Aquel
día, viajábamos en el coche mis dos hermanas y yo, una monja
-encargada de llevarnos de vuelta a casa sanos y salvos-, una o dos
niñas más del colegio y el chófer -seguramente, un empleado del
negocio de mi tío y padrastro-. Atravesábamos la ciudad de punta a
punta, desde la parte alta de Barcelona hasta las entrañas del Casc
Antic, tocando a las Ramblas. Recuerdo aquellos trayectos como uno de
los momentos agradables del día; terminada la jornada escolar, en
una atmósfera más familiar que colegial, pasábamos unos veinte o
treinta minutos circulando entre el intenso tráfico de Barcelona y
yo me quedaba embobado mirando por la ventanilla del coche...
Pero
aquel día, de repente, la monja exclamó "¡¿quién ha
sido?!". Y acto seguido, nos hizo bajar todas las ventanillas
del coche, a pesar de que era invierno y entraba un aire helado. Yo
permanecí unos instantes sin comprender la situación. Miré a mi
hermana mayor y me toqué la nariz; ella entendió la pregunta y
asintió silenciosamente con la cabeza. O sea, concluí, el problema
era que hacía peste.
La
monja nos interrogó uno por uno pero todos nos declaramos inocentes.
Cuando me llegó el turno, preferí no decir que se me habían
escapado uno o dos peditos para no atraer la ira de la monja hacia
mí. Después de todo, si ese era el problema, la peste se esfumaría
en cuanto hubiésemos recorrido un par o tres de manzanas del
Ensanche, calculé. Pero la monja mantuvo las ventanillas bajadas
hasta el final del recorrido.
Al
llegar a casa, se descubrió el pastel: no habían sido uno o dos
peditos inofensivos sino un episodio de descomposición en toda
regla, como Dios manda. La chica de servicio me metió en la bañera
ipso facto y me restregó hasta el último poro de la piel.
Sentí
mucha vergüenza porque yo no estaba acostumbrado a hacerme las cosas
encima. Bueno, ni siquiera estuve enfermo, no fue una gripe ni una
colitis ni nada parecido; posiblemente, solo eso que ahora llamamos
autorregulación. O quizá tuviese que ver con el repugnante postre
de arroz con leche que nos daban en el colegio, que a mí me parecía
vomitivo. Y quizá se podría hacer una lectura psico-emocional, pues
mis papás se habían muerto hacía solo unos meses y yo estaba
empezando a desenvolverme en mi nueva vida de niño adoptado.
Pero,
cualesquiera que fuesen las causas o motivos de aquel episodio, la
secuencia me dejó muy perplejo porque yo no había olido nada.
Y aunque no hay duda de que las personas tienen distintos grados de
sensibilidad para percibir los olores, no podría haber una prueba
más elocuente de mi falta de olfato que el hecho de no haber
percibido nada mientras los demás ocupantes del automóvil
estaban prácticamente asfixiados por la peste.
Manifestar
que yo no olía nada, en aquella circunstancia, resultó un tanto
sospechoso, como una especie de excusa para aligerar la vergüenza de
haberme cagado encima. Así que mi nueva familia no me hizo mucho
caso. Pero yo insistí.
Es
muy normal que a mi familia le costase admitir lo que yo sostenía.
La anosmia es muy rara, en el sentido de infrecuente. Durante los
primeros cuarenta años de mi vida, no conocí a ninguna otra persona
que fuese anósmica. Ni tampoco conocí a ninguna persona que
conociese a un anósmico. Ni siquiera los médicos de cabecera sabían
algo sobre el tema, y ninguno había conocido o tratado a un
anósmico. Yo era el único anósmico en el mundo entero.
Mi
familia quizá sospechaba que yo me estaba montando una historia
ficticia para llamar su atención. En ese caso, deberían haberme
dado un premio a la originalidad pues no creo que jamás ningún niño
haya querido alardear de no tener olfato.
Finalmente,
admitieron que yo no estaba fingiendo o inventándome historias.
-
Tu madre también tenía muy poco olfato -me dijeron.
Por
desgracia, mi madre estaba muerta así que no pude preguntarle si
tenía poco olfato o nada en asboluto. En la práctica, una y otra
cosa vienen a ser casi lo mismo, aunque quizá exista un abismo entre
ambas cosas. La pura realidad es que yo vivía en un mundo sin
olores; o, mejor dicho, en un mundo con olores que yo no percibía
pero la otra gente sí. Los olores no me asaltaban al llegar a un
determinado lugar -el mar, el bosque, una habitación perfumada con
incienso-; no brotaban aromas de los platos de comida; no percibía
el olor de las flores ni el hedor de las heces...
Mi
primer y más fundamental aprendizaje como anósmico fue comprender
que una persona no se acercará a tí si hueles mal. Por mucho que te
quiera; es algo superior a sus fuerzas, una molestia casi dolorosa.
Así pues, aunque yo careciese del resorte principal que impulsa a
las personas a asearse y cambiarse de ropa -quitarse los malos
olores-, comprendí que debía llevar a cabo una serie de conductas
preventivas para vivir en armonía en el mundo de las personas con
olfato.
Realmente,
¿no olía nada de nada? Esto es lo que más solía sorprender
a la gente cuando yo declaraba mi falta de olfato. "¿Nada de
nada?", insistían, "¿ni siquiera...?" y entonces
citaban las cosas más horrorosamente odoríferas que conocían. Hay
personas con un olfato muy sensible y otras con olfatos corrientes;
por lo tanto, no era difícil aceptar que yo tuviese muy poco
olfato... pero ¿nada de nada?
Hice
algunos experimentos en mi infancia, con la ayuda de mi hermana
pequeña, que tenía un olfato corriente, o más bien bastante
afinado. Yo acercaba la nariz a frascos de colonia, loción
aftershave y alcohol de botiquín, y trataba de distinguirlos.
Arrimaba tanto la nariz a los frascos que siempre me quedaban algunas
gotas en el bigote. Bueno, con un poco de práctica, creo que empecé
a distinguirlos...
Pero,
entonces, mi hermana pequeña protestaba, no quería ser cómplice de
mis autoengaños: "¡esto no es oler!". Bueno, yo percibía
efluvios a través de la nariz, ¿no es eso oler? La colonia es un
líquido diseñado específicamente para desprender olor; si uno se
echa unas gotas encima, basta con pasar delante de una persona para
que esa persona detecte el olor; y si te echas demasiada, ¡se huele
a metros de distancia! Pero yo, ni siquiera amorrándome al frasco
habría sido capaz de distinguir entre dos colonias distintas.
O
sea que, en la práctica, no tener olfato y tener uno tan minúsculo
que era como no tenerlo en absoluto venían a ser la misma cosa. Sin
embargo, no tener olfato era mucho más cómodo; me ahorraba todas
aquellas penosas y esforzadas esnifadas de colonia, la crónica
incertidumbre en torno a si olía "algo", "casi nada"
o "nada de nada". Además, tener muy poco olfato era como
ser el último de la clase en una asignatura, mientras que no tener
olfato en absoluto era un rasgo que me convertía en un tipo único,
excéntrico, casi de otra especie.
A
cierta edad, sentirse único y original es como una bendición. Y, en
efecto, no he conocido a nadie que no se haya sentido impactado al
descubrir mi anosmia; todos reaccionan con incredulidad y curiosidad.
"Pero ¿no hueles nada de nada de nada?..."
La
anosmia es indolora. Si no lo fuese, mis nuevos papás habrían
tenido que llevarme al médico para quitarme o calmarme el dolor.
Pero la anosmia no duele. En este sentido, podría aventurarme a
decir que no solo es indolora sino que te evita un montón de
experiencias olfativas tan desagradables que casi resultan dolorosas.
Y, por otro lado, es incurable. Así que no había mucho más que
hablar.
Desde
entonces, cada vez que en mi familia se comentaba algo acerca de
olores y pestes, siempre había alguien que acababa pronunciando una
de aquellas dos frases, "¡no sabes lo que te pierdes!",
"¡no sabes lo que te ahorras!", según se tratase de una
cosa o de la otra.
Yo
siempre lo he tenido muy claro: si pudiese escoger, escogería tener
olfato y no perderme ni ahorrarme nada. Pero no pude escoger. Y, por
lo tanto, puesto que la anosmia era indolora, incurable,
prácticamente invisible -nadie podría reconocer a un anósmico a
simple golpe de vista-, no podía hacer otra cosa que resignarme de
buen grado.
Cuando
empecé a pensar en mi futuro, comprendí que algunas profesiones me
estaban claramente vedadas: perfumista, experto en vinos, químico,
médico forense...; en general, todas aquellas en las que el sentido
del olfato tuviese un papel destacado o decisivo.
Fui
a la universidad a estudiar Psicología. La sensación y la
percepción formaban parte del temario de Psicología General y de
Psicofisiología pero ni siquiera entonces tuve interés en indagar
más a fondo acerca de la ausencia del sentido del olfato. Claro que
en los manuales que estudiábamos no había ni una sola línea acerca
de la anosmia.
Finalmente,
acabé encontrando trabajo en una oficina. No lo hice expresamente
pero una oficina es un lugar donde los olores no son relevantes,
significativos, valiosos. Por una oficina corren los olores de la
transpiración de los trabajadores, y de la gente que entra y sale, y
quizá de una planta aromática que alguien trata de cultivar en su
mesa, y algún otro que entre por las ventanas... pero lo importante
en una oficina son unas siglas abstractas impresas en un papel -o
bien, hoy en día, encriptadas en lenguaje informático-. Si un papel
huele bien o mal, es indiferente; lo que cuenta son las palabras o
los números que figuran en él.
Así
pues, no hice muchas cábalas acerca de mi anosmia. Articulé mi
singularidad en torno al trauma de la orfandad; y si acaso era
creativo, quizá fuese por culpa de los Beatles. Y, además, era
anósmico, moreno de pelo, corto de estatura, un poco bracilargo,
etc...
Puesto
que no hice una tragedia del hecho de no tener olfato, tampoco tuve
la necesidad de construir teorías compensatorias para amortiguarla.
Algunas personas me sugerían que los anósmicos quizá desarrollamos
más o agudizamos otros sentidos o facetas, como dicen que ocurre con
el fino oído de los invidentes. Bueno, eso tiene un cierto sentido,
la biología suele actuar así. ¿Qué hacen las neuronas de mi
cerebro que deberían estar tramitando los inputs olfativos?, ¿a qué
dedican su tiempo libre?
O,
si se prefiere, ¿qué hace un anósmico mientras las otras personas
experimentan sensaciones olfativas? Supongo que, en general, imaginar
qué es lo que el otro está oliendo. Y registrar un dato más en sus
apuntes sobre esas cosas que no percibe pero sí existen, tomar nota
de que eso huele bien o mal, así o asá, ligero y refrescante o
pesado y demasiado penetrante...
En
verdad, a lo largo del tiempo, un anósmico aprende unas cuantas
cosas sobre olores: cuáles son buenos y cuáles son malos o
insoportables, cuánto tiempo flotan en el el ambiente, de qué modo
remiten a sensaciones irracionales... Marcel Proust construyó su
gran novela en siete tomos a partir del aroma de una madalena que le
transportó a su infancia. Los anósmicos quizá acabamos siendo algo
así como personas nósmicas adoptivas porque de forma
indirecta conocemos las reglas, los matices, las vivencias de las
personas con olfato.
***
Me
casé, tuve dos hijos, encontré un empleo de oficinista. Y, poco
antes de cumplir los cuarenta años, conocí por primera vez a otra
persona anósmica: mi propio hijo.
Nadie
se lo esperaba. Ni siquiera yo mismo, a pesar de que llegué a
albergar muchos temores acerca del futuro de mis hijos; pero no que
naciesen sin olfato. Mis dos hermanos de sangre gozaban de un olfato
corriente; o incluso bastante sensible, en el caso de mi hermana. En
el resto de mi extensa familia materna no había ningún otro caso de
anosmia. Y, ahora que lo pienso, tampoco ninguno de los médicos y
doctoras de cabecera que tuve me advirtió nunca de que tal vez podía
transmitir la anosmia a mis descendientes. Mi primer hijo nació con
olfato.
Marcel
tendría unos seis o siete años cuando se hizo consciente de su
anosmia. Cuando eres un niño, no te planteas si tienes olfato o no
pero ciertas situaciones te lo plantifican delante de tus narices,
tus ojos, tu conciencia. En su caso, ocurrió en la escuela, durante
una clase de Ciencias Naturales en la que la profesora les invitó a
oler a ciegas determinadas sustancias para luego describir lo que
habían percibido o incluso adivinar de qué sustancia se trataba.
El
pobre no pudo dar ninguna explicación, ni por supuesto adivinar
ninguna sustancia, claro. En ese momento se dio cuenta de que su
nariz estaba sorda, muda, ciega. Todos los otros niños de la clase,
tanto si eran del grupo de los aplicados como si no, partiparon en
aquel divertido juego de adivinación. Algunos tendrían un olfato
más fino o sensible; pero él era incapaz de percibir nada, como si
le pusiesen una piedra o un trozo de madera delante de la nariz.
La
profesora, como suele suceder, se tomó su declaración de que no
olía nada como una especie de excusa para no participar más
activamente en el ejercicio de clase. La propia confusión de mi hijo
al darse cuenta de que no percibía olores contribuyó a co0nfirmar
las sospechas de la profesora.
Por
lo menos, él pudo explicar que su padre tampoco tenía olfato.
Aterrizó en una casa en la que el cincuenta por ciento de la
población -dos de cuatro- era anósmica; posiblemente, uno de los
más altos del mundo. Por lo menos, y a diferencia de mí, que habité
solitariamente en mi mundo sin olores durante casi cuarenta años, él
tenía un ejemplo vivo y más o menos digno de que un anósmico podía
llevar una vida completamente normal: casarse, tener hijos, encontrar
un empleo...
Claro
está, si hubiese podido elegir, habría elegido que mi hijo naciese
con olfato. Pero sospecho que no tuve ocasión de decidir.
Al
principio, también tuvimos algunas dudas pero después de aquella
clase de Ciencias Naturales las dudas quedaron disipadas. Entonces
decidimos consultar con el médico de cabecera por si acaso había
alguna posibilidad de revertir la situación. El médico se mostró
muy escéptico al respecto pero nos envió al especialista, que
también se mostró muy escéptico pero que se ofreció a practicarle
algunas pruebas. Creo que le hicieron una radiografía de la nariz y
los senos nasales. Pero, puesto que no parecía haber ninguna
posibilidad de revertir la situación, su madre y yo decidimos que no
era necesario seguir mareándole con pruebas, tal vez más agresivas,
o que podían suscitar en él falsas esperanzas o temores
infundados...
Como
hizo mi familia conmigo, tampoco le dimos mucha importancia. Por lo
demás, era un crío sano y despierto.
Yo
me sentí infinitamente acompañado en mi mundo sin olores pero no
pude transmitirle muchas cosas al respecto ya que apenas había
elaborado mi anosmia. Solo le hablé de esas conductas preventivas o
higiénicas a tener muy en cuenta. Me pareció que él era lo
bastante inteligente como para elaborar la cuestión a su ritmo y a
la medida de sus necesidades. Yo me lo tomaba más o menos como quien
tiene una peca de nacimiento en el vientre o en la espalda.
Posiblemente, la anosmia me determinaba más de lo que yo creía pero
yo prefería articular mis pensamientos introspectivos en torno a
otras cuestiones; prefería concentrarme en vivir lo que sí
percibía.
Cuando
mi hijo empezó a desvelar su anosmia a sus amigos, se sucedieron
muchas de las reacciones y comentarios que yo había ido recogiendo a
lo largo de los años pero también algunos nuevos. Como he dicho,
casi nadie queda indiferente al saber que hay personas que carecen
por completo de olfato. "¡No sabes lo que te ahorras!",
dicen a veces los que tienen un olfato tan fino que resulta hasta
excesivo pues se sienten perturbados constantemente por olores
demasiado presentes en su nariz. "¡No sabes lo que te pierdes!"
dicen a veces las personas que disfrutan con los buenos olores, que
gustan de ir perfumados, etc...
Pero,
como ocurre con los temas de salud y alimentación, respecto a la
anosmia corren por ahí tantos bulos como verdades. Todas las
personas experimentan períodos de anosmia transitoria cuando están
muy constipadas o congestionadas; si uno quiere saber cómo es el
mundo de un anósmico, ese es el momento perfecto para imaginarlo.
Pero,
a estas alturas, yo empezaba a saber que la anosmia sobrevenida
puede ser efecto o síntoma de ciertas enfermedades, casi siempre tan
indeseables como la diabetes o los tumores cerebrales.
Mi
hijo y yo éramos anósmicos de nacimiento pero ese es un sutil
detalle en el que la gente que opina sobre todo no suele reparar.
Hace poco, mi hijo me habló de una enfermedad -de cuyo nombre
prefiero olvidarme- que se asocia con la anosmia. Entre los síntomas
de esa enfermdad se encuentran el micropene y la esterilidad, ¡no
parece ser el caso! Es como si tuvieses una mancha en la piel y
algunas personas te dijesen "¿y ya has mirado que no sean
malignas?".
Puesto
que soy bastante hipocondríaco, siempre he tendido a desentenderme
de todas las especulaciones, semiverdades, bulos y equívocos que
corren por ahí. Nunca, a lo largo de sesenta años, ningún médico
ha identificado algún rasgo especial en mi funcionamiento corporal
que pudiera ser tan único como la anosmia. He padecido las mismas
enfermedades comunes que el resto de la gente. El asunto parece ser
tan simple como esto: no percibo olores; por lo demás, soy un homo
sapiens común.
Posiblemente,
la leyenda urbana que he combatido con más enfásis es la idea de
que los anósmicos tampoco tenemos mucho sentido del gusto. En parte,
he de admitir que es una hipótesis no tan descabellada, pues no hay
nada que nos acerquemos más a la nariz que los alimentos que nos
llevamos a la boca. Y quizá no sea casual, quizá sea una especie de
alarma filogéneticamente ideada para detectar los alimentos podridos
o venenosos.
Si
un alimento desprende olor, es prácticamente imposible que una
persona con olfato pueda comerlo sin olerlo al mismo tiempo; tendría
que taparse la nariz pero entonces se vería obligada a respirar por
la boca y eso no es nada aconsejable mientras uno deglute comida
-puede llegar a ser mortal-.
Para
las personas con olfato, la experiencia
de comer tiene una doble dimensión gustativo-olfativa.
Dejemos de lado que también tiene una dimensión visual obvia y
evidente: un plato bien presentado siempre es más apetecible que uno
presentado de forma descuidada; y se dice que hay gente que "come
con los ojos"; y normalmente somos capaces de anticipar el sabor
de un plato a partir de su aspecto -cosa que sabe la industria
alimentaria, y por eso nunca hay que fiarse del aspecto de un plato
preparado-.
Los
sentidos del gusto y del olfato están indisolublemente asociados en
la experiencia de comer. Las personas corrientes realizan miles de
registros olfativos de la comida a lo largo de los años. A veces,
cierto elemento de un guiso puede estar diluído en el sabor global
del guiso pero destacar en el aroma; la persona con olfato detectará
el aroma y lo reconocerá en el sabor, mientras que el anósmico no
detectará el olor y, por lo tanto, muy posiblemente tampoco
detectará el gusto. Pero eso no significa que no tengamos sentido
del gusto, o que lo tengamos atrofiado. Distingo bien los sabores
básicos y los reconozco cuando están mezclados; por supuesto,
algunos alimentos me gustan más que otros. No me gusta el sabor de
las berenjenas ni el de las alcachofas.
Los
anósmicos no disponemos de la preciosa información olfativa sobre
los platos que comemos pero sí tenemos sentido del gusto. Y tal vez
algunos anósmicos incluso lo tengan más desarrollado, si las
neuronas ociosas del olfato echan una mano.
Unos
diez años después de haber descubierto su anosmia, mi hijo fue a la
Universidad a estudiar Historia; otra materia en la que, de entrada,
el sentido del olfato no parece decisivo. Y allí descubrió también
a otra persona anósmica. Era una profesora de la facultad, que
además había escrito un artículo o un libro teorizando acerca de
la anosmia.
Sentí
una gran sorpresa porque era la primera vez que sabíamos de la
existencia de un anósmico fuera de nuestra línea genética. Y
también sentí, claro está, mucha curiosidad por saber lo que
decía.
Sin
embargo, en seguida me di cuenta de que yo tendía a rechazar
cualquier clase de teorización sobre la anosmia que no coincidiese
con mi muy elemental planteamiento. Como digo, las reacciones ante
una declaración de anosmia son muy variopintas, y a menudo incluyen
hipótesis confusas o disparatadas, planteamientos alarmistas, o
ideas tan irritantes como la de que los anósmicos tampoco tenemos
sentido del gusto.
En
verdad, yo me había acomodado a vivir entre personas con olfato con
un éxito digamos aceptable. Y si acaso padecía alguna enfermedad
asociada a la anosmia, la sufría desde siempre, no tenía síntomas
visibles y tampoco efectos detectables.
Pero
comprendo que mi hijo sí necesitase saber más.
***
Aún
pasaron varios años hasta que llegó a mis manos el libro de Mafta
Tafalla Nunca sabrás a qué huele Bagdad (2010). El libro
empieza como una reflexión en torno a la anosmia para convertirse en
una novela simpática, entretenida y entrañable, protagonizada por
una niña de once años. La novela recrea la Badalona de los años
setenta, los veranos en la playa, los veranos de la infancia... Me
pareció bien escrita y bien trabada. Termina con una alusión a las
manifestaciones de 2003 contra la guerra de Irak y con la propia
invasión. La novela me encantó, la leí en unos pocos días de
vacaciones en La Fosca. Tiene momentos brillantes e hilarantes, y la
intriga está bien desarrollada.
Por
lo que hace a la anosmia, me sentí muy identificado cuando dice que
los anósmicos "somos más soñadores, despistados, aéreos"
(21). No es que seamos más "guais", sino que vivimos en un
mundo menos material. Y posiblemente recurrimos al raciocinio
detectivesco, a la imaginación y la intuición para comprender las
cosas y para comprender a los demás.
La
idea de que los olores son como ataduras también me parece
interesante. El olfato no se deja manipular por la mente, es
completamente irracional. No puedes mentalizarte de que un
olor te gusta o que una peste no te disgusta. Bueno, puedes hacer
ciertos esfuerzos para desentenderte de esa peste pero no puedes
variar tu percepción. En cambio, la vista se presta a toda clase de
manipulaciones mentales: un cuadro te puede parecer horroroso pero si
aprendes por qué fue pintado así por su autor tal vez acabes
pensando que es una obra maestra. Por eso, la gente corriente vive en
cierto modo esclavizada por los olores. Si una habitación huele mal,
necesitan ventilarla; si una persona huele mal, necesitan que se
duche; si cierto lugar huele mal, necesitan irse de allí.
Con
esto no pretendo sugerir que los anósmicos seamos más libres pues
igualmente vivimos esclavizados por los otros sentidos y por las
trampas de la mente. Pero, como sugiere la autora a propósito de la
comida y las dietas, "el olor no te tienta... A lo mejor es una
ventaja. Te permite decidir de forma más racional" (224). En
cambio, no estoy muy de acuerdo cuando dice: "no sabía hasta
qué punto siempre había saboreado la comida con la vista"
(59), volviendo sobre la cuestión del pobre sentido del gusto en los
anósmicos.
Tampoco
estoy muy de acuerdo cuando teoriza acerca de la importancia del olor
como motor de la historia de la Humanidad. Claro que este libro es
una novela, y creo que eso debe verse más como un desarrollo
narrativo que como una tesis histórica seria o razonable. "Toda
la larga historia de Europa es una larga lucha de siglos por imponer
un orden racional en el caos de los olores" (123), "combatir
los malos olores..., no es otro el origen de la alquimia" (126).
Aunque
no tiene que ver con la anosmia, me encanta su definición del
budismo: "no comerme a nadie que pudiese mirarme a los ojos,
hacer gimnasia cada mañana con un manual de yoga y practicar la
comprensión y el pacifismo" (223).
Quizá
donde menos coincido es en el dramatismo o tremendismo: "Dejar
de oler es dejar de respirar, y eso significa que el olfato es la
forma más fundamental de percibir la realidad y de vivir en ella"
(131). O bien, cuando la hermana de la protagonista le dice: "A
tí te falta algo fundamental, algo que es toda una forma de mirar el
mundo, y esa ausencia te dolerá cada día de tu vida" (201).
Lo
chungo es dejar de respirar por la nariz, no dejar de oler. Y eso de
la carencia que te dolerá
cada día de tu vida me parece demasiado dramático. Supongo que
si tienes olfato y lo pierdes, debe ser frustrante. Pero si nunca lo
has tenido, puedes vivir una vida tan plena, excitante y dolorosa
como la de cualquier otro homo sapiens. Existe una infinidad de
anomalías genéticas que sí son dolorosas, o incapacitantes, o que
dificultan la posibilidad de vivir una vida corriente.
Pero
coincido del todo con la autora cuando parece plantearse lo más
esencial "la cuestión definitiva: cómo demonios debe de ser
el mundo en sí mismo, más allá de cómo nos lo cuentan los
sentidos que a cada especie y a cada individuo nos han tocado en
suerte" (257).
Exacto,
esa es la cuestión: te toca en "suerte" una anosmia y tú
decides qué haces con ella. Algunos, como la protagonista de loa
novela, la convierten en el eje de su vida, y por eso confecciona un
diccionario de esos efluvios que no percibe y acaba trabajando en
aquellas profesiones en las que la falta de olfato no constituye un
obstáculo sino una bendición. Otros, como Marta Tafalla, pueden
teorizar sobre ella y utilizarla creativamente para escribir una
novela. Y otros, como yo, la llevan como una peca en el vientre o la
espalda.
***
He
dicho que no construí teorías compensatorias para consolarme de mi
anosmia pero no puedo negar que, en el fondo, traspapeladas por ahí,
he tolerado la existencia de algunas locas esperanzas. Durante muchos
años, quise pensar que a lo mejor tenía una anósmia "traumática",
como una paciente de Sigmund Freud, que estaba paralítica por culpa
de un trauma pero que tenía las piernas totalmente sanas. En este
caso, si yo lograba "curarme" de mi trauma, recuperaría el
olfato, como la paciente de Freud recuperó la capacidad de caminar
cuando experimentó la catarsis. Pero el día que descubrimos que
Marcel también era anósmico, esta hipótesis quedó desbaratada
porque, claro está, los síntomas traumáticos no se heredan.
Resulta
un poco extraño que mi madre tuviese un olfato muy pobre y que yo no
heredase ese mal olfato sino una anosmia absoluta; es como si uno
fuese de corto de vista y tuviese un hijo completamente ciego. No
estoy muy seguro de que la genética funcione así.
Ninguno
de mis hijos ha tenido aún descendientes. En mi caso, la transmisión
de la anosmia se ha producido en el cincuenta por ciento de los casos
-uno de dos-. En el caso de mi madre, en uno de cada tres.
Comprendo
que mi hijo tenga la necesidad de saber más cosas sobre la anosmia.
¿Podríamos oler bajo hipnosis?, ¿o bajo el efecto de una droga
alucinógena?, ¿o a través de una medicación?; ¿está
correlacionada la anosmia con algún otro rasgo físico o
fisiológico? Y ¿podría ponerse algún nombre a la causa de la
anosmia?, ¿es debida a la presencia o a la ausencia de alguna
hormona, o de alguna hormona en cantidades significativas?, ¿o bien
se debe a algún problema mecánico, a algún obstáculo en el camino
que va desde la pituitaria hasta los centros cerebrales?...
A
mí ya me va quedando poco tiempo en el convento de los vivos y no me
apetece revolucionar mis ideas o planteamientos sino más bien
conservar los que me han sido útiles. La anosmia como peca de
nacimiento en el vientre me ha resultado razonablemente útil. Y,
francamente, no me apetece correr detrás de espejismos que luego
solo dejan un rastro de vacío, en el mejor de los casos, cuando no
miedos, paranoias, ilusiones rotas, complejos...
Mientras
redactaba estas líneas, me planteé por primera vez si mi madre
realmente tenía algo de olfato o no. Hoy en día, el sentido del
olfato ha sido rehabilitado pero, en aquella época, aunque también
todo el mundo gustaba de presumir de buen olfato en privado, no se le
concedía tanta importancia en lo público. Hoy se reivindica por su
antigüedad filogenética y cultivarlo es un signo de cultura. No
existen aún los museos de olores, como sugiere Marta Tafalla, pero
sí se han hecho exposiciones de olores e incluso se investiga la
manera de transmitirlos de forma virtual.
Durante
los días de vacaciones en los que estuve leyendo el libro de Marta
Tafalla, hice algunos experimentos tratando de adivinar los olores
que se percibían en un determinado lugar. Por ejemplo, mientras
Rosie y yo caminábamos por la orilla de la playa o mientras
estábamos sentados comiendo en un restaurante. Rosie es una de las
personas que se precian de tener un buen olfato pero su reacción
inmediata solía ser de desconcierto:
-
Hmmm, ... ¿aquí?, ¿ahora?
Afinando
su nariz, acababa detectando algún olor, como el de las cremas de
protección solar de algunos bañistas o el fugaz aroma de una paella
que el camarero llevaba a otra mesa. Pero su cabeza parecía estar
llena de otras cosas; de lo bueno que era para sus pies caminar por
la orilla, o del plato que iba a escoger entre los muchos del menú,
del último whatsapp de sus hijos, del libro que estaba leyendo en
aquellos días sobre las primeras expediciones al Ártico, y en que
nos quedaban aún un par o tres de días, y en el bronceado de sus
hombros...
Se
diría que las personas con olfato se fijan en los olores sobre todo
cuando estos destacan por encima del panorama olfativo esperable.
Entran en una habitación perfumada con incienso y de inmediato lo
detectan; pero si permanecen allí un rato largo, acabarán por dejar
de percibirlo.
En
fin, lo que quiero decir es que tuve la sensación de que Rosie no
vivía en un mundo mental muy distinto del mío. Como ella, yo
pensaba en lo bueno que era para mis piernas caminar por la arena, y
calculaba los días que aún nos quedaban de vacaciones, y escogía
mi plato en el menú en función de mis gustos, y pensaba en
los mensajes de mis hijos, ambos de vacaciones por el mundo, y en el
libro que estaba leyendo sobre las guerras en la antigua Yugoslavia,
y me preguntaba si era realmente necesario comprar crema aftersun...
No
quisiera que esto parezca un raciocinio compensador. Comprendo que el
olfato, como órgano de percepción muy arcaico, transmite una
información sensiblemente distinta de la visual, la auditiva o la
táctil. Comprendo que el olfato se puede cultivar, como de hecho lo
cultivan muchas personas aficionadas a las flores sin necesidad de
títulos u otros pretextos más sofisticados. Entiendo que la
experiencia olfativa puede llegar a ser muy placentera y que es
particularmente apta para ser recordada y evocar épocas remotas,
como le sucedió a Marcel Proust.
Pero
también es cierto que, en la vida actual, el olfat juega un papel
más bien secundario. No tanto en las relaciones personales, en las
que sigue vigente la repulsión que provocan las personas cuando
hacen peste y viceversa, pero sí en el mundo de las cosas
"importantes". Por ejemplo, el control sanitario de los
alimentos ya no lo realiza el olfato de los homo sapiens sino
laboratorios químicos mediante los análisis procedentes. Y ocurre
lo mismo con el agua: nadie sería tan tonto de beber agua por su
buen olor -en realidad, no debería tener ninguno- sin antes
asegurarse de que es potable; y ese análisis se realiza mediante las
pertinentes pruebas químicas en un laboratorio. Por supuesto que los
chefs de restaurantes y las amas de casa escogen las piezas de fruta
y verdura de sus proveedores no solo por su aspecto visual o por su
tacto y por la información sobre su origen, etc... sino también por
el olor. Pero el trabajo crucial de decidir si un alimento es
comestible o no, la responsabilidad de decidir eso, recae sobre los
científicos de los laboratorios.
¡Quién
sabe!, ¡quizá se trate de una mutación futurista! Los sapiens del
futuro tal vez no necesiten el olfato, como parece que han dejado de
necesitar el apéndice.
En
todo caso, la vida se abre paso de las formas más insospechadas: he
visto perros y leones que corren y cazan con tres patas, y sé de
guitarristas que perdieron los dedos de una mano y no obstante
encontraron la manera de seguir tocando la guitarra de forma genial,
como Django Reinhardt. Pero a menudo, ni siquiera es algo de lo que
uno pueda enorgullecerse porque no es algo que uno decida hacer a
propósito o en conciencia: el impulso vital sabe aprovechar las
neuronas ociosas, los instantes perdidos, la información recibida...
***
No
podría terminar estas confesiones sin añadir un último episodio,
que, después de todo lo que he dicho, espero que acabe de crear la
más perfecta confusión. Me ha sucedido varias veces, a lo largo del
último año. Después de ducharme, cuando me envuelvo con la toalla
para secarme, a veces me viene algo que no puedo describir con otra
palabra que fragancia; una sensación que entra por mi nariz
-no por mis ojos, ni por mis oídos-, y que resulta bastante
agradable; así deber ser como huele el champú o el gel que utilizo
en la ducha.
La
sensación dura un instante y en seguida se desvanece. No hay forma
de volver a suscitarla, por ejemplo fregándome el pelo mojado o el
cuerpo con la toalla. Tampoco sé la manera de provocarla; quizá
depende de si se ha acumulado mucho vapor de agua, o de si he
utilizado una mayor cantidad de champú...
Y
no sucede porque yo esté de nuevo haciendo experiementos, sino al
estilo típico de los olores: es algo que me asalta de
repente, "¡ups!, ¿y esto a qué viene?", me pregunto
entonces. Pero se esfuma y mi nariz trata de buscarlo, y ya no está
allí. Ni volverá a estar allí en las duchas siguientes. Quizá me
ha ocurrido dos o tres veces a lo largo de un año; y es obvio que a
lo largo de ese tiempo me habré duchado por lo menos un centenar de
veces-.
Me
limito a contar lo que sucede. Y lo que sucede es que por mi nariz
entra de forma inesperada una sensación de fragancia. Mi cabeza está
ocupada pensando en esto y lo otro, "quizá esta noche haya un
programa interesante en la tele" o "qué voy a cenar",
y luego "he de pasar el trapito azul especial limpiacristales
para que no se quede la cal pegada"... Mi cabeza está en esas
cosas cuando, de repente, sin previo aviso, aparece ese efluvio, que
me deja extasiado y atónito.
