años.
      Las pruebas de los “análisis forenses” me parecen tan gratuitas, inconsistentes y pueriles como las que se espigaban en las portadas de los discos.
      Lady Ruth aporta un segundo argumento de peso para creer en el bulo: lo mal que el impostor conoce la biografía del auténtico McCartney, “desconoce hechos clave, inventa directamente anécdotas, decora con datos que es imposible que él viviera…”. Este argumento resulta falso y además muy irritante porque exige una respuesta más sutil. Supongo que lo que pretende Lady Ruth es entrar en un pastoso debate sobre lo que dijo y lo que dejó de decir, y si lo que dijo ocurrió de verdad, o solo a medias, o en absoluto.
      En efecto, es posible que en alguno de los millones de declaraciones de carácter autobiográfico que ha hecho a lo largo de su vida -y está cerca de cumplir ochenta años-, McCartney haya cometido algún error, haya deslizado algún equívoco o alguna confusión. Suele suceder cuando a alguien le piden que rememore los detalles de su biografía una y otra vez. También es probable y hasta plausible que McCartney haya incorporado los recuerdos de otras personas que vivieron los mismos hechos que él, pero que tenían recuerdos más fidedignos o mejor documentados. Para explicar estos lapsus se podría recurrir a la abundancia de recuerdos que atesora una vida longeva y activa, o al declive de las facultades que provoca el envejecimiento, o tal vez a un cierto estado de ebriedad en el momento de cometerlos.
      Pero, incluso estando en plena forma, a los veintiséis años, ni McCartney ni Lennon fueron capaces de recordar en qué año se habían conocido cuando se lo requirió Hunter Davies, que estaba preparando su primera biografía autorizada. Recordaban que fue durante una Garden Fete en los jardines de la iglesia de St. Peter de Woolton, pero no pudieron precisar algo tan simple como el año. Solo habían pasado diez años desde el encuentro, pero, en 1968, las cabezas de Lennon y McCartney estaban ocupadas en asuntos más jugosos y emocionantes que aquel viejo detalle de su remota adolescencia. Solo fue a partir de los años 90 cuando empezó a considerarse ese encuentro poco menos que como el día Uno en la historia de los Beatles. Entonces afloraron los recuerdos de otras personas que también asistieron a la Garden Fete de aquel año, así como nuevas fotografías de aquella jornada. A posteriori puede parecernos inconcebible que ellos no pudiesen precisar mejor una fecha tan señalada, pero para ellos aún no lo era, o no tanto como muchas otras de las que vinieron después.
      Desde luego, puede ser un trabajo detectivesco apasionante rastrear las incongruencias de McCartney en sus declaraciones autobiográficas y tratar de comprenderlas, pero de ahí a considerarlas como una “prueba” de que es un impostor hay un trecho abismal. 
      En la parte divertida de todo esto, resulta que el bulo PID ha criado. Ahora existe ya una versión argentina, según la cual McCartney no murió en el accidente de 1966 sino que fue eliminado en 1962 por estar manteniendo una relación sentimental con una mujer de Buckingham Palace. El sustituto sería un argentino residente en Barcelona llamado Diego Armando Wungal, que guardaba un gran parecido físico con McCartney, “mejorado con cirugías” y que fue instruido para “mejorar su acento inglés y ampliar su rango vocal”. El muchacho habría aprendido deprisa porque en Penny Lane, la primera canción con voz solista de McCartney que grabaron después de su presunta muerte, no hay ni rastro de acento argentino.
      A mí me gusta la teoría inversa o irónica del PID. Un tipo llamado Chris Fedell buscó “señales” de la muerte de Lennon, Harrison y Starr entre 1963 y 1966. Obviamente, las encontró. De sus estudios se desprende que Starr fue sustituido dos veces, y que el único auténtico beatle vivo desde 1967 en adelante sería… ¡Paul McCartney!
      Así pues, ¿por qué no lanzar mi propia versión del bulo? Sería: Paul Is Deaf (Paul Está Sordo). Como es bien sabido, su padre era sordo de un oído desde los once años a causa de una caída. Pero la teoría propondría que no fue a causa de la caída, sino que se trataría de una sordera hereditaria, digamos, la sordera de O’Higgins, que se manifestaría a edades diferentes por motivos aún desconocidos. Afectaría solo a los varones, y especialmente a los que gozaban de un fino oído musical. Beethoven también la habría padecido.
      Paul habría ido perdiendo oído hasta que en 1968 quedó sordo de ambos. Desde entonces, siguió escribiendo la letra de sus canciones, pero la melodía y los acordes tuvieron que ser compuestos por otros autores. Las hipótesis sobre quien habría escrito la música de esas últimas canciones serían muy diversas y darían lugar a un auténtico Beatle quiz. Algunos dirían que fue un único autor, ¿tal vez el mismísimo George Harrison?, pero las hipótesis más verosímiles hablarían de autores diversos. Get back podría ser obra de Billy Preston, que no por casualidad andaba muy cerca de ellos en aquellos días, y The long and winding road se atribuiría a Burt Bacharach… También encontraríamos indicios en la letra de las canciones. Por ejemplo, en Penny Lane, cuando canta “Penny Lane is in my ears” nos estaría desvelando que ya solo oye sus recuerdos…

      Sí, todas estas fantasiosas especulaciones encajarían bien en una novela de ficción, si Lady Ruth o cualquier otro fuese capaz de articularlas. Pero, desde luego, no encajan ni con cola con los datos de la realidad. Además, a medida que profundizamos en los argumentos del bulo, las cosas se vuelven más sombrías y siniestras. Lady Ruth se manifiesta “absolutamente convencida” de que las extrañas muertes de Brian Epstein y Mal Evans están relacionadas con la trama. Esta es una de las características típicas de las teorías conspiratorias: las muertes extrañas -así como los accidentes automovilísticos- no existen; siempre son eliminaciones de testigos bocazas.
      Ambas muertes fueron extrañas, sí; ahora bien, la vida de Brian Epstein en el verano de 1967 era todo menos normal. Consumía alcohol, drogas alucinógenas, estimulantes, somníferos. Recién lanzado el álbum Sgt. Pepper, los Beatles se hallaban en el cénit de su carrera. Pero el contrato de Epstein con los Beatles estaba a punto de caducar y, sin giras que gestionar, su papel de mánager quedaba sujeto a una profunda revisión. No dejó nota de suicidio, pero ya había sido ingresado alguna vez por una intoxicación de pastillas legales. 
      Aunque sea lamentable, es probable que Epstein se matase medio sin querer, mezclando pastillas, víctima del vértigo en el que vivía. Pero, de no haber muerto aquella noche en su casa, podría haber muerto cualquier otra noche en unos sucios lavabos públicos como los que a veces frecuentaba, pues el delicado gentleman alentaba pasiones inconfesables en la aún muy victoriana Inglaterra de los años 60. Y eso también se habría visto como una muerte “extraña”.
      La muerte de Mal Evans, acribillado por la policía en su propia casa, fue aún más rara. Pero lo que destaca Lady Ruth es que aquel día desapareció del escenario una maleta con material gráfico confidencial de los Beatles. ¡Oh, sí, siempre hay una maleta de esas en las novelas de intriga! Por supuesto, es del todo verosímil que existan fotografías de los Beatles que ni ellos, ni sus familiares, ni sus agentes, abogados y representantes, ni quizá millones de seguidores querrían ver publicadas. Y claro que tenían sus secretos. En 1962, Lennon se casó con su novia Cynthia Powell porque la había dejado embarazada y eso es lo que hacían los chicos nobles del norte cuando sucedía algo así, pero la boda y la paternidad se mantuvieron en secreto tanto cuanto se pudo para no mermar el sex-appeal de la soltería de Lennon ante las fans, justo cuando arrancaba su carrera oficial.
      Lady Ruth también cree que las muertes de John Lennon, asesinado por un perturbado en diciembre de 1980, y George Harrison, fallecido a causa de un cáncer en noviembre de 2001, están relacionadas con la trama. Y llegado a este punto, creo que el asunto ha ido demasiado lejos. Ya no es un juego inofensivo para beatlemaníacos imaginativos y ociosos, sino un relato macabro que tergiversa sistemáticamente los datos de la realidad. 

***
 
       Hace unos días, le pregunté a Aurora si había oído hablar del PID. Me dijo que no y le expliqué de qué iba el asunto. Mientras se lo explicaba, ella se quedó mirando la estantería del comedor, donde había el estuche de la película Help! con el título de la canción escrito en grandes letras rojas en el lomo.
      - Esta canción, ¿la escribieron antes o después de la muerte de McCartney? -me preguntó.
      Y, en efecto, si lo miras desde un punto de vista conspirativo, se podría interpretar que los Beatles escribieron la letra de esta canción como una petición de auxilio en clave. Encontrar pistas es así de fácil. Aurora apenas conoce la historia de los Beatles y, por eso, no sabe que Lennon estaba pidiendo ayuda en esa canción, sí, pero no porque estuviese inmerso en una delirante conspiración sino porque, a pesar del gran éxito que estaban teniendo los Beatles, él se sentía perdido, lejos de sí mismo.
      Y esto ilustra bien lo que nos roban las teorías conspiratorias y los bulos: la verdad de los gestos, las palabras, los hechos.
 
      Aun a riesgo de parecer un púgil que combate a puñetazos contra un boxeador invisible, quisiera añadir un par de cosas. Es muy fácil encontrar “pruebas” pero es mucho más difícil explicar de qué modo podría llegar a darse un fenómeno de esa naturaleza. 
      En primer lugar, el proceso natural ante la eventual baja de un miembro del grupo habría sido sustituirlo por otro sin más secretismos. Ocurría a diario en todos los grupos. En el verano de 1962, justo cuando estaban a punto de lanzar el primer disco oficial de su carrera, Lennon, McCartney y Harrison sintieron que no estaban muy a gusto con su baterista Pete Best y decidieron sustituirlo por Ringo Starr. Fue una decisión arriesgada, en un momento crucial, y contó con muchos detractores; sin embargo, fue una decisión providencial.
      Los Beatles eran muy fabulosos, pero en aquellos días había músicos muy buenos, capaces de tocar y cantar bastante bien. Pienso, por ejemplo, en Greg Lake, bajista y cantante de King Crimson. Algunos de ellos tal vez habrían estado encantados de intentar unirse al grupo. Una sustitución así supondría un riesgo para la popularidad del grupo, para su rentabilidad comercial, y sin duda afectaría a su estilo musical. Pero ese habría sido el proceso natural y, quién sabe, no tenía por qué no funcionar.
      Claro que sustituir a un beatle parecía imposible. Solo ocurrió en una ocasión, en el verano de 1964, cuando los Beatles estaban a punto de iniciar una gira mundial que los llevaría a las antípodas de Liverpool. Ringo cogió unas anginas y le ingresaron en un hospital. No fue fácil tomar la decisión de sustituirle, pero finalmente acabaron contratando al baterista Jimmy Nichols para que le reemplazase en las actuaciones que tenían previstas en la agenda de la gira, hasta que Ringo se pudiese reincorporar. ¿Habría ocurrido lo mismo en el caso de que las anginas se hubiesen desarrollado en las gargantas de Lennon, McCartney o Harrison? Juraría que no: se habrían cancelado las actuaciones al precio que fuese. De hecho, no ocurrió nunca.
      En segundo lugar, lo razonable habría sido que el impostor se hubiese retirado discretamente cuando los Beatles se separaron en 1970 para no exponerse a ser desenmascarado. Pero hizo justamente lo contrario: emprendió una carrera en solitario, una de las más intensas, longevas, exitosas y, last but not least, rentables de la música pop de los últimos cincuenta años. Más aún, en vez de grabar discretamente discos de estudio, se lanzó a actuar en escenarios ante decenas de miles de personas, exponiéndose a ser descubierto una y otra vez. Y no solo eso: el impostor imaginó que McCartney habría querido colaborar con otros músicos y se prodigó en toda clase de colaboraciones como cantante, instrumentista y productor. Y, en fin, puesto que desde pequeño Paul McCartney había sido un crío polivalente, el impostor también imaginó que habría querido componer sinfonías de corte clásico, exponer cuadros y publicar poemas…[v]
      Esta es quizá la contradicción más apoteósica del bulo: el apaño improvisado en 1966 no solo duró los tres años que los Beatles siguieron juntos, sino que se inventó una carrera en solitario que ya se cuenta por décadas. Pues Paul McCartney sigue activo: estos días ha lanzado un nuevo álbum, McCartney III, grabado durante los meses de confinamiento. Como si no hubiese compuesto y lanzado ya centenares de canciones, he aquí unas cuantas más en las que, por tercera vez, vuelve a tocar todos los instrumentos, a cantar todas las voces, y a hacer de productor.  Pinchar aquí para ver el trailer de "McCartney III"
      Lo que nos roban los bulos y las teorías conspiratorias es el reconocimiento que merece un tío que fue algo así como la mitad del alma de los Beatles, que fue el ex beatle que recuperó el repertorio del grupo en los años 90; que ha compuesto un buen puñado de canciones perdurables, la banda sonora de nuestras emociones y el color de nuestros sueños.
      Supongo que ha de ser muy irritante que alguien se empecine en demostrar que no eres quien dices ser, que eres un impostor, acaso cómplice de asesinatos. Cuarenta años después de conceder su entrevista a los periodistas de Life, McCartney seguía tomándose el bulo sobre su muerte con mucha filosofía, como un gaje de su popularidad. Denunciar a las personas que lo alientan o propagan solo contribuiría a proporcionarles más eco. 
      Así pues, dicho todo lo cual, procederé a depositar la basura intelectual en el contenedor que corresponda y regresaré a la realidad no tergiversada por quien sabe qué oscuros intereses; trataré de esclarecer modestamente lo que quiero creerme de que lo leo, y lo que no. Y, sobre todo, me ocuparé de cualquier otro de los muchos asuntos más enjundiosos, nobles, provechosos y saludables que existen en el mundo de los Beatles, y en el mundo en general.
 
       “La gente que está inventando estos rumores debería mirarse un poco más a sí misma. En la vida no sobra el tiempo. Deberían preocuparse más de sí mismos en vez de preocuparse de si estoy muerto o no” (P. McCartney, Life, 7/11/1969)[vi]



***   ***  *** 


 
Bibliografía utilizada
 
The Ultimate Beatles Encyclopedia (1992), Bill Harry
The Complete Beatles Chronicle (1992), Mark Lewisohn
The Beatles First Ever Tour, (1998), Johnny Gentle/ Ian Forsyth
Tune in (2013), Mark Lewisohn
Paul McCartney, la biografía (2017), Philip Norman
El color de los sueños, (2017), Antonio Panadero
501 historias que deberías conocer (2017), J Melgosa / I Moldes/ J Molist / J Zaragoza
www.beatlesbible.com
 
 
 
 
[i] Ocurrió el 1 de julio de 1969. Lennon conducía por tierras escocesas. Suele decirse que Lennon era un pésimo conductor, a diferencia de Harrison y Starr, a quienes les gustaba conducir. Lennon se distrajo y a resultas del choque tuvieron que darle más de una docena de puntos de sutura en el rostro. También a Yoko Ono, que viajaba con él, tuvieron que coserle una docena de puntos. Y hasta la pequeña Kyoko, la hija de Yoko, tuvo que recibir unos pocos puntos de sutura. 
[ii] Durante mucho tiempo se dijo que el conductor del automóvil que la atropelló era un policía que iba bebido, pero lo único cierto es que era un policía fuera de servicio. 
[iii] El conductor habitual de la furgoneta en la que se desplazaban de una ciudad a otra era Gerry Scott, pero aquel día prefirió echarse una siesta -en este caso también podría decirse dormir la mona-, y Gentle se puso al volante. Quien salió peor parado del choque fue el baterista Tommy Moore, que quedó ingresado en el hospital con uno o dos dientes rotos y numerosas magulladuras. Sin embargo, the show must go on, así que le arrancaron de la cama y le sentaron en la batería para hacer el bolo de aquella noche, atiborrado de calmantes. Moore declinó seguir tocando la batería con ellos unas semanas después de la gira. 
[iv] “Living McCartney Would [be] 28 If [he was alive]”. Otros leen el acrónimo de “Linda McCartney widow, IF 28”. O sea, Linda McCartney viuda, 28 (años) si estuviese vivo”. En todo caso, hoy sabemos que no hubo forma de localizar al propietario del Volkswagen blanco para aparcase el automóvil en otra parte.
[v] Por no hablar de que el impostor se ha casado tres veces con las mujeres a las que habría amado el auténtico McCartney. 
[vi] “"The people who are making up these rumors should look to themselves a little more. There is not enough time in life. They should worry about themselves instead of worrying whether I am dead or not."