OSOS
Y BRUJAS
El
hotel en el que nos alojábamos estaba muy cerca de la población de
Boltaña. Este nombre me sonó a nuevo, aunque sin duda atravesé la
población dos veces hace unos quince años cuando fui a visitar el
parque nacional de Ordesa con Rosie. Para mí fue uno más entre las
decenas de pueblos desconocidos que atravesamos en aquel viaje. Y, no
obstante, Boltaña existe desde hace más de dos mil años. Fue
capital de una región conocida como la Boletania, en la época en la
que los romanos llegaron a la península. Ahora bien, el castillo que
aún se yergue en estado ruinoso sobre un pequeño montículo fue
levantado por los sarracenos para prevenir incursiones cristianas a
través del río Ara. Nunca sabes donde acabas aprendiendo la
auténtica historia de la tierra que pisas. Somos una mezcla de
mezcla de mezclas. Luego, distintos jefes y reyes cristianos acabaron
conquistando este castillo y otros más al sur. En el extremo
occidental de la cordillera aún se habla el vasco, la lengua más
rara de Europa; en el otro extremo, se hablan el catalán y el
aranés. Entre medio, el castellano y otros dialectos. Diríase que
los habitantes de los valles pirenaicos se parecen más entre sí que
un catalán del valle de Bohí a un catalán del Maresme. Estas
estribaciones pirenaicas fueron las primeras conquistas de los
cristianos a los moros; en Lleida, en cambio, los moros estuvieron
instalados durante más siglos y sembraron su geografía de topónimos
de raíz árabe. Nosotros acabaríamos nuestro viaje en la población
de Alquézar, el topónimo árabe por excelencia porque proviene de
"al-qsar", que en árabe significa castillo. Y, en efecto,
la mayor atracción de la población son los restos de un "al-qsar"
inverosímilmente construído sobre un barranco por los moros que
ocupaban estas tierras en el siglo IX. Y si esta comarca está llena
de referencias histórico-geográficas del paso de los sarracenos,
¿qué decir del litoral mediterráneo y de Andalucía, donde
permanecieron muchos más siglos?
La
chica de la recepción nos proporcionó un mapa, un folleto con
diversas rutas para hacer excursiones y algunas sugerencias; entre
otras, una visita al esconjuradero de Guaso.
-
¿Es... con... qué?
Tardé
varios días en poder pronunciar este hexasílabo de forma correcta y
fluída. La clave está en descomponerlo: proviene de esconjuro,
"exorcismo contra los males espíritus". Los esconjuraderos
(se propone comunidors como una posible traducción al catalán) son
lugares donde la gente acudía a conjurar tormentas, tronadas y
pedregadas para proteger sus cosechas. Creían que el ritual podía
influir en las condiciones atmósfericas. Al parecer, no era una
creencia cristiana sino una costumbre pagana que acabó
cristianizándose. Bueno, eso de rogar a la Naturaleza no liga bien
con la fe católica. A mí me recuerda a las películas del Lejano
Oeste en las que los indios trataban de convocar la lluvia tocando el
tambor o danzando frenéticamente alrededor de una hoguera. No me
cuesta concebir la idea de que un campesino desesperado recurra a
toda clase de sortilegios para implorar piedad a la Naturaleza.
Así
que aquel mismo día nos acercamos hasta la población de Guaso,
cuyos habitantes reciben el simpático nombre de guasones. El
esconjuradero es una construcción muy sencilla y de poca altura, cuadrangular, con los cuatro
costados abiertos y sin signos religiosos visibles. Está situado en
lo alto de una loma y desde allí se contempla una magnífica
panorámica del valle y de las imponentes montañas que se levantan
al otro lado del río Ara. La iglesia también me gustó. Llegamos
hasta allí atravesando a pie el pueblo y luego un tramo de carretera
entre campos de olivos, en cuyos troncos retorcidos se adivinan
multitud de rostros y figuras.
Junto
a la carretera vimos una granja con una o dos docenas de vacas y
terneros, mansamente sentadas o de pie, caprichosamente distribuídas
por el amplio cercado, algunas mirándonos con paciencia infinita y
búdica ecuanimidad. También nos cruzamos con un auténtico rebaño
de auténticas ovejas, eso que los urbanitas sabemos que existe en
algún lugar del mundo pero que nunca llegamos a ver en vivo y en
directo, salvo que nos dé la extemporánea ocurrencia de pasar unos
días en una comarca como el Sobrarbe. Mi hermano calculó que habría
unas cien... ¡y estuvo a punto de quedarse dormido!
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| Esconjuradero de Guaso |
Nuestra
segunda excursión no resultó muy exitosa. Rosie quería volver a
caminar por el parque de Ordesa pero, cuando llegamos allí,
encontramos lo que habíamos echado en falta, razonablemente, en el
paisaje: nieve. Era imposible tratar de caminar por allí sin
romperse la crisma con el calzado que llevábamos. O sea que tuvimos
que dar la vuelta y conformarnos con dar un paseo por la población
de Torla. Allí pudimos constatar que las chimeneas de las casas
tenían la forma tradicional de esta región: no son cilíndricas
sino redondeadas. Se llaman chamineras, otra nueva palabra para mi
diccionario personal. En la mayoría de estas chamineras se colocan
ciertos objetos para prevenir que los espíritus malignos se cuelen
por la chimenea. Estos objetos reciben el inequívoco nombre de
espantabrujas.
O
sea que la gente de estas tierras creía -tal vez sigue creyendo- en
brujas, conjuros y exorcismos. Las brujas han sido rehabilitadas y
reivindicadas: eran las malas de los cuentos infantiles pero ahora
las vemos como mujeres sabias que conocían el poder medicinal de las
hierbas. ¿Eran mujeres sabias que se resistían al adoctrinamiento
religioso o eran mujeres malignas que practicaban la magia negra? Por
si acaso, los habitantes de estas regiones protegían la entrada de
sus casas -puertas, ventanas y chamineras- de los malos espíritus.
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| Chaminera en Guaso |
Durante
nuestra tercera excursión, por lo menos pudimos dar un paseo. Quince
años atrás, Rosie y yo habíamos hecho una intensa excursión por
el valle de Pineta, a los pies de una impresionante mole montañosa
de 3.300 metros de altura que tiene el inquietante nombre de Monte
Perdido. Era en pleno verano y los alrededores del parador de Bielsa
estaban bastante concurridos. Aquel día, en cambio, apenas había
dos o tres automóviles en la zona de aparcamiento. Lo cual ya supuso
un cierto alivio porque en estos parajes tan impresionantes uno se
siente absolutamente minúsculo y vulnerable.
No
quisimos arriesgarnos a repetir aquella excursión y nos limitamos a
dar un paseo hasta la cascada de La Larri. ¿Un topónimo vasco?
Atravesamos lechos pedregosos y trepamos hasta el mirador de la
cascada. Si de pronto bajase una avalancha de agua, ninguno de los
cuatro nos salvaríamos. Ni tampoco las dos familias francesas con
niños pequeños que siguieron trepando hacia arriba, ni la pareja de
sesentones aragoneses que nos preguntaron algo que no supimos
responder. Bajaba muy poca agua por el lecho del río pero era
extraordinariamente cristalina.
Un
rótulo advierte de que es obligatorio llevar a los perros sujetos
con correa. En la parte francesa, no está permitido llevar perros,
ni siquiera con correa. Me quedé un buen rato meditando en esta
cuestión. Más bien parecía un lugar idóneo para pasear con un
perro suelto. Pero, ¿quién sabe?, los ladridos de un perro pueden
convocar a otros animales...
Estábamos
a unos veinte kilómetros de la frontera francesa y no resistimos la
tentación de acercarnos a pisar territorio francés. Quince años
atrás, Rosie y yo hicimos lo mismo y vimos un paisaje muy bonito de
colinas verdes; llegamos hasta Saint Lairy-Soulan, la primera
población que uno encuentra al salir del túnel por la parte
francesa, y nos gustaron sus casas con jardines llenos de flores.
Pero, en esta ocasión, nos detuvimos justo al salir del túnel
porque se nos había hecho tarde. La panorámica era impresionante, a
pesar de que en las montañas no había ni vegetación ni apenas
nieve. Me pregunté por qué nos fascina tanto cruzar esa frontera
imaginaria.
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| Valle de Pineta |
La
cuarta y última de las excursiones era la propuesta número 17 del
folleto. Me pareció una de las más accesibles para cuatro personas
entre los sesenta y sesenta y cinco años que no están acostumbradas
a caminar por la montaña. Era una ruta circular de una hora, que
nacía y regresaba a Tella, con un desnivel máximo de 70 metros;
según el folleto, ideal para una familia con niños. Además, en la
población de Tella se podían visitar la Casa de la Bruja y el Museo
del Oso -en el improbable supuesto de que estuviesen abiertos al
público un día de entre semana, fuera de temporada-. E incluso se
podía concertar una visita a la Cueva del Oso llamando a un número
de teléfono móvil. No negaré que esto me suscitó un montón de
chistes fáciles.
Un
simple vistazo al mapa y la experiencia de otros viajes fueron
suficientes para imaginar con bastante precisión el tipo de
carretera que había de conducirnos hasta la población de Tella:
estrecha, antigua, llena de curvas, serpenteando por la ladera de
montañas aparentemente deshabitadas, con curvas que parecen abocarte
al vacío... Por suerte, a Rosie no le abruma demasiado conducir por
esta clase de carreteras; más bien le evoca los tiempos de su niñez.
En aquellos años, se tardaba no menos de seis horas en llegar desde
Barcelona hasta estos pueblos de los Pirineos.
Yo
sufría lo mío en el asiento del copiloto, casi arrepintiéndome de
haber sugerido aquella ruta; y, al mismo tiempo, impresionado porque
las lomas cubiertas de vegetación iban quedando por debajo de
nosotros y parecíamos acercarnos a los picos más altos y soberbios,
levemente cubiertos de nieve. Desde la A-138 hasta Tella solo hay
unos once kilómetros pero cambiábamos de una vertiente a otra de la
montaña de un modo aparentemente absurdo y desesperante, y sin
encontrar rastros de vida humana. Yo ya empezaba a evaluar la idea de
dar la vuelta, nos estábamos adentrando en parajes muy deshabitados
y nunca sabes qué puedes encontrarte, qué te puede pasar. Pero
entonces divisamos una pequeña construcción humana. No habíamos
llegado a Tella sino a una fuente con un panel informativo. El dolmen
estaba allí mismo, a unos cien o doscientos metros de la carretera.
Un
caminito de tierra conduce hasta el dolmen. Al verlo de cerca, me
pareció distinto de los otros monumentos similares que he visto en
otras partes. Más que una mesa, parecía una cabina. Y, claro está,
no pude dejar de pensar en la serie que hemos estado viendo Rosie y
yo últimamente, en la que una enfermera inglesa es transportada
desde 1945 hasta 1745 al entrar en contacto con cierto monumento de
piedra en el norte de Escocia... La serie no me gusta tanto por lo
que es sino por lo que podría ser, pero este es otro asunto.
Los
dólmenes eran lugares donde se enterraba a los muertos aunque tal
vez tuviesen otros usos o funciones que desconocemos. Este dolmen se
encuentra justo frente a una mole imponente, y esa ubicación casi
parece sugerir que era algo más que una mera tumba. A mí, desde
luego, contagiado de la atmósfera de la serie, el dolmen me pareció
exactamente una cabina transdimensional, un agujero en el tiempo, una
puerta mágica. En todo caso, qué rara confortación sería enterrar
a tus seres queridos a la vista de esa mole imponente. En lugares muy
parecidos y próximos se levantaron ermitas cristianas.
Me
acerqué hasta el dolmen con un respeto reverencial y toqué la
piedra que, hace unos cuatro mil años, hombres reales colocaron
sobre el resto de la modesta construcción para techar la tumba de
sus muertos. ¿O no es la misma piedra? No hay ninguna clase de
vigilancia alrededor de este milenario monumento. Hace cuatro mil
años no existía el cristianismo pero ya había homo sapiens
enterrando a sus muertos en los alrededores de Tella.
Un
kilómetro después, llegamos a Tella. En realidad, llegamos a un
llano donde se asienta una vieja pero estilizada iglesia; las casas
del pueblo se encuentran un poco más allá. Dimos con el punto donde
arrancaba la ruta de las tres ermitas y, sin más, nos pusimos en
marcha. Hacía un día espléndido; en pleno mes de febrero, se había
abierto un hueco para unos días de sol y temperaturas primaverales.
Nos
pusimos en marcha como si estuviésemos haciendo una excursión por
la montaña de Sant Llorenç, pero que yo no podía dejar de pensar
en la posibilidad -remota o no- de topar con un oso. Parecía un
temor ridículo pero ¿por qué había una cueva del oso y un
museo del oso, si no había osos en la región? Por otro lado,
los telenoticias cuentan periódicamente que uno de esos osos
devueltos a la vida salvaje ha matado un montón de ovejas. El asunto
genera polémicas acaloradas: ¿es una buena idea reintroducir osos
salvajes en el Pirineo? Para los ganaderos de la zona, desde luego
que no.
¿Era
probable tener un encuentro con un oso? En realidad, los osos del
Museo y de la Cueva vivieron hace más de cuarenta mil años. No eran
osos pardos sino osos de las cavernas, una especie ya extinguida.
Topar con un oso pardo sería aterrador pero encontrar un oso
cavernario vivo aún sería más espeluznante. Aunque quizá no
fuesen tan peligrosos como los osos pardos. Leo que tenían unos
molares muy grandes, lo que podría sugerir que seguían una dieta
sobre todo hervíbora. También leo que los humanos contemporáneos
de los osos cavernarios competían con ellos por las cuevas y las
cavernas. A los osos cavernarios no les fue demasiado bien. Ni
siquiera llegaron a figurar en las pinturas rupestres, lo que podría
significar que, o bien tuvieron poco contacto con sapiens pintores de
cuevas, o bien estos no les consideraban un animal especialmente
sobresaliente. Además de los propios humanos, los leones y las
hienas de las cavernas también eran depredadores de osos
cavernarios. Un macho de quinientos kilos hibernando en una cueva,
¡menudo festín para un grupo de hienas!
Así
pues, ¿era probable que topásemos con un oso pardo vivo? ¡No,
claro! Si hubiese alguna posibilidad, el folleto lo advertiría. "No
es descartable que se encuentre usted con un oso, así que añada un
arma y munición a su equipaje". En la primera página del
folleto venía el decálogo del excursionista -buen calzado, agua,
teléfono móvil cargado, respeto por la Naturaleza...- pero no decía
nada de osos. Tampoco explicaba que un oso liberado en los bosques de
Liaño (León) se movió por un territorio de 2.447 km2 a lo largo de
cuatro años. Por comparar, el municipio de Tella-Sin, que comprende
diversos términos o poblaciones desde la carretera principal hasta
el interior de la montaña, tiene una extensión de 90 km2. Los osos
macho escandinavos se ven obligados a cubrir territorios aún mayores
en busca de alimento.
Entretenido
en estos intranquilizadoras reflexiones, llegué casi sin darme
cuenta al espectacular Puntón de las Brujas: una enorme e
inconfundible roca, que emerge de la montaña como una gran verruga.
A los pies de la roca, se encuentra la pequeña ermita de San Juan y
San Pablo, levantada en el siglo XI, ¡hace más de mil años! Traté
de imaginar la cantidad de personas que alguna vez recorrieron este
camino. Es una ermita muy pequeña, de planta rectangular, con un
ábside. La puerta se podía abrir. En el interior no hay nada
valioso pero es muy acogedor.
La
fotografía del Puntón del folleto fue tomada en un día gris y
nublado pero nosotros vimos el Puntón en todo su esplendor, rodeado
de magníficas cumbres, bajo un cielo de un azul limpio, nítido. Es
un lugar fascinante, te quedarías mirándolo durante horas, como si
esa roca tan excepcional hubiese sido puesta allí por algún motivo
que uno necesita descifrar.
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| El Puntón de las Brujas y la ermita |
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| Otra perspectiva del Puntón |
Continuamos
la ruta viendo el valle por donde discurre el río a
nuestros pies. Tardamos muy poco en alcanzar las otras dos ermitas.
La ermita de la Virgen de Fajanillas o Faixaniellas es del siglo XVI.
Tiene una torre y es más grande que la anterior. Desde allí ya se
vuelve a ver la población de Tella.
Al
otro lado del camino, se eleva una pequeña loma en cuya cima se
encuentra la ermita de la Virgen de la Peña. No estábamos muy
seguros de que fuese la tercera ermita porque no tenía torre y más
bien parecía una casa particular. Pero trepamos hasta allí y
constatamos que era una ermita del siglo XIII. Prácticamente no
había nada en su interior. Sin darnos cuenta, habíamos alcanzado el
punto más alto de nuestras excursiones. La panorámica -de 360
grados, según el folleto- era tan impresionante que me vino vértigo.
Estábamos a unos 1400 metros de altura, rodeados por todas partes de
cumbres imponentes, sobrecogedoras, majestuosas. Desde allí se veía
el Puntón de las Brujas en una perspectiva si cabe aún más
espectacular pues se aprecian las auténticas dimensiones de la
verruga rocosa. También se veían la iglesia de Tella y las pocas
casas de la población, cual minúsculas manifestaciones humanas en
mitad de un paisaje de cumbres y cimas montañosas.
Nos
plantamos de vuelta en Tella en un breve paseo. Al llegar, vimos una
fuente de agua y mientras nos preguntábamos si sería potable -¿tan
potable como el agua clorificada que sale de nuestros grifos
domésticos?- apareció una mujer de mediana edad, ojos azules, con
un delantal de hacer faenas. Llevaba un cubo de fregar, una fregona y
una botella de agua vacía. Se mostró muy natural. Nos informó que
el agua era potable, ella venía cada día a llenar su botella.
Charlamos durante unos minutos. ¿Cómo ha de ser vivir en un lugar
así? A media hora de la carretera principal..., ¿cómo será cuando
la carretera queda cubierta de nieve? Y ¿cuánta gente vive aquí?
-
Tres familias, nueve personas en total. A los niños que están en
edad escolar, los viene a recoger una furgoneta y los lleva a la
escuela de Bielsa -nos explicó.
¡Y
qué frío ha de hacer en pleno invierno! Por un momento, pudimos
imaginarnos a nosotros mismos a los diez o doce años, despertando en
una oscura y gélida mañana de invierno, haciendo acopio de voluntad
para superar el sueño y el frío y saltar fuera de la cama...
Y,
sobre todo, qué sensación de soledad. La densidad de población de
Tella-Sin no llega a los 4 habitantes por km2. En Barcelona, en ese
mismo espacio se apretujan unas 16.000 personas. Si sales a la calle,
te cruzas con cientos de personas a las que no conoces de nada, en
las que no puedes fijarte, con las que posiblemente no volverás a
coincidir en la vida -y, si lo haces, no lo sabrás-. Pero, aun así,
tienes que guardar una cierta compostura ante todas ellas: no debes
ir sucio, desnudo, borracho...
Nos
despedimos de la amable mujer y recorrimos la que podría
considerarse única calle del pueblo. Allí vimos la Casa de la
Bruja, cerrada por fuera de temporada. Tella no parece un lugar al
que lleguen fácilmente muchos turistas. Me habría gustado visitar
la Casa, ver en qué consiste, descubrir las recetas de sus pócimas,
saber por qué le llaman así.
Poco
después de despedirnos de la mujer, nos encontramos con otro
presunto habitante de Tella. Pensé que sería un ganadero de la
zona, ¿qué otra cosa podría hacer allí? Pero el hombre, a
diferencia de la mujer, nos miró desde el primer momento de un modo
particularmente receloso. Le preguntamos -medio en serio, medio en
broma- si había osos por la zona. Dijo que era posible topar con un
oso vivo porque, ya se sabe, se han liberado unos cuantos ejemplares
y los osos deambulan en busca de comida y no se atienen a fronteras
administrativas. Nos contó que "el oso catalán" había
atacado el ganado de su hermano. El matiz nos puso a todos en alerta.
-
¡Ah!, ¿el oso habla catalán? -dije, tratando de quitar hierro al
asunto con un poco de buen humor.
Rosie
le replicó que los primeros osos devueltos a la montaña fueron
liberados en Asturias. Bueno, si el oso liberado en los bosques de
León abarcó un territorio de 2.300 km2, un oso liberado en el
Pirinero de Lleida podría perfectamente ignorar las fronteras
geográfico-administrativas de las comunidades autónomas y darse un
garbeo alimenticio por los bosques y los valles del Pirinero de
Huesca.
En
todo caso, parecía inútil entrar en un debate acerca de pros y
contras. Y, aunque solo fuese por solidaridad compasiva con su
hermano ganadero, le dimos la razón en todo. Pero entonces, como
quien no dice nada, el hombre soltó:
-
El día que un oso mate a tres o cuatro personas, entonces sí se lo
tomarán en serio...
Nosotros
éramos cuatro, exactamente, cuatro mamíferos humanos bien
alimentados que se habían atrevido a pasearse por allí mirándolo
todo, tocándolo todo, opinando sobre todo. La mera idea de que tal
vez a aquel hombre le habría complacido que un oso pardo vivo topase
con nosotros y se montase un gran escándalo que quizá terminaría
con el programa de reinserción de osos salvajes en los Pirineros me
llevó a dar la conversación por terminada.
Fue
una lástima que el hombre no se identificase como catedrático de
Paleontología de la facultad de Zaragoza e investigador. José
Ignacio Canudo Sanagustín no solo ha investigado los restos de
huesos de los osos cavernarios de la Cueva de Tella sino también
fósiles mucho más antiguos. Es corresponsable del descubrimiento de
nuevas especies de dinosaurios, como el enorme Europatian Eastwoodi,
un saurópodo que hace unos 125 millones de años meneaba sus once
metros de longitud por las entonces acuáticas tierras de Burgos.
También trabaja en un proyecto coordinado con paleontólogos de la
Patagonia porque hubo un tiempo remotísimo en el que solo había un
continente en el planeta, así que los dinosaurios de Sudamérica
eran primos hermanos de los dinosaurios euroasiáticos. En una
entrevista reciente, Canudo declaraba que "la dimensión
temporal que da la paleontología es importante para desarrollar la
mente".
O quizá no fuese él, sino su hermano gemelo.
O quizá no fuese él, sino su hermano gemelo.
Como
siempre, el trayecto de vuelta hasta la A-138 resultó mucho más
corto que a la ida.
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| Ermita de la Virgen de Fajanillas |
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| Ermita de la Virgen de la Peña |
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| Vista de Tella desde la tercera ermita |
Puesto
que soy un fanático de los libros, quise curiosear en la sala que el hotel calificaba de biblioteca. Los sofás eran muy
confortables, había buena luz, natural o artificial, para leer y casi
siempre estaba vacía. En los anaqueles había muy
pocos libros. La mayor parte era una colección de tomos sobre el
propio hotel, un monasterio rehabilitado que aún conserva la
iglesia. También encontré algunos libros previsibles sobre Aragón
o la comarca del Sobrarbe, así como unos pocos en lenguas
extranjeras. Y, en un rincón, algo que tal vez uno no esperaría
encontrar en la escuálida biblioteca de un hotel de cinco estrellas:
una entusiasta biografía de Mao Tse Tung, escrita en inglés. Como
se explica en la introducción, Mao revolucionó su país y el mundo
entero. Sea cual sea la simpatía o antipatía que uno sienta por él, es una de las más destacadas figuras históricas del siglo XX,
una de las que han modelado el mundo en el que vivimos. Y yo
prácticamente no sabía nada de él. Hoy, China es el país más
poblado del mundo y pronto será el más rico.
Se
podría pensar que algún viajero de formación intelectual heterodoxa se dejó el libro olvidado en la habitación... pero resulta que
había dos ejemplares del libro en la biblioteca. Las rarezas no
acababan aquí porque en la breve bibliografía que se citaba, la
mayoría eran textos publicados en español por editoriales
españolas o incluso catalanas. Entonces me di cuenta de que los tres autores
tenían nombres españoles: Manuel Giménez, Manuel Mas, Miguel
Giménez.
Claro
está, también hicimos una visita a Aínsa. Desde el siglo XII, la
población fue ganando en importancia estratégica a la vecina
Boltaña. Fue donde Rosie y yo nos hospedamos quince años atrás. No
despertó en mí excesivos recuerdos, quizá porque visitamos la
población en sentido inverso al de aquella vez. Atravesamos el
pintoresco pueblo en busca de una perspectiva que nos permitiese ver
donde confluyen el río Ara y el Cinca. Y así llegamos hasta el
Portal de Abajo. Por el Ara apenas corría agua; por el Cinca, el
caudal de la corriente tampoco era mucho mayor. La confluencia
parecía más bien un arenal.
En
el Portal, encontré un panel que hablaba de las comunidades hebreas
que habían vivido en la comarca durante la Edad Media. Hubo una
pequeña comunidad en Aínsa y otras más grandes en el resto de la
comarca. Como más o menos sabemos, los judíos fueron expulsados del
país en 1492, tras años de persecuciones y crímenes. Casi
quinientos años después, algunos sefardíes con antepasados
procedentes del Sobrarbe vinieron como voluntarios a defender la
República del levantamiento militar. Según el panel, "el
trágico reencuentro entre sobrarbeses y judíos sefardíes con
antepasados de Sobrarbe se produjo, seguramente sin esperarlo, en los
campos de exterminio nazi".










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