viernes, 24 de agosto de 2018

Confesiones de un excéntrico sin olfato






Aquel día, viajábamos en el coche mis dos hermanas y yo, una monja -encargada de llevarnos de vuelta a casa sanos y salvos-, una o dos niñas más del colegio y el chófer -seguramente, un empleado del negocio de mi tío y padrastro-. Atravesábamos la ciudad de punta a punta, desde la parte alta de Barcelona hasta las entrañas del Casc Antic, tocando a las Ramblas. Recuerdo aquellos trayectos como uno de los momentos agradables del día; terminada la jornada escolar, en una atmósfera más familiar que colegial, pasábamos unos veinte o treinta minutos circulando entre el intenso tráfico de Barcelona y yo me quedaba embobado mirando por la ventanilla del coche...
Pero aquel día, de repente, la monja exclamó "¡¿quién ha sido?!". Y acto seguido, nos hizo bajar todas las ventanillas del coche, a pesar de que era invierno y entraba un aire helado. Yo permanecí unos instantes sin comprender la situación. Miré a mi hermana mayor y me toqué la nariz; ella entendió la pregunta y asintió silenciosamente con la cabeza. O sea, concluí, el problema era que hacía peste.
La monja nos interrogó uno por uno pero todos nos declaramos inocentes. Cuando me llegó el turno, preferí no decir que se me habían escapado uno o dos peditos para no atraer la ira de la monja hacia mí. Después de todo, si ese era el problema, la peste se esfumaría en cuanto hubiésemos recorrido un par o tres de manzanas del Ensanche, calculé. Pero la monja mantuvo las ventanillas bajadas hasta el final del recorrido.
Al llegar a casa, se descubrió el pastel: no habían sido uno o dos peditos inofensivos sino un episodio de descomposición en toda regla, como Dios manda. La chica de servicio me metió en la bañera ipso facto y me restregó hasta el último poro de la piel.
Sentí mucha vergüenza porque yo no estaba acostumbrado a hacerme las cosas encima. Bueno, ni siquiera estuve enfermo, no fue una gripe ni una colitis ni nada parecido; posiblemente, solo eso que ahora llamamos autorregulación. O quizá tuviese que ver con el repugnante postre de arroz con leche que nos daban en el colegio, que a mí me parecía vomitivo. Y quizá se podría hacer una lectura psico-emocional, pues mis papás se habían muerto hacía solo unos meses y yo estaba empezando a desenvolverme en mi nueva vida de niño adoptado.
Pero, cualesquiera que fuesen las causas o motivos de aquel episodio, la secuencia me dejó muy perplejo porque yo no había olido nada. Y aunque no hay duda de que las personas tienen distintos grados de sensibilidad para percibir los olores, no podría haber una prueba más elocuente de mi falta de olfato que el hecho de no haber percibido nada mientras los demás ocupantes del automóvil estaban prácticamente asfixiados por la peste.

Manifestar que yo no olía nada, en aquella circunstancia, resultó un tanto sospechoso, como una especie de excusa para aligerar la vergüenza de haberme cagado encima. Así que mi nueva familia no me hizo mucho caso. Pero yo insistí.
Es muy normal que a mi familia le costase admitir lo que yo sostenía. La anosmia es muy rara, en el sentido de infrecuente. Durante los primeros cuarenta años de mi vida, no conocí a ninguna otra persona que fuese anósmica. Ni tampoco conocí a ninguna persona que conociese a un anósmico. Ni siquiera los médicos de cabecera sabían algo sobre el tema, y ninguno había conocido o tratado a un anósmico. Yo era el único anósmico en el mundo entero.
Mi familia quizá sospechaba que yo me estaba montando una historia ficticia para llamar su atención. En ese caso, deberían haberme dado un premio a la originalidad pues no creo que jamás ningún niño haya querido alardear de no tener olfato.
Finalmente, admitieron que yo no estaba fingiendo o inventándome historias.
- Tu madre también tenía muy poco olfato -me dijeron.
Por desgracia, mi madre estaba muerta así que no pude preguntarle si tenía poco olfato o nada en asboluto. En la práctica, una y otra cosa vienen a ser casi lo mismo, aunque quizá exista un abismo entre ambas cosas. La pura realidad es que yo vivía en un mundo sin olores; o, mejor dicho, en un mundo con olores que yo no percibía pero la otra gente sí. Los olores no me asaltaban al llegar a un determinado lugar -el mar, el bosque, una habitación perfumada con incienso-; no brotaban aromas de los platos de comida; no percibía el olor de las flores ni el hedor de las heces...
Mi primer y más fundamental aprendizaje como anósmico fue comprender que una persona no se acercará a tí si hueles mal. Por mucho que te quiera; es algo superior a sus fuerzas, una molestia casi dolorosa. Así pues, aunque yo careciese del resorte principal que impulsa a las personas a asearse y cambiarse de ropa -quitarse los malos olores-, comprendí que debía llevar a cabo una serie de conductas preventivas para vivir en armonía en el mundo de las personas con olfato.
Realmente, ¿no olía nada de nada? Esto es lo que más solía sorprender a la gente cuando yo declaraba mi falta de olfato. "¿Nada de nada?", insistían, "¿ni siquiera...?" y entonces citaban las cosas más horrorosamente odoríferas que conocían. Hay personas con un olfato muy sensible y otras con olfatos corrientes; por lo tanto, no era difícil aceptar que yo tuviese muy poco olfato... pero ¿nada de nada?
Hice algunos experimentos en mi infancia, con la ayuda de mi hermana pequeña, que tenía un olfato corriente, o más bien bastante afinado. Yo acercaba la nariz a frascos de colonia, loción aftershave y alcohol de botiquín, y trataba de distinguirlos. Arrimaba tanto la nariz a los frascos que siempre me quedaban algunas gotas en el bigote. Bueno, con un poco de práctica, creo que empecé a distinguirlos...
Pero, entonces, mi hermana pequeña protestaba, no quería ser cómplice de mis autoengaños: "¡esto no es oler!". Bueno, yo percibía efluvios a través de la nariz, ¿no es eso oler? La colonia es un líquido diseñado específicamente para desprender olor; si uno se echa unas gotas encima, basta con pasar delante de una persona para que esa persona detecte el olor; y si te echas demasiada, ¡se huele a metros de distancia! Pero yo, ni siquiera amorrándome al frasco habría sido capaz de distinguir entre dos colonias distintas.
O sea que, en la práctica, no tener olfato y tener uno tan minúsculo que era como no tenerlo en absoluto venían a ser la misma cosa. Sin embargo, no tener olfato era mucho más cómodo; me ahorraba todas aquellas penosas y esforzadas esnifadas de colonia, la crónica incertidumbre en torno a si olía "algo", "casi nada" o "nada de nada". Además, tener muy poco olfato era como ser el último de la clase en una asignatura, mientras que no tener olfato en absoluto era un rasgo que me convertía en un tipo único, excéntrico, casi de otra especie.
A cierta edad, sentirse único y original es como una bendición. Y, en efecto, no he conocido a nadie que no se haya sentido impactado al descubrir mi anosmia; todos reaccionan con incredulidad y curiosidad. "Pero ¿no hueles nada de nada de nada?..."
La anosmia es indolora. Si no lo fuese, mis nuevos papás habrían tenido que llevarme al médico para quitarme o calmarme el dolor. Pero la anosmia no duele. En este sentido, podría aventurarme a decir que no solo es indolora sino que te evita un montón de experiencias olfativas tan desagradables que casi resultan dolorosas. Y, por otro lado, es incurable. Así que no había mucho más que hablar.
Desde entonces, cada vez que en mi familia se comentaba algo acerca de olores y pestes, siempre había alguien que acababa pronunciando una de aquellas dos frases, "¡no sabes lo que te pierdes!", "¡no sabes lo que te ahorras!", según se tratase de una cosa o de la otra.
Yo siempre lo he tenido muy claro: si pudiese escoger, escogería tener olfato y no perderme ni ahorrarme nada. Pero no pude escoger. Y, por lo tanto, puesto que la anosmia era indolora, incurable, prácticamente invisible -nadie podría reconocer a un anósmico a simple golpe de vista-, no podía hacer otra cosa que resignarme de buen grado.

Cuando empecé a pensar en mi futuro, comprendí que algunas profesiones me estaban claramente vedadas: perfumista, experto en vinos, químico, médico forense...; en general, todas aquellas en las que el sentido del olfato tuviese un papel destacado o decisivo.
Fui a la universidad a estudiar Psicología. La sensación y la percepción formaban parte del temario de Psicología General y de Psicofisiología pero ni siquiera entonces tuve interés en indagar más a fondo acerca de la ausencia del sentido del olfato. Claro que en los manuales que estudiábamos no había ni una sola línea acerca de la anosmia.
Finalmente, acabé encontrando trabajo en una oficina. No lo hice expresamente pero una oficina es un lugar donde los olores no son relevantes, significativos, valiosos. Por una oficina corren los olores de la transpiración de los trabajadores, y de la gente que entra y sale, y quizá de una planta aromática que alguien trata de cultivar en su mesa, y algún otro que entre por las ventanas... pero lo importante en una oficina son unas siglas abstractas impresas en un papel -o bien, hoy en día, encriptadas en lenguaje informático-. Si un papel huele bien o mal, es indiferente; lo que cuenta son las palabras o los números que figuran en él.
Así pues, no hice muchas cábalas acerca de mi anosmia. Articulé mi singularidad en torno al trauma de la orfandad; y si acaso era creativo, quizá fuese por culpa de los Beatles. Y, además, era anósmico, moreno de pelo, corto de estatura, un poco bracilargo, etc...

Puesto que no hice una tragedia del hecho de no tener olfato, tampoco tuve la necesidad de construir teorías compensatorias para amortiguarla. Algunas personas me sugerían que los anósmicos quizá desarrollamos más o agudizamos otros sentidos o facetas, como dicen que ocurre con el fino oído de los invidentes. Bueno, eso tiene un cierto sentido, la biología suele actuar así. ¿Qué hacen las neuronas de mi cerebro que deberían estar tramitando los inputs olfativos?, ¿a qué dedican su tiempo libre?
O, si se prefiere, ¿qué hace un anósmico mientras las otras personas experimentan sensaciones olfativas? Supongo que, en general, imaginar qué es lo que el otro está oliendo. Y registrar un dato más en sus apuntes sobre esas cosas que no percibe pero sí existen, tomar nota de que eso huele bien o mal, así o asá, ligero y refrescante o pesado y demasiado penetrante...
En verdad, a lo largo del tiempo, un anósmico aprende unas cuantas cosas sobre olores: cuáles son buenos y cuáles son malos o insoportables, cuánto tiempo flotan en el el ambiente, de qué modo remiten a sensaciones irracionales... Marcel Proust construyó su gran novela en siete tomos a partir del aroma de una madalena que le transportó a su infancia. Los anósmicos quizá acabamos siendo algo así como personas nósmicas adoptivas porque de forma indirecta conocemos las reglas, los matices, las vivencias de las personas con olfato.

***

Me casé, tuve dos hijos, encontré un empleo de oficinista. Y, poco antes de cumplir los cuarenta años, conocí por primera vez a otra persona anósmica: mi propio hijo.
Nadie se lo esperaba. Ni siquiera yo mismo, a pesar de que llegué a albergar muchos temores acerca del futuro de mis hijos; pero no que naciesen sin olfato. Mis dos hermanos de sangre gozaban de un olfato corriente; o incluso bastante sensible, en el caso de mi hermana. En el resto de mi extensa familia materna no había ningún otro caso de anosmia. Y, ahora que lo pienso, tampoco ninguno de los médicos y doctoras de cabecera que tuve me advirtió nunca de que tal vez podía transmitir la anosmia a mis descendientes. Mi primer hijo nació con olfato.
Marcel tendría unos seis o siete años cuando se hizo consciente de su anosmia. Cuando eres un niño, no te planteas si tienes olfato o no pero ciertas situaciones te lo plantifican delante de tus narices, tus ojos, tu conciencia. En su caso, ocurrió en la escuela, durante una clase de Ciencias Naturales en la que la profesora les invitó a oler a ciegas determinadas sustancias para luego describir lo que habían percibido o incluso adivinar de qué sustancia se trataba.
El pobre no pudo dar ninguna explicación, ni por supuesto adivinar ninguna sustancia, claro. En ese momento se dio cuenta de que su nariz estaba sorda, muda, ciega. Todos los otros niños de la clase, tanto si eran del grupo de los aplicados como si no, partiparon en aquel divertido juego de adivinación. Algunos tendrían un olfato más fino o sensible; pero él era incapaz de percibir nada, como si le pusiesen una piedra o un trozo de madera delante de la nariz.
La profesora, como suele suceder, se tomó su declaración de que no olía nada como una especie de excusa para no participar más activamente en el ejercicio de clase. La propia confusión de mi hijo al darse cuenta de que no percibía olores contribuyó a co0nfirmar las sospechas de la profesora.
Por lo menos, él pudo explicar que su padre tampoco tenía olfato. Aterrizó en una casa en la que el cincuenta por ciento de la población -dos de cuatro- era anósmica; posiblemente, uno de los más altos del mundo. Por lo menos, y a diferencia de mí, que habité solitariamente en mi mundo sin olores durante casi cuarenta años, él tenía un ejemplo vivo y más o menos digno de que un anósmico podía llevar una vida completamente normal: casarse, tener hijos, encontrar un empleo...
Claro está, si hubiese podido elegir, habría elegido que mi hijo naciese con olfato. Pero sospecho que no tuve ocasión de decidir.
Al principio, también tuvimos algunas dudas pero después de aquella clase de Ciencias Naturales las dudas quedaron disipadas. Entonces decidimos consultar con el médico de cabecera por si acaso había alguna posibilidad de revertir la situación. El médico se mostró muy escéptico al respecto pero nos envió al especialista, que también se mostró muy escéptico pero que se ofreció a practicarle algunas pruebas. Creo que le hicieron una radiografía de la nariz y los senos nasales. Pero, puesto que no parecía haber ninguna posibilidad de revertir la situación, su madre y yo decidimos que no era necesario seguir mareándole con pruebas, tal vez más agresivas, o que podían suscitar en él falsas esperanzas o temores infundados...
Como hizo mi familia conmigo, tampoco le dimos mucha importancia. Por lo demás, era un crío sano y despierto.
Yo me sentí infinitamente acompañado en mi mundo sin olores pero no pude transmitirle muchas cosas al respecto ya que apenas había elaborado mi anosmia. Solo le hablé de esas conductas preventivas o higiénicas a tener muy en cuenta. Me pareció que él era lo bastante inteligente como para elaborar la cuestión a su ritmo y a la medida de sus necesidades. Yo me lo tomaba más o menos como quien tiene una peca de nacimiento en el vientre o en la espalda. Posiblemente, la anosmia me determinaba más de lo que yo creía pero yo prefería articular mis pensamientos introspectivos en torno a otras cuestiones; prefería concentrarme en vivir lo que sí percibía.
Cuando mi hijo empezó a desvelar su anosmia a sus amigos, se sucedieron muchas de las reacciones y comentarios que yo había ido recogiendo a lo largo de los años pero también algunos nuevos. Como he dicho, casi nadie queda indiferente al saber que hay personas que carecen por completo de olfato. "¡No sabes lo que te ahorras!", dicen a veces los que tienen un olfato tan fino que resulta hasta excesivo pues se sienten perturbados constantemente por olores demasiado presentes en su nariz. "¡No sabes lo que te pierdes!" dicen a veces las personas que disfrutan con los buenos olores, que gustan de ir perfumados, etc...
Pero, como ocurre con los temas de salud y alimentación, respecto a la anosmia corren por ahí tantos bulos como verdades. Todas las personas experimentan períodos de anosmia transitoria cuando están muy constipadas o congestionadas; si uno quiere saber cómo es el mundo de un anósmico, ese es el momento perfecto para imaginarlo.
Pero, a estas alturas, yo empezaba a saber que la anosmia sobrevenida puede ser efecto o síntoma de ciertas enfermedades, casi siempre tan indeseables como la diabetes o los tumores cerebrales.
Mi hijo y yo éramos anósmicos de nacimiento pero ese es un sutil detalle en el que la gente que opina sobre todo no suele reparar. Hace poco, mi hijo me habló de una enfermedad -de cuyo nombre prefiero olvidarme- que se asocia con la anosmia. Entre los síntomas de esa enfermdad se encuentran el micropene y la esterilidad, ¡no parece ser el caso! Es como si tuvieses una mancha en la piel y algunas personas te dijesen "¿y ya has mirado que no sean malignas?".
Puesto que soy bastante hipocondríaco, siempre he tendido a desentenderme de todas las especulaciones, semiverdades, bulos y equívocos que corren por ahí. Nunca, a lo largo de sesenta años, ningún médico ha identificado algún rasgo especial en mi funcionamiento corporal que pudiera ser tan único como la anosmia. He padecido las mismas enfermedades comunes que el resto de la gente. El asunto parece ser tan simple como esto: no percibo olores; por lo demás, soy un homo sapiens común.
Posiblemente, la leyenda urbana que he combatido con más enfásis es la idea de que los anósmicos tampoco tenemos mucho sentido del gusto. En parte, he de admitir que es una hipótesis no tan descabellada, pues no hay nada que nos acerquemos más a la nariz que los alimentos que nos llevamos a la boca. Y quizá no sea casual, quizá sea una especie de alarma filogéneticamente ideada para detectar los alimentos podridos o venenosos.
Si un alimento desprende olor, es prácticamente imposible que una persona con olfato pueda comerlo sin olerlo al mismo tiempo; tendría que taparse la nariz pero entonces se vería obligada a respirar por la boca y eso no es nada aconsejable mientras uno deglute comida -puede llegar a ser mortal-.
Para las personas con olfato, la experiencia de comer tiene una doble dimensión gustativo-olfativa. Dejemos de lado que también tiene una dimensión visual obvia y evidente: un plato bien presentado siempre es más apetecible que uno presentado de forma descuidada; y se dice que hay gente que "come con los ojos"; y normalmente somos capaces de anticipar el sabor de un plato a partir de su aspecto -cosa que sabe la industria alimentaria, y por eso nunca hay que fiarse del aspecto de un plato preparado-.
Los sentidos del gusto y del olfato están indisolublemente asociados en la experiencia de comer. Las personas corrientes realizan miles de registros olfativos de la comida a lo largo de los años. A veces, cierto elemento de un guiso puede estar diluído en el sabor global del guiso pero destacar en el aroma; la persona con olfato detectará el aroma y lo reconocerá en el sabor, mientras que el anósmico no detectará el olor y, por lo tanto, muy posiblemente tampoco detectará el gusto. Pero eso no significa que no tengamos sentido del gusto, o que lo tengamos atrofiado. Distingo bien los sabores básicos y los reconozco cuando están mezclados; por supuesto, algunos alimentos me gustan más que otros. No me gusta el sabor de las berenjenas ni el de las alcachofas.
Los anósmicos no disponemos de la preciosa información olfativa sobre los platos que comemos pero sí tenemos sentido del gusto. Y tal vez algunos anósmicos incluso lo tengan más desarrollado, si las neuronas ociosas del olfato echan una mano.

Unos diez años después de haber descubierto su anosmia, mi hijo fue a la Universidad a estudiar Historia; otra materia en la que, de entrada, el sentido del olfato no parece decisivo. Y allí descubrió también a otra persona anósmica. Era una profesora de la facultad, que además había escrito un artículo o un libro teorizando acerca de la anosmia.
Sentí una gran sorpresa porque era la primera vez que sabíamos de la existencia de un anósmico fuera de nuestra línea genética. Y también sentí, claro está, mucha curiosidad por saber lo que decía.
Sin embargo, en seguida me di cuenta de que yo tendía a rechazar cualquier clase de teorización sobre la anosmia que no coincidiese con mi muy elemental planteamiento. Como digo, las reacciones ante una declaración de anosmia son muy variopintas, y a menudo incluyen hipótesis confusas o disparatadas, planteamientos alarmistas, o ideas tan irritantes como la de que los anósmicos tampoco tenemos sentido del gusto.
En verdad, yo me había acomodado a vivir entre personas con olfato con un éxito digamos aceptable. Y si acaso padecía alguna enfermedad asociada a la anosmia, la sufría desde siempre, no tenía síntomas visibles y tampoco efectos detectables.
Pero comprendo que mi hijo sí necesitase saber más.

***

Aún pasaron varios años hasta que llegó a mis manos el libro de Mafta Tafalla Nunca sabrás a qué huele Bagdad (2010). El libro empieza como una reflexión en torno a la anosmia para convertirse en una novela simpática, entretenida y entrañable, protagonizada por una niña de once años. La novela recrea la Badalona de los años setenta, los veranos en la playa, los veranos de la infancia... Me pareció bien escrita y bien trabada. Termina con una alusión a las manifestaciones de 2003 contra la guerra de Irak y con la propia invasión. La novela me encantó, la leí en unos pocos días de vacaciones en La Fosca. Tiene momentos brillantes e hilarantes, y la intriga está bien desarrollada.
Por lo que hace a la anosmia, me sentí muy identificado cuando dice que los anósmicos "somos más soñadores, despistados, aéreos" (21). No es que seamos más "guais", sino que vivimos en un mundo menos material. Y posiblemente recurrimos al raciocinio detectivesco, a la imaginación y la intuición para comprender las cosas y para comprender a los demás.
La idea de que los olores son como ataduras también me parece interesante. El olfato no se deja manipular por la mente, es completamente irracional. No puedes mentalizarte de que un olor te gusta o que una peste no te disgusta. Bueno, puedes hacer ciertos esfuerzos para desentenderte de esa peste pero no puedes variar tu percepción. En cambio, la vista se presta a toda clase de manipulaciones mentales: un cuadro te puede parecer horroroso pero si aprendes por qué fue pintado así por su autor tal vez acabes pensando que es una obra maestra. Por eso, la gente corriente vive en cierto modo esclavizada por los olores. Si una habitación huele mal, necesitan ventilarla; si una persona huele mal, necesitan que se duche; si cierto lugar huele mal, necesitan irse de allí.
Con esto no pretendo sugerir que los anósmicos seamos más libres pues igualmente vivimos esclavizados por los otros sentidos y por las trampas de la mente. Pero, como sugiere la autora a propósito de la comida y las dietas, "el olor no te tienta... A lo mejor es una ventaja. Te permite decidir de forma más racional" (224). En cambio, no estoy muy de acuerdo cuando dice: "no sabía hasta qué punto siempre había saboreado la comida con la vista" (59), volviendo sobre la cuestión del pobre sentido del gusto en los anósmicos.
Tampoco estoy muy de acuerdo cuando teoriza acerca de la importancia del olor como motor de la historia de la Humanidad. Claro que este libro es una novela, y creo que eso debe verse más como un desarrollo narrativo que como una tesis histórica seria o razonable. "Toda la larga historia de Europa es una larga lucha de siglos por imponer un orden racional en el caos de los olores" (123), "combatir los malos olores..., no es otro el origen de la alquimia" (126).
Aunque no tiene que ver con la anosmia, me encanta su definición del budismo: "no comerme a nadie que pudiese mirarme a los ojos, hacer gimnasia cada mañana con un manual de yoga y practicar la comprensión y el pacifismo" (223).
Quizá donde menos coincido es en el dramatismo o tremendismo: "Dejar de oler es dejar de respirar, y eso significa que el olfato es la forma más fundamental de percibir la realidad y de vivir en ella" (131). O bien, cuando la hermana de la protagonista le dice: "A tí te falta algo fundamental, algo que es toda una forma de mirar el mundo, y esa ausencia te dolerá cada día de tu vida" (201).
Lo chungo es dejar de respirar por la nariz, no dejar de oler. Y eso de la carencia que te dolerá cada día de tu vida me parece demasiado dramático. Supongo que si tienes olfato y lo pierdes, debe ser frustrante. Pero si nunca lo has tenido, puedes vivir una vida tan plena, excitante y dolorosa como la de cualquier otro homo sapiens. Existe una infinidad de anomalías genéticas que sí son dolorosas, o incapacitantes, o que dificultan la posibilidad de vivir una vida corriente.
Pero coincido del todo con la autora cuando parece plantearse lo más esencial "la cuestión definitiva: cómo demonios debe de ser el mundo en sí mismo, más allá de cómo nos lo cuentan los sentidos que a cada especie y a cada individuo nos han tocado en suerte" (257).
Exacto, esa es la cuestión: te toca en "suerte" una anosmia y tú decides qué haces con ella. Algunos, como la protagonista de loa novela, la convierten en el eje de su vida, y por eso confecciona un diccionario de esos efluvios que no percibe y acaba trabajando en aquellas profesiones en las que la falta de olfato no constituye un obstáculo sino una bendición. Otros, como Marta Tafalla, pueden teorizar sobre ella y utilizarla creativamente para escribir una novela. Y otros, como yo, la llevan como una peca en el vientre o la espalda.

***

He dicho que no construí teorías compensatorias para consolarme de mi anosmia pero no puedo negar que, en el fondo, traspapeladas por ahí, he tolerado la existencia de algunas locas esperanzas. Durante muchos años, quise pensar que a lo mejor tenía una anósmia "traumática", como una paciente de Sigmund Freud, que estaba paralítica por culpa de un trauma pero que tenía las piernas totalmente sanas. En este caso, si yo lograba "curarme" de mi trauma, recuperaría el olfato, como la paciente de Freud recuperó la capacidad de caminar cuando experimentó la catarsis. Pero el día que descubrimos que Marcel también era anósmico, esta hipótesis quedó desbaratada porque, claro está, los síntomas traumáticos no se heredan.
Resulta un poco extraño que mi madre tuviese un olfato muy pobre y que yo no heredase ese mal olfato sino una anosmia absoluta; es como si uno fuese de corto de vista y tuviese un hijo completamente ciego. No estoy muy seguro de que la genética funcione así.

Ninguno de mis hijos ha tenido aún descendientes. En mi caso, la transmisión de la anosmia se ha producido en el cincuenta por ciento de los casos -uno de dos-. En el caso de mi madre, en uno de cada tres.
Comprendo que mi hijo tenga la necesidad de saber más cosas sobre la anosmia. ¿Podríamos oler bajo hipnosis?, ¿o bajo el efecto de una droga alucinógena?, ¿o a través de una medicación?; ¿está correlacionada la anosmia con algún otro rasgo físico o fisiológico? Y ¿podría ponerse algún nombre a la causa de la anosmia?, ¿es debida a la presencia o a la ausencia de alguna hormona, o de alguna hormona en cantidades significativas?, ¿o bien se debe a algún problema mecánico, a algún obstáculo en el camino que va desde la pituitaria hasta los centros cerebrales?...
A mí ya me va quedando poco tiempo en el convento de los vivos y no me apetece revolucionar mis ideas o planteamientos sino más bien conservar los que me han sido útiles. La anosmia como peca de nacimiento en el vientre me ha resultado razonablemente útil. Y, francamente, no me apetece correr detrás de espejismos que luego solo dejan un rastro de vacío, en el mejor de los casos, cuando no miedos, paranoias, ilusiones rotas, complejos...

Mientras redactaba estas líneas, me planteé por primera vez si mi madre realmente tenía algo de olfato o no. Hoy en día, el sentido del olfato ha sido rehabilitado pero, en aquella época, aunque también todo el mundo gustaba de presumir de buen olfato en privado, no se le concedía tanta importancia en lo público. Hoy se reivindica por su antigüedad filogenética y cultivarlo es un signo de cultura. No existen aún los museos de olores, como sugiere Marta Tafalla, pero sí se han hecho exposiciones de olores e incluso se investiga la manera de transmitirlos de forma virtual.
Durante los días de vacaciones en los que estuve leyendo el libro de Marta Tafalla, hice algunos experimentos tratando de adivinar los olores que se percibían en un determinado lugar. Por ejemplo, mientras Rosie y yo caminábamos por la orilla de la playa o mientras estábamos sentados comiendo en un restaurante. Rosie es una de las personas que se precian de tener un buen olfato pero su reacción inmediata solía ser de desconcierto:
- Hmmm, ... ¿aquí?, ¿ahora?
Afinando su nariz, acababa detectando algún olor, como el de las cremas de protección solar de algunos bañistas o el fugaz aroma de una paella que el camarero llevaba a otra mesa. Pero su cabeza parecía estar llena de otras cosas; de lo bueno que era para sus pies caminar por la orilla, o del plato que iba a escoger entre los muchos del menú, del último whatsapp de sus hijos, del libro que estaba leyendo en aquellos días sobre las primeras expediciones al Ártico, y en que nos quedaban aún un par o tres de días, y en el bronceado de sus hombros...
Se diría que las personas con olfato se fijan en los olores sobre todo cuando estos destacan por encima del panorama olfativo esperable. Entran en una habitación perfumada con incienso y de inmediato lo detectan; pero si permanecen allí un rato largo, acabarán por dejar de percibirlo.
En fin, lo que quiero decir es que tuve la sensación de que Rosie no vivía en un mundo mental muy distinto del mío. Como ella, yo pensaba en lo bueno que era para mis piernas caminar por la arena, y calculaba los días que aún nos quedaban de vacaciones, y escogía mi plato en el menú en función de mis gustos, y pensaba en los mensajes de mis hijos, ambos de vacaciones por el mundo, y en el libro que estaba leyendo sobre las guerras en la antigua Yugoslavia, y me preguntaba si era realmente necesario comprar crema aftersun...
No quisiera que esto parezca un raciocinio compensador. Comprendo que el olfato, como órgano de percepción muy arcaico, transmite una información sensiblemente distinta de la visual, la auditiva o la táctil. Comprendo que el olfato se puede cultivar, como de hecho lo cultivan muchas personas aficionadas a las flores sin necesidad de títulos u otros pretextos más sofisticados. Entiendo que la experiencia olfativa puede llegar a ser muy placentera y que es particularmente apta para ser recordada y evocar épocas remotas, como le sucedió a Marcel Proust.
Pero también es cierto que, en la vida actual, el olfat juega un papel más bien secundario. No tanto en las relaciones personales, en las que sigue vigente la repulsión que provocan las personas cuando hacen peste y viceversa, pero sí en el mundo de las cosas "importantes". Por ejemplo, el control sanitario de los alimentos ya no lo realiza el olfato de los homo sapiens sino laboratorios químicos mediante los análisis procedentes. Y ocurre lo mismo con el agua: nadie sería tan tonto de beber agua por su buen olor -en realidad, no debería tener ninguno- sin antes asegurarse de que es potable; y ese análisis se realiza mediante las pertinentes pruebas químicas en un laboratorio. Por supuesto que los chefs de restaurantes y las amas de casa escogen las piezas de fruta y verdura de sus proveedores no solo por su aspecto visual o por su tacto y por la información sobre su origen, etc... sino también por el olor. Pero el trabajo crucial de decidir si un alimento es comestible o no, la responsabilidad de decidir eso, recae sobre los científicos de los laboratorios.
¡Quién sabe!, ¡quizá se trate de una mutación futurista! Los sapiens del futuro tal vez no necesiten el olfato, como parece que han dejado de necesitar el apéndice.
En todo caso, la vida se abre paso de las formas más insospechadas: he visto perros y leones que corren y cazan con tres patas, y sé de guitarristas que perdieron los dedos de una mano y no obstante encontraron la manera de seguir tocando la guitarra de forma genial, como Django Reinhardt. Pero a menudo, ni siquiera es algo de lo que uno pueda enorgullecerse porque no es algo que uno decida hacer a propósito o en conciencia: el impulso vital sabe aprovechar las neuronas ociosas, los instantes perdidos, la información recibida...

***

No podría terminar estas confesiones sin añadir un último episodio, que, después de todo lo que he dicho, espero que acabe de crear la más perfecta confusión. Me ha sucedido varias veces, a lo largo del último año. Después de ducharme, cuando me envuelvo con la toalla para secarme, a veces me viene algo que no puedo describir con otra palabra que fragancia; una sensación que entra por mi nariz -no por mis ojos, ni por mis oídos-, y que resulta bastante agradable; así deber ser como huele el champú o el gel que utilizo en la ducha.
La sensación dura un instante y en seguida se desvanece. No hay forma de volver a suscitarla, por ejemplo fregándome el pelo mojado o el cuerpo con la toalla. Tampoco sé la manera de provocarla; quizá depende de si se ha acumulado mucho vapor de agua, o de si he utilizado una mayor cantidad de champú...
Y no sucede porque yo esté de nuevo haciendo experiementos, sino al estilo típico de los olores: es algo que me asalta de repente, "¡ups!, ¿y esto a qué viene?", me pregunto entonces. Pero se esfuma y mi nariz trata de buscarlo, y ya no está allí. Ni volverá a estar allí en las duchas siguientes. Quizá me ha ocurrido dos o tres veces a lo largo de un año; y es obvio que a lo largo de ese tiempo me habré duchado por lo menos un centenar de veces-.
Me limito a contar lo que sucede. Y lo que sucede es que por mi nariz entra de forma inesperada una sensación de fragancia. Mi cabeza está ocupada pensando en esto y lo otro, "quizá esta noche haya un programa interesante en la tele" o "qué voy a cenar", y luego "he de pasar el trapito azul especial limpiacristales para que no se quede la cal pegada"... Mi cabeza está en esas cosas cuando, de repente, sin previo aviso, aparece ese efluvio, que me deja extasiado y atónito.