miércoles, 26 de febrero de 2020


OSOS Y BRUJAS




   El hotel en el que nos alojábamos estaba muy cerca de la población de Boltaña. Este nombre me sonó a nuevo, aunque sin duda atravesé la población dos veces hace unos quince años cuando fui a visitar el parque nacional de Ordesa con Rosie. Para mí fue uno más entre las decenas de pueblos desconocidos que atravesamos en aquel viaje. Y, no obstante, Boltaña existe desde hace más de dos mil años. Fue capital de una región conocida como la Boletania, en la época en la que los romanos llegaron a la península. Ahora bien, el castillo que aún se yergue en estado ruinoso sobre un pequeño montículo fue levantado por los sarracenos para prevenir incursiones cristianas a través del río Ara. Nunca sabes donde acabas aprendiendo la auténtica historia de la tierra que pisas. Somos una mezcla de mezcla de mezclas. Luego, distintos jefes y reyes cristianos acabaron conquistando este castillo y otros más al sur. En el extremo occidental de la cordillera aún se habla el vasco, la lengua más rara de Europa; en el otro extremo, se hablan el catalán y el aranés. Entre medio, el castellano y otros dialectos. Diríase que los habitantes de los valles pirenaicos se parecen más entre sí que un catalán del valle de Bohí a un catalán del Maresme. Estas estribaciones pirenaicas fueron las primeras conquistas de los cristianos a los moros; en Lleida, en cambio, los moros estuvieron instalados durante más siglos y sembraron su geografía de topónimos de raíz árabe. Nosotros acabaríamos nuestro viaje en la población de Alquézar, el topónimo árabe por excelencia porque proviene de "al-qsar", que en árabe significa castillo. Y, en efecto, la mayor atracción de la población son los restos de un "al-qsar" inverosímilmente construído sobre un barranco por los moros que ocupaban estas tierras en el siglo IX. Y si esta comarca está llena de referencias histórico-geográficas del paso de los sarracenos, ¿qué decir del litoral mediterráneo y de Andalucía, donde permanecieron muchos más siglos?
   La chica de la recepción nos proporcionó un mapa, un folleto con diversas rutas para hacer excursiones y algunas sugerencias; entre otras, una visita al esconjuradero de Guaso.
   - ¿Es... con... qué?
   Tardé varios días en poder pronunciar este hexasílabo de forma correcta y fluída. La clave está en descomponerlo: proviene de esconjuro, "exorcismo contra los males espíritus". Los esconjuraderos (se propone comunidors como una posible traducción al catalán) son lugares donde la gente acudía a conjurar tormentas, tronadas y pedregadas para proteger sus cosechas. Creían que el ritual podía influir en las condiciones atmósfericas. Al parecer, no era una creencia cristiana sino una costumbre pagana que acabó cristianizándose. Bueno, eso de rogar a la Naturaleza no liga bien con la fe católica. A mí me recuerda a las películas del Lejano Oeste en las que los indios trataban de convocar la lluvia tocando el tambor o danzando frenéticamente alrededor de una hoguera. No me cuesta concebir la idea de que un campesino desesperado recurra a toda clase de sortilegios para implorar piedad a la Naturaleza.
   Así que aquel mismo día nos acercamos hasta la población de Guaso, cuyos habitantes reciben el simpático nombre de guasones. El esconjuradero es una construcción muy sencilla y de poca altura, cuadrangular, con los cuatro costados abiertos y sin signos religiosos visibles. Está situado en lo alto de una loma y desde allí se contempla una magnífica panorámica del valle y de las imponentes montañas que se levantan al otro lado del río Ara. La iglesia también me gustó. Llegamos hasta allí atravesando a pie el pueblo y luego un tramo de carretera entre campos de olivos, en cuyos troncos retorcidos se adivinan multitud de rostros y figuras.
   Junto a la carretera vimos una granja con una o dos docenas de vacas y terneros, mansamente sentadas o de pie, caprichosamente distribuídas por el amplio cercado, algunas mirándonos con paciencia infinita y búdica ecuanimidad. También nos cruzamos con un auténtico rebaño de auténticas ovejas, eso que los urbanitas sabemos que existe en algún lugar del mundo pero que nunca llegamos a ver en vivo y en directo, salvo que nos dé la extemporánea ocurrencia de pasar unos días en una comarca como el Sobrarbe. Mi hermano calculó que habría unas cien... ¡y estuvo a punto de quedarse dormido!


Esconjuradero de Guaso

   Nuestra segunda excursión no resultó muy exitosa. Rosie quería volver a caminar por el parque de Ordesa pero, cuando llegamos allí, encontramos lo que habíamos echado en falta, razonablemente, en el paisaje: nieve. Era imposible tratar de caminar por allí sin romperse la crisma con el calzado que llevábamos. O sea que tuvimos que dar la vuelta y conformarnos con dar un paseo por la población de Torla. Allí pudimos constatar que las chimeneas de las casas tenían la forma tradicional de esta región: no son cilíndricas sino redondeadas. Se llaman chamineras, otra nueva palabra para mi diccionario personal. En la mayoría de estas chamineras se colocan ciertos objetos para prevenir que los espíritus malignos se cuelen por la chimenea. Estos objetos reciben el inequívoco nombre de espantabrujas.
   O sea que la gente de estas tierras creía -tal vez sigue creyendo- en brujas, conjuros y exorcismos. Las brujas han sido rehabilitadas y reivindicadas: eran las malas de los cuentos infantiles pero ahora las vemos como mujeres sabias que conocían el poder medicinal de las hierbas. ¿Eran mujeres sabias que se resistían al adoctrinamiento religioso o eran mujeres malignas que practicaban la magia negra? Por si acaso, los habitantes de estas regiones protegían la entrada de sus casas -puertas, ventanas y chamineras- de los malos espíritus.

Chaminera en Guaso


   Durante nuestra tercera excursión, por lo menos pudimos dar un paseo. Quince años atrás, Rosie y yo habíamos hecho una intensa excursión por el valle de Pineta, a los pies de una impresionante mole montañosa de 3.300 metros de altura que tiene el inquietante nombre de Monte Perdido. Era en pleno verano y los alrededores del parador de Bielsa estaban bastante concurridos. Aquel día, en cambio, apenas había dos o tres automóviles en la zona de aparcamiento. Lo cual ya supuso un cierto alivio porque en estos parajes tan impresionantes uno se siente absolutamente minúsculo y vulnerable.
   No quisimos arriesgarnos a repetir aquella excursión y nos limitamos a dar un paseo hasta la cascada de La Larri. ¿Un topónimo vasco? Atravesamos lechos pedregosos y trepamos hasta el mirador de la cascada. Si de pronto bajase una avalancha de agua, ninguno de los cuatro nos salvaríamos. Ni tampoco las dos familias francesas con niños pequeños que siguieron trepando hacia arriba, ni la pareja de sesentones aragoneses que nos preguntaron algo que no supimos responder. Bajaba muy poca agua por el lecho del río pero era extraordinariamente cristalina.
   Un rótulo advierte de que es obligatorio llevar a los perros sujetos con correa. En la parte francesa, no está permitido llevar perros, ni siquiera con correa. Me quedé un buen rato meditando en esta cuestión. Más bien parecía un lugar idóneo para pasear con un perro suelto. Pero, ¿quién sabe?, los ladridos de un perro pueden convocar a otros animales...
   Estábamos a unos veinte kilómetros de la frontera francesa y no resistimos la tentación de acercarnos a pisar territorio francés. Quince años atrás, Rosie y yo hicimos lo mismo y vimos un paisaje muy bonito de colinas verdes; llegamos hasta Saint Lairy-Soulan, la primera población que uno encuentra al salir del túnel por la parte francesa, y nos gustaron sus casas con jardines llenos de flores. Pero, en esta ocasión, nos detuvimos justo al salir del túnel porque se nos había hecho tarde. La panorámica era impresionante, a pesar de que en las montañas no había ni vegetación ni apenas nieve. Me pregunté por qué nos fascina tanto cruzar esa frontera imaginaria.

Valle de Pineta

   La cuarta y última de las excursiones era la propuesta número 17 del folleto. Me pareció una de las más accesibles para cuatro personas entre los sesenta y sesenta y cinco años que no están acostumbradas a caminar por la montaña. Era una ruta circular de una hora, que nacía y regresaba a Tella, con un desnivel máximo de 70 metros; según el folleto, ideal para una familia con niños. Además, en la población de Tella se podían visitar la Casa de la Bruja y el Museo del Oso -en el improbable supuesto de que estuviesen abiertos al público un día de entre semana, fuera de temporada-. E incluso se podía concertar una visita a la Cueva del Oso llamando a un número de teléfono móvil. No negaré que esto me suscitó un montón de chistes fáciles.
   Un simple vistazo al mapa y la experiencia de otros viajes fueron suficientes para imaginar con bastante precisión el tipo de carretera que había de conducirnos hasta la población de Tella: estrecha, antigua, llena de curvas, serpenteando por la ladera de montañas aparentemente deshabitadas, con curvas que parecen abocarte al vacío... Por suerte, a Rosie no le abruma demasiado conducir por esta clase de carreteras; más bien le evoca los tiempos de su niñez. En aquellos años, se tardaba no menos de seis horas en llegar desde Barcelona hasta estos pueblos de los Pirineos.
   Yo sufría lo mío en el asiento del copiloto, casi arrepintiéndome de haber sugerido aquella ruta; y, al mismo tiempo, impresionado porque las lomas cubiertas de vegetación iban quedando por debajo de nosotros y parecíamos acercarnos a los picos más altos y soberbios, levemente cubiertos de nieve. Desde la A-138 hasta Tella solo hay unos once kilómetros pero cambiábamos de una vertiente a otra de la montaña de un modo aparentemente absurdo y desesperante, y sin encontrar rastros de vida humana. Yo ya empezaba a evaluar la idea de dar la vuelta, nos estábamos adentrando en parajes muy deshabitados y nunca sabes qué puedes encontrarte, qué te puede pasar. Pero entonces divisamos una pequeña construcción humana. No habíamos llegado a Tella sino a una fuente con un panel informativo. El dolmen estaba allí mismo, a unos cien o doscientos metros de la carretera.
   Un caminito de tierra conduce hasta el dolmen. Al verlo de cerca, me pareció distinto de los otros monumentos similares que he visto en otras partes. Más que una mesa, parecía una cabina. Y, claro está, no pude dejar de pensar en la serie que hemos estado viendo Rosie y yo últimamente, en la que una enfermera inglesa es transportada desde 1945 hasta 1745 al entrar en contacto con cierto monumento de piedra en el norte de Escocia... La serie no me gusta tanto por lo que es sino por lo que podría ser, pero este es otro asunto.
   Los dólmenes eran lugares donde se enterraba a los muertos aunque tal vez tuviesen otros usos o funciones que desconocemos. Este dolmen se encuentra justo frente a una mole imponente, y esa ubicación casi parece sugerir que era algo más que una mera tumba. A mí, desde luego, contagiado de la atmósfera de la serie, el dolmen me pareció exactamente una cabina transdimensional, un agujero en el tiempo, una puerta mágica. En todo caso, qué rara confortación sería enterrar a tus seres queridos a la vista de esa mole imponente. En lugares muy parecidos y próximos se levantaron ermitas cristianas.
Me acerqué hasta el dolmen con un respeto reverencial y toqué la piedra que, hace unos cuatro mil años, hombres reales colocaron sobre el resto de la modesta construcción para techar la tumba de sus muertos. ¿O no es la misma piedra? No hay ninguna clase de vigilancia alrededor de este milenario monumento. Hace cuatro mil años no existía el cristianismo pero ya había homo sapiens enterrando a sus muertos en los alrededores de Tella.

   Un kilómetro después, llegamos a Tella. En realidad, llegamos a un llano donde se asienta una vieja pero estilizada iglesia; las casas del pueblo se encuentran un poco más allá. Dimos con el punto donde arrancaba la ruta de las tres ermitas y, sin más, nos pusimos en marcha. Hacía un día espléndido; en pleno mes de febrero, se había abierto un hueco para unos días de sol y temperaturas primaverales.
   Nos pusimos en marcha como si estuviésemos haciendo una excursión por la montaña de Sant Llorenç, pero que yo no podía dejar de pensar en la posibilidad -remota o no- de topar con un oso. Parecía un temor ridículo pero ¿por qué había una cueva del oso y un museo del oso, si no había osos en la región? Por otro lado, los telenoticias cuentan periódicamente que uno de esos osos devueltos a la vida salvaje ha matado un montón de ovejas. El asunto genera polémicas acaloradas: ¿es una buena idea reintroducir osos salvajes en el Pirineo? Para los ganaderos de la zona, desde luego que no.
   ¿Era probable tener un encuentro con un oso? En realidad, los osos del Museo y de la Cueva vivieron hace más de cuarenta mil años. No eran osos pardos sino osos de las cavernas, una especie ya extinguida. Topar con un oso pardo sería aterrador pero encontrar un oso cavernario vivo aún sería más espeluznante. Aunque quizá no fuesen tan peligrosos como los osos pardos. Leo que tenían unos molares muy grandes, lo que podría sugerir que seguían una dieta sobre todo hervíbora. También leo que los humanos contemporáneos de los osos cavernarios competían con ellos por las cuevas y las cavernas. A los osos cavernarios no les fue demasiado bien. Ni siquiera llegaron a figurar en las pinturas rupestres, lo que podría significar que, o bien tuvieron poco contacto con sapiens pintores de cuevas, o bien estos no les consideraban un animal especialmente sobresaliente. Además de los propios humanos, los leones y las hienas de las cavernas también eran depredadores de osos cavernarios. Un macho de quinientos kilos hibernando en una cueva, ¡menudo festín para un grupo de hienas!
   Así pues, ¿era probable que topásemos con un oso pardo vivo? ¡No, claro! Si hubiese alguna posibilidad, el folleto lo advertiría. "No es descartable que se encuentre usted con un oso, así que añada un arma y munición a su equipaje". En la primera página del folleto venía el decálogo del excursionista -buen calzado, agua, teléfono móvil cargado, respeto por la Naturaleza...- pero no decía nada de osos. Tampoco explicaba que un oso liberado en los bosques de Liaño (León) se movió por un territorio de 2.447 km2 a lo largo de cuatro años. Por comparar, el municipio de Tella-Sin, que comprende diversos términos o poblaciones desde la carretera principal hasta el interior de la montaña, tiene una extensión de 90 km2. Los osos macho escandinavos se ven obligados a cubrir territorios aún mayores en busca de alimento.
   Entretenido en estos intranquilizadoras reflexiones, llegué casi sin darme cuenta al espectacular Puntón de las Brujas: una enorme e inconfundible roca, que emerge de la montaña como una gran verruga. A los pies de la roca, se encuentra la pequeña ermita de San Juan y San Pablo, levantada en el siglo XI, ¡hace más de mil años! Traté de imaginar la cantidad de personas que alguna vez recorrieron este camino. Es una ermita muy pequeña, de planta rectangular, con un ábside. La puerta se podía abrir. En el interior no hay nada valioso pero es muy acogedor.
   La fotografía del Puntón del folleto fue tomada en un día gris y nublado pero nosotros vimos el Puntón en todo su esplendor, rodeado de magníficas cumbres, bajo un cielo de un azul limpio, nítido. Es un lugar fascinante, te quedarías mirándolo durante horas, como si esa roca tan excepcional hubiese sido puesta allí por algún motivo que uno necesita descifrar.

El Puntón de las Brujas y la ermita











Otra perspectiva del Puntón


















   Continuamos la ruta viendo el valle por donde discurre el río a nuestros pies. Tardamos muy poco en alcanzar las otras dos ermitas. La ermita de la Virgen de Fajanillas o Faixaniellas es del siglo XVI. Tiene una torre y es más grande que la anterior. Desde allí ya se vuelve a ver la población de Tella.
   Al otro lado del camino, se eleva una pequeña loma en cuya cima se encuentra la ermita de la Virgen de la Peña. No estábamos muy seguros de que fuese la tercera ermita porque no tenía torre y más bien parecía una casa particular. Pero trepamos hasta allí y constatamos que era una ermita del siglo XIII. Prácticamente no había nada en su interior. Sin darnos cuenta, habíamos alcanzado el punto más alto de nuestras excursiones. La panorámica -de 360 grados, según el folleto- era tan impresionante que me vino vértigo. Estábamos a unos 1400 metros de altura, rodeados por todas partes de cumbres imponentes, sobrecogedoras, majestuosas. Desde allí se veía el Puntón de las Brujas en una perspectiva si cabe aún más espectacular pues se aprecian las auténticas dimensiones de la verruga rocosa. También se veían la iglesia de Tella y las pocas casas de la población, cual minúsculas manifestaciones humanas en mitad de un paisaje de cumbres y cimas montañosas.
    Nos plantamos de vuelta en Tella en un breve paseo. Al llegar, vimos una fuente de agua y mientras nos preguntábamos si sería potable -¿tan potable como el agua clorificada que sale de nuestros grifos domésticos?- apareció una mujer de mediana edad, ojos azules, con un delantal de hacer faenas. Llevaba un cubo de fregar, una fregona y una botella de agua vacía. Se mostró muy natural. Nos informó que el agua era potable, ella venía cada día a llenar su botella. Charlamos durante unos minutos. ¿Cómo ha de ser vivir en un lugar así? A media hora de la carretera principal..., ¿cómo será cuando la carretera queda cubierta de nieve? Y ¿cuánta gente vive aquí?
   - Tres familias, nueve personas en total. A los niños que están en edad escolar, los viene a recoger una furgoneta y los lleva a la escuela de Bielsa -nos explicó.
¡Y qué frío ha de hacer en pleno invierno! Por un momento, pudimos imaginarnos a nosotros mismos a los diez o doce años, despertando en una oscura y gélida mañana de invierno, haciendo acopio de voluntad para superar el sueño y el frío y saltar fuera de la cama...
   Y, sobre todo, qué sensación de soledad. La densidad de población de Tella-Sin no llega a los 4 habitantes por km2. En Barcelona, en ese mismo espacio se apretujan unas 16.000 personas. Si sales a la calle, te cruzas con cientos de personas a las que no conoces de nada, en las que no puedes fijarte, con las que posiblemente no volverás a coincidir en la vida -y, si lo haces, no lo sabrás-. Pero, aun así, tienes que guardar una cierta compostura ante todas ellas: no debes ir sucio, desnudo, borracho...
Nos despedimos de la amable mujer y recorrimos la que podría considerarse única calle del pueblo. Allí vimos la Casa de la Bruja, cerrada por fuera de temporada. Tella no parece un lugar al que lleguen fácilmente muchos turistas. Me habría gustado visitar la Casa, ver en qué consiste, descubrir las recetas de sus pócimas, saber por qué le llaman así.
   Poco después de despedirnos de la mujer, nos encontramos con otro presunto habitante de Tella. Pensé que sería un ganadero de la zona, ¿qué otra cosa podría hacer allí? Pero el hombre, a diferencia de la mujer, nos miró desde el primer momento de un modo particularmente receloso. Le preguntamos -medio en serio, medio en broma- si había osos por la zona. Dijo que era posible topar con un oso vivo porque, ya se sabe, se han liberado unos cuantos ejemplares y los osos deambulan en busca de comida y no se atienen a fronteras administrativas. Nos contó que "el oso catalán" había atacado el ganado de su hermano. El matiz nos puso a todos en alerta.
   - ¡Ah!, ¿el oso habla catalán? -dije, tratando de quitar hierro al asunto con un poco de buen humor.
   Rosie le replicó que los primeros osos devueltos a la montaña fueron liberados en Asturias. Bueno, si el oso liberado en los bosques de León abarcó un territorio de 2.300 km2, un oso liberado en el Pirinero de Lleida podría perfectamente ignorar las fronteras geográfico-administrativas de las comunidades autónomas y darse un garbeo alimenticio por los bosques y los valles del Pirinero de Huesca.
   En todo caso, parecía inútil entrar en un debate acerca de pros y contras. Y, aunque solo fuese por solidaridad compasiva con su hermano ganadero, le dimos la razón en todo. Pero entonces, como quien no dice nada, el hombre soltó:
   - El día que un oso mate a tres o cuatro personas, entonces sí se lo tomarán en serio...
    Nosotros éramos cuatro, exactamente, cuatro mamíferos humanos bien alimentados que se habían atrevido a pasearse por allí mirándolo todo, tocándolo todo, opinando sobre todo. La mera idea de que tal vez a aquel hombre le habría complacido que un oso pardo vivo topase con nosotros y se montase un gran escándalo que quizá terminaría con el programa de reinserción de osos salvajes en los Pirineros me llevó a dar la conversación por terminada.
   Fue una lástima que el hombre no se identificase como catedrático de Paleontología de la facultad de Zaragoza e investigador. José Ignacio Canudo Sanagustín no solo ha investigado los restos de huesos de los osos cavernarios de la Cueva de Tella sino también fósiles mucho más antiguos. Es corresponsable del descubrimiento de nuevas especies de dinosaurios, como el enorme Europatian Eastwoodi, un saurópodo que hace unos 125 millones de años meneaba sus once metros de longitud por las entonces acuáticas tierras de Burgos. También trabaja en un proyecto coordinado con paleontólogos de la Patagonia porque hubo un tiempo remotísimo en el que solo había un continente en el planeta, así que los dinosaurios de Sudamérica eran primos hermanos de los dinosaurios euroasiáticos. En una entrevista reciente, Canudo declaraba que "la dimensión temporal que da la paleontología es importante para desarrollar la mente".
   O quizá no fuese él, sino su hermano gemelo. 
   Como siempre, el trayecto de vuelta hasta la A-138 resultó mucho más corto que a la ida.

Ermita de la Virgen de Fajanillas










Ermita de la Virgen de la Peña

Vista de Tella desde la tercera ermita














   Puesto que soy un fanático de los libros, quise curiosear en la sala que el hotel calificaba de biblioteca. Los sofás eran muy confortables, había buena luz, natural o artificial, para leer y casi siempre estaba vacía. En los anaqueles había muy pocos libros. La mayor parte era una colección de tomos sobre el propio hotel, un monasterio rehabilitado que aún conserva la iglesia. También encontré algunos libros previsibles sobre Aragón o la comarca del Sobrarbe, así como unos pocos en lenguas extranjeras. Y, en un rincón, algo que tal vez uno no esperaría encontrar en la escuálida biblioteca de un hotel de cinco estrellas: una entusiasta biografía de Mao Tse Tung, escrita en inglés. Como se explica en la introducción, Mao revolucionó su país y el mundo entero. Sea cual sea la simpatía o antipatía que uno sienta por él, es una de las más destacadas figuras históricas del siglo XX, una de las que han modelado el mundo en el que vivimos. Y yo prácticamente no sabía nada de él. Hoy, China es el país más poblado del mundo y pronto será el más rico.
   Se podría pensar que algún viajero de formación intelectual heterodoxa se dejó el libro olvidado en la habitación... pero resulta que había dos ejemplares del libro en la biblioteca. Las rarezas no acababan aquí porque en la breve bibliografía que se citaba, la mayoría eran textos publicados en español por editoriales españolas o incluso catalanas. Entonces me di cuenta de que los tres autores tenían nombres españoles: Manuel Giménez, Manuel Mas, Miguel Giménez.
  Claro está, también hicimos una visita a Aínsa. Desde el siglo XII, la población fue ganando en importancia estratégica a la vecina Boltaña. Fue donde Rosie y yo nos hospedamos quince años atrás. No despertó en mí excesivos recuerdos, quizá porque visitamos la población en sentido inverso al de aquella vez. Atravesamos el pintoresco pueblo en busca de una perspectiva que nos permitiese ver donde confluyen el río Ara y el Cinca. Y así llegamos hasta el Portal de Abajo. Por el Ara apenas corría agua; por el Cinca, el caudal de la corriente tampoco era mucho mayor. La confluencia parecía más bien un arenal.
   En el Portal, encontré un panel que hablaba de las comunidades hebreas que habían vivido en la comarca durante la Edad Media. Hubo una pequeña comunidad en Aínsa y otras más grandes en el resto de la comarca. Como más o menos sabemos, los judíos fueron expulsados del país en 1492, tras años de persecuciones y crímenes. Casi quinientos años después, algunos sefardíes con antepasados procedentes del Sobrarbe vinieron como voluntarios a defender la República del levantamiento militar. Según el panel, "el trágico reencuentro entre sobrarbeses y judíos sefardíes con antepasados de Sobrarbe se produjo, seguramente sin esperarlo, en los campos de exterminio nazi".