miércoles, 19 de agosto de 2020

Un poco sobre casi todo


 

 




 

Hacia las nueve de la noche, aún quedaban algunos bañistas en la cala. Nosotros cenábamos en el balcón, sin cansarnos de mirar el mar, que iba cambiando de color a medida que anochecía. Y, como me viene ocurriendo últimamente, en cuanto vi en acción el faro de Palamós no pude evitar tratar de descifrar su ritmo de destellos, que es de de 1-1-1-5-5. También las islas Formigues tienen un faro, cuya cifra sería 1-1-6. Identificar el ritmo de los faros me produce satisfacción como percusionista, y hace que me sienta como uno de aquellos hombres del siglo XIX que se dedicaban a observar con gran perspicacia los fenómenos de su alrededor. 

    El siglo XIX fue una época de grandísima excitación científica. Hacia 1800, se sabía muy poco de cosas que ahora nos parecen casi obvias. A mediados de siglo, por ejemplo, algunos expertos empezaron a calcular la edad o antigüedad de la Tierra, y la contaban en decenas de miles de años. Supongo que la inmensa mayoría de personas estaba convencida de que los animales y las plantas que había en la Tierra estaban allí desde siempre, y de que no había nada más estable y sólido que las montañas y los continentes.

    Lo que hoy creemos saber me produce vértigo. Si uno abre un libro de paleontología, realizará un viaje alucinante a mundos que estuvieron en este pero que fueron radicalmente distintos del que hoy conocemos. Mundos de atmósferas tóxicas y lluvias ácidas, sin plantas ni menos aún animales visibles; “vapores de ácido clorhídrico y ácido sulfúrico, (…) mares brumosos de un color cobrizo bajo un cielo de un rojo chillón” (BB 286), mundos helados... La gran explosión de vida en el Cámbrico sucedió hace solo unos 450 millones de años. La historia del planeta hoy se calcula en unos 4.500 millones de años. ¿Cómo podría imaginar el tiempo que son mil millones de años?

    John McPhee sugería una manera de visualizar lo cerca que nos cae el Cámbrico. Si uno extiende los brazos en horizontal, a ambos lados del cuerpo, la historia del planeta arrancaría en la punta del dedo medio de la mano izquierda y el Cámbrico se situaría a la altura de la muñeca de la mano derecha. 

    Otra ingeniosa y bien conocida manera de visualizar esas magnitudes inconcebibles de tiempo es convertir los 4.500 millones de años de la historia del planeta -año arriba, año abajo- en un día de veinticuatro horas. A esa escala, las primeras veinte horas de la historia del planeta serían geológicamente apasionantes pero muy aburridas desde el punto de vista de la biología. No habría rastro de plantas terrestres hasta las diez de la noche. Los primeros dinosaurios no aparecerían hasta las once y se extinguirían a las doce menos cuarto. Los humanos apareceríamos un minuto y medio antes de la medianoche. 

    En la reconstrucción de la historia de la Tierra disponemos de muy pocas pistas, así que es necesario rellenar los inmensos huecos en la información con un notable desarrollo de sentido común inductivo. A menudo, los profanos en la materia tenemos la impresión de que los paleontólogos gozan de una extraordinaria inventiva cuando nos explican esta historia. ¿Cómo demonios saben, por ejemplo, que los dinosaurios se extinguieron hace unos 60 millones de años? Bueno, para empezar, no hace tanto tiempo que presumimos la existencia de unos animales a los que llamamos dinosaurios, cuya anatomía reconstruimos a partir de fósiles hallados e interpretados desde hace solo un centenar de años o poco más. 

    Por todo eso, algunos divulgadores científicos como Bill Bryson (Una breve historia de casi todo, 2015) y Juan Luis Arsuaga/Ignacio Martínez (La especie elegida, 1998) hacen el esfuerzo de tratar de explicarnos cómo se sabe lo que se cree saber. Sin embargo, Arsuaga cuenta que el paleoantropólogo y conferenciante Yves Coppens solía dar la siguiente respuesta a la pregunta de ¿cómo saben ustedes todo eso?, formulada con frecuencia por los asistentes a sus charlas:

- Confíe en nosotros, sabemos la edad de los fósiles, tenemos métodos para hacerlo, somos profesionales. 

    La alternativa consistiría en hablar de termoluminiscencia y pruebas de resonancia de espín electrónico, de las trazas de fisión sobre zircón, de paleomagnetismo, de análisis de espeleotemas, por supuesto del Carbono 14 y otros métodos de datación a partir de isótopos; de las tobas o cenizas volcánicas depositadas en los sedimentos de lagos; de dendocronología... Y hasta de tafonomía, que según la curiosa definición de Arsuaga es “la aplicación del sentido común al estudio de la formación de los yacimientos” (A/M, 90). 

    Claro que la paleoantropología nunca ha sido sencilla. Los fósiles son siempre huesos o partes de huesos, así que para entender las diferencias entre especies es necesario tener notables conocimientos de anatomía humana y zooanatomía. También es necesario ser experto en odontología. La evolución de la fórmula dental desde los homínidos más arcaicos hasta la actual fórmula humana es uno de los procesos que nos fueron identificando. Con toda probabilidad, nuestra dentadura evolucionó a partir de nuevas dietas, propiciadas a su vez por cambios climáticos que modificaron el entorno en el que se alimentaban los homínidos más arcaicos. 

    Los análisis de ADN y otras pruebas de biología molecular se han sumado a las muchas ciencias y técnicas que colaboran con la paleoantropología. A pesar de su sofisticación, aún son muy rudimentarios pero están revelando cosas sorprendentes. Quizá la más chocante sea que, con toda probabilidad, los sapiens se cruzaron en algún momento con neandertales y denisovianos.  

    Esto resulta bastante confuso porque, antiguamente, se definía una especie como el conjunto de individuos que podían reproducirse entre sí. Pero, entonces, si neandertales y sapiens se cruzaron entre sí, ¿significa que ambos pertenecemos a la misma especie? Es probable que algunos descendientes de esos cruces no fuesen viables pero los genetistas afirman que hay genes de ADN neandertal en europeos y americanos. Uno de ellos, en concreto, nos permite digerir bien las grasas animales, un alimento impropio de nuestro linaje de primates. Los neandertales cazaban y comían mamuts, así que los hijos de sapiens y neandertal podemos digerir bien un muslito de pollo. Esos mismos genetistas sostienen que hay un gen de ADN denisoviano en los tibetanos actuales. Al parecer, ese gen (llamado EPAS1) les permite vivir a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, donde la concentración de oxígeno en el aire es mucho menor que en otras altitudes, sin menoscabo de su energía, salud o fertilidad. 

    De todo esto se deriva una historia de la especie humana mucho menos lineal de lo que solía explicarse. Ya que, además, los neandertales se habrían podido cruzar también con otras especies de homínidos más arcaicos. En 2013, se secuenció la casi totalidad de un genoma mitocondrial -cualquier cosa que esto signifique- extraído de un fémur hallado en la Sima de los Huesos de Atapuerca. Es el ADN humano más antiguo conocido. Y, a diferencia de lo que habían teorizado los investigadores a partir del análisis de los huesos, resultó que los parientes más próximos del propietario del fémur no eran los neandertales que vivieron  cientos de miles años después en Europa, sino los denisovianos que, por esas mismas fechas, habitarían en Asia. 

    Así pues, todo parece indicar que se produjeron algunas “mezclas” fértiles entre especies humanas distintas. Quizá no fuesen muy frecuentes o masivas, según sugieren los expertos, pero eso dibuja un árbol genealógico cruzado y no lineal. Curiosamente, estas hibridaciones pueden resultar muy adaptativas porque consiguen, en una sola generación, que los descendientes adquieran un gen que, a una de esas especies, le puede haber costado miles de años desarrollar.  

    Ahora bien, los profanos no deberíamos burlarnos de que cada nuevo hallazgo fósil ponga patas arriba los esquemas teóricos sobre la evolución de la especie. Si un joven investigador de una CEPO (cultura extra planetaria organizada) llegase hoy al planeta para estudiar a la especie humana, dispondría de unos 6 mil millones de individuos vivos en los que basar su estudio. Ni siquiera tendría que identificarlos porque la inmensa mayoría de ellos consta en registros oficiales con uno o más nombres, uno o dos apellidos, y a menudo un código numérico. Con el visto bueno de la AGP (Autoridad Global Planetaria), también podría acceder a sus currículums escolares y profesionales, a sus cuentas y tarjetas bancarias, a sus declaraciones fiscales, a sus expedientes médicos, a sus búsquedas y consultas en Internet, a sus comentarios en las redes sociales. Habiendo llegado hasta el planeta Tierra, es forzoso dar por hecho que ese investigador cósmico dispondría de herramientas adecuadas para procesar esa colosal cantidad de información... 

    Los paleoantropólogos, en cambio, tienen que estudiar la historia de la especie humana a partir de una escasísima, ridícula, descorazonadora escasez de restos fósiles. Los fósiles, en sí mismos, son algo muy raro. Algunos estudiosos aventuran el cálculo de que solo fosiliza un hueso de cada mil millones (BB, 308). Esto significaría, por ejemplo, que de todos los huesos de los 740 millones de europeos vivos en la actualidad, cada uno con sus 206 huesos, solo llegarían a fosilizar alrededor de un centenar. Ni siquiera un esqueleto completo.  Y esos serían los huesos que llegarían a fosilizar ¡pero luego hay que encontrarlos! 

    En verdad, es prácticamente un milagro que alguien encuentre fósiles de humanos primitivos y homínidos arcaicos. Hasta hace un siglo o así, no había nadie que los buscase. Y, bueno, se han ido encontrando unos cuantos aquí y allá. Pero, en conjunto, un siglo después tampoco son demasiados. El total de restos fósiles de humanos primitivos y homínidos de que se dispone en la actualidad procede de unos 5.000 individuos distintos. Si fuesen esqueletos completos, posiblemente los investigadores podrían sostener hipótesis más consistentes. Pero a menudo solo disponen de pequeños trozos del cráneo, un trozo de mandíbula, un fémur, falanges de dedos, piezas dentales…El caso más extremo quizá sea el de los denisovianos. Cuando se propuso la existencia de esta especie, todo lo que se tenía de ella era una falange del dedo de una niña, hallada en una cueva de Siberia. Es decir, un fósil del tamaño de la uña de un adulto. ¿Y eso bastaba para sostener que era una especie distinta de las conocidas…? Con las más avanzadas técnicas de biología molecular desarrolladas por Svante Pääbo -héroe actual de todas estas hazañas-, se logró extraer ADN suficientemente limpio de la falange. Los análisis de ADN parecen confirmar que se trata de una especie distinta a las conocidas. En 2015 se hizo público que, en la misma cueva de Denisova (Siberia) donde se había hallado la falange, se encontraron dos muelas de individuos distintos, pertenecientes a la misma especie. Todos los restos fósiles de los denisovianos siguen cabiendo en la palma de la mano.  

    Esos 5.000 individuos -que vivieron hace decenas de miles, cientos de miles o millones de años- pueden parecer una cantidad considerable pero resulta que, aunque el planeta estuviese muchísimo menos poblado que hoy en día, se calcula que han vivido varios miles de millones de homínidos y humanos arcaicos. 


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La geología siempre me había parecido una de las ciencias más aburridas pero es la clave para comprender la historia de la Tierra. Los hechos geológicos suceden a un ritmo lentísimo comparado con la duración de una vida humana: una persona puede ver crecer un árbol pero es imposible que detecte el levantamiento de una montaña. La experiencia cotidiana induce a creer que no hay nada más inamovible que una gran montaña. No obstante, la más alta e impresionante de las montañas del planeta en la actualidad es relativamente joven. La cordillera del Himalaya se formó, según leo, cuando la actual India -entonces, una isla- colisionó con el continente euroasiático. El choque provocó esa arruga de ocho mil metros de altitud. Y eso sucedió hace solo unos 45 millones de años. Ya no existían dinosaurios; eran pasadas las doce menos cuarto de la noche. Al parecer, la progresiva emergencia de esa cordillera de ocho kilómetros de altura alteró las corrientes de los vientos... Y, unos 5 millones de años después, empezó la actual Edad de Hielo, en uno de cuyos episodios cálidos hemos desarrollado nuestra civilización.

La estratigrafía fue uno de los primeros avances de la geología. Parte de una premisa bastante obvia: cuanto más enterrado, más antiguo. Bueno, no siempre es exactamente así, pero esa sería la idea. Analizando los distintos "estratos" subterráneos, los más sagaces estudiosos del siglo XIX se dieron cuenta de que en cada estrato encontraban unos fósiles característicos. Y en eso se basa la historia del planeta. 

    Si hablamos de millones de años, entonces las montañas sí pueden moverse. De hecho, ¿hay algo más alucinante que la deriva de los continentes? Que el perfil de África occidental coincida con el de perfil oriental de América del Sur parece un gran chiste... pero creo que pocos científicos serios ponen en duda el baile de las masas continentales a lo largo de los millones de años de la historia del planeta, desde Pangea hasta la actualidad. Y todo sigue moviéndose hoy en día.

    La actual Edad de Hielo es muy posterior al episodio conocido como Tierra Bola de Nieve, hace unos 750 millones de años, durante el cual el hielo habría cubierto la práctica totalidad de la superficie del planeta -serían las ocho de la tarde-. No existe un acuerdo unánime a propósito de esta hipótesis, aunque es casi seguro que una gran parte del planeta quedó cubierta por hielo. En algunas latitudes, esas capas de hielo podrían llegar a tener un espesor de 800 metros; en los trópicos, solo unas decenas de metros. Aunque parezca raro, el avance de esos gigantescos glaciares movió enormes piedras y rocas, y modeló el paisaje. El episodio estuvo a punto de acabar con todo rastro de vida en el planeta. Claro que la "vida" estaba entonces representada por "cosas" aún muy primitivas: estromatolitos, cianobacterias... Por cierto, hace poco alguien encontró colonias de estromatolitos en el litoral de Australia. No recuerdo que la noticia de que aún existen seres vivos con más de setecientos millones de antigüedad apareciese en las portadas de los periódicos. 

Tan extraño como ese mundo casi totalmente helado es imaginar los polos sin casquetes polares. Pero hubo un tiempo en que las tierras situadas en la Antártida "estaban cubiertas de plantas y libres de hielo" (BB, 413). Por lo menos, estuvieron así durante seis larguísimos “minutos”, unos 20 millones de años. También hubo un tiempo en el que el actual desierto del Sáhara era una selva húmeda parecida a la que aún hay en el Congo. La progresiva desecación y desertización de África fue provocada, según leo, por la formación del istmo de Panamá, que alteró las corrientes marinas, el ciclo de lluvias y, en consecuencia, el crecimiento de la vegetación. Esa desecación pudo ser el principal desencadenante de que ciertos primates catarrinos arborícolas empezasen a adaptarse a terrenos menos boscosos y más secos. 

En el documental Cómo el clima cambió la historia (Sigrund Laste, 2015), profesores universitarios alemanes subrayan la importancia de los factores climáticos en los acontecimientos históricos y prehistóricos. Sospecho que, en su entusiasmo por enfatizar la importancia de esos factores, exageran un poco o descuidan la trascendencia de otros. Pero no hay ninguna duda de que conocer la condiciones ambientales y climatológicas concretas es del todo necesario para comprender los acontecimientos históricos. Uno tiende a imaginar el África sahariana como un lugar árido y desértico, pero es así desde hace muy poco tiempo. Se han encontrado pinturas prehistóricas en pleno desierto, y en ellas aparecen animales propios de las sabanas. Y quizá se pueda explicar la importancia que adquirió Egipto, -es decir, las fértiles tierras que rodeaban el Nilo-, como resultado de una emigración de refugiados climáticos provenientes del África sahariana. 

Y luego está lo que algunos llaman la “pequeña Edad de hielo”, ya en tiempos plenamente históricos e incluso modernos. Antes de eso, los vikingos colonizaron una tierra a la que pusieron el nombre de Tierra Verde, es decir, Groenlandia. Hoy, Groenlandia es una gran extensión de tierras heladas pero resulta evidente que entonces no debían serlo pues no solo le pusieron ese nombre sino que se instalaron profusamente en ellas. Hasta que llegó la “pequeña Edad de Hielo”. Los autores del documental alemán sostienen que empezó en torno al siglo XIII con grandes erupciones volcánicas en todo el mundo. Esas erupciones lanzaron grandes cantidades de ceniza a la atmósfera, que impidieron el paso de los rayos solares y enfriaron el planeta. Las cenizas tardaron quinientos años en desaparecer. 

Los humanos sí tenemos ocasión de ver en directo algunos fenómenos geológicos; por ejemplo, cuando una isla se hunde o aparece por efecto de una erupción volcánica. En 1815 erupcionó en Indonesia el volcán Tambora. Bryson dice que la explosión fue equivalente a unas 60.000 bombas de Hiroshima. Las cenizas expulsadas formaron una nube que oscureció todo el planeta. Fue un año sin verano, sin cosechas. En 1883 erupcionó otro volcán en Indonesia, el Krakatoa. Levantó una columna de cenizas de unos ochenta kilómetros de altura y sus efectos también se hicieron notar en todo el mundo. 

La actividad volcánica nos recuerda que no vivimos sobre una corteza hueca. El interior de la Tierra es mucho más inexpugnable que el espacio. Pero los volcanes nos dan pistas de lo que sucede en el interior. Y, sí, el Sol es el que nos proporciona el calor necesario para que la Vida se desarrolle pero, en el interior del Planeta hay energías muy poderosas y, de vez en cuando, asoman por la boca de un volcán. 


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[1. Australopiteco (fem)    2. Parántropo     3. Homo habilis (fem)    4. Homo erectus]
[ Ilustraciones de Mauricio Antón] 

    

Dicen los relojes moleculares que nos separamos de nuestros primos los chimpancés hace unos 6 millones de años -día arriba, día abajo-. Pero todo intento de reconstruir la historia de la especie humana a partir de ese punto resulta tan complejo como efímero. Complejo porque disponemos de muy pocos fósiles, muy incompletos e irregularmente repartidos por épocas. Y efímero porque cada nuevo hallazgo lleva a reconstruir la teoría.  

En todo caso, el rasgo más característico de los hominoideos es que eran bípedos. La progresiva desertización del África sahariana y central supuso la sustitución de frondosas selvas por sabanas. En este contexto, algunos de esos monos bajaron de los árboles y empezaron a adaptarse a la vida en tierra. La selección natural favoreció a los que presentaban características más adecuadas para vivir en la sabana. 

La bipedestación resulta una táctica evolutiva bastante extravagante en nuestra línea de mamíferos primates. Por supuesto, hay muchos mamíferos que pueden sostenerse sobre sus dos extremidades posteriores durante unos segundos o minutos, pero prácticamente todos están diseñados para caminar a cuatro patas. Las aves, por el contrario, son prácticamente todas bípedas, aunque por otras razones. 

En todo caso, los hominoideos más arcaicos eran prácticamente como chimpancés, solo que bípedos. No consta que fabricasen herramientas, que cazasen, o que conociesen el fuego. Lucy -o 288-I- era una australopiteca que vivió hace unos 3´5 millones de años. Tenía el tamaño y el aspecto de un chimpancé pero su esqueleto había evolucionado y era bípeda. Parece ser que los autralopitecos se reprodujeron durante más de dos millones de años, lo que sugiere que era una especie bastante bien adaptada a su entorno. Hace unos 2’8 millones hubo drásticos cambios climáticos que podrían explicar su extinción. 

También se han encontrado restos de otro hominoideo, más robusto, que se especializó en ser un gran masticador. Su aspecto sería bastante temible, dada su corpulencia y sus enormes mandíbulas, pero no era carnívoro sino vegetariano. Se alimentaba de unos tallos que exigirían una larga preparación del bolo alimenticio. Se les llama parántropos y vivieron hace entre 2,3 y 1 millón de años. Se extinguieron. 

Dada la gran cantidad de especies que se han propuesto, casi siempre sobre la frágil prueba de un trocito de fósil, divulgadores como Bryson y Arsuaga proponen reducirlas todas a dos grandes cajones de sastre: el homo habilis y el homo erectus. Según Bryson, el homo erectus es la línea divisoria: antes de él, todo era simiesco; después de él, todo es humano. 

Los homo habilis sí fabricaban herramientas, aunque muy simples. Sus restos se fechan entre 1´8 y 1´6 millones de años. El homo erectus tiene una antigüedad similar pero se le asocia con herramientas más sofisticadas. Según las delicadas reconstrucciones de Mauricio Antón para el libro de Arsuaga, lo que ayudaría a un profano a distinguir entre uno y otro sería… la nariz. La del homo habilis está hundida en la cara; la del homo erectus ya es una nariz humana. 

Los individuos que se clasifican como homo erectus fueron los primeros en fabricar herramientas más sofisticadas, en dominar el fuego, en cazar... Hasta entonces, y siguiendo la ancestral tradición primate, los homínidos bípedos habían seguido siendo recolectores de frutos e insectos, quizá carroñeros. Pero, por lo que hace a la pirámide ecológica, se encontraban en la categoría de presas frente a leones, hienas, osos y otros depredadores. Sin embargo, el homo erectus descubrió dos formas de compensar sus notables carencias como corredor y trepador. Ideó unos artilugios con los que se defendía de sus depredadores, y que le convertían a él mismo en depredador. Y, como uno de los hallazgos más memorables en la historia de la especie, descubrió la manera de provocar y mantener fuego. El fuego es un poder de la naturaleza que ningún otro animal salvaje ha logrado dominar. Les proporcionaba calor -en una época mucho más fría que la actual-, ahuyentaba a las bestias salvajes, como sigue sucediendo hoy en día, y les servía para asar la carne que obtenían en sus cacerías. 

    Hay un cierto consenso en la idea de que diversos grupos de esa especie salieron de África y se esparcieron por el continente euroasiático hace un millón de años. Posiblemente, muchos de esos grupos fueron quedando aislados, se fue reduciendo la diversidad genética y evolucionaron en líneas divergentes. La teoría cuenta que el homo erectus emigrado de África devino neandertal en Europa y denisoviano en Asia; aunque los análisis del fémur de Atapuerca podrían proporcionar nuevas pistas sobre todas esas migraciones y cruces.  

Como un millón de años después de ese éxodo, desde África salió otro grupo de homínidos; estos, ya, pertenecientes a la especie del homo sapiens. De nuevo, los sapiens se habrían extendido por todo el continente euroasiático, desde Gibraltar hasta Indonesia -y Australia, aunque no tengo claro si se tiene claro cómo llegaron hasta allí-. Algunos de esos emigrantes se encontraron con las otras especies, los denisovianos en Asia y los neandertales en Europa. Pavorosamente, ninguna de las otras dos especies de humanos sobrevivió. Los últimos neandertales murieron hace tan solo unos 30.000 años, cerca de Gibraltar.

Un estudio de análisis genético que después ha sido muy cuestionado decía que todos los humanos actuales procedemos de unos 10.000 individuos que emigraron de África hace unos 100.000 años. En un estudio posterior, Eric Lander, director del centro Whitehead/MIT, sostenía que todos los europeos actuales procederíamos de unos cuantos cientos de individuos que salieron de África hace unos 25.000 años. Sospecho que los análisis genéticos nos harán dar tantas vueltas como los huesos fósiles.

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Si ya es difícil imaginar un millón de años, así como los miles de millones de años de la larguísima historia del planeta, ¿qué decir del Universo? La teoría actual explica que se formó a partir de una Gran Explosión -Big Bang- y que, antes de esa explosión, no había nada porque no existían ni el Tiempo ni el Espacio, y por lo tanto no tiene sentido hablar de "antes", ni tampoco de un "lugar" donde sucediese esa explosión. Queda clarísimo, vamos. 

Hasta hace muy poco, todos los humanos que se preguntaban por el mundo y el universo tenían que conformarse con las explicaciones teóricas de los astrónomos, no siempre exentas de extravagancias o conceptos difíciles de asimilar; y, en el mejor de los casos, con las ilustraciones de los artistas. Sin embargo, hoy disponemos de muchas, precisas y preciosas imágenes de nuestra querida bola azul. Los humanos hemos sido capaces de colocar algunas naves en órbita, provistas de cámaras fotográficas y equipos de radiotransmisión; una gran cantidad de satélites fotografían el planeta a cada minuto. Y algunos afortunados seres humanos de nuestro tiempo han tenido el privilegio de ver el planeta desde fuera, como nunca lo vio ninguno de los humanos de nuestro largo linaje.

    Los humanos no encontramos comida ni energía en el espacio -por lo menos, hasta ahora-. Por el contrario, lanzar un cohete supone un gasto inmenso de recursos. Ahora bien, aquí podría preguntarme a lo Jared Diamond, ¿por qué los tiburones no lanzan cohetes al espacio? Teniendo en cuenta que su linaje es mucho más antiguo que el nuestro, ¿no deberían haberse anticipado a nosotros en la carrera espacial? 

    Bueno, supongo que a los tiburones no les proporcionaría ninguna ventaja adaptativa enviar cohetes al espacio; en general, les ha ido bastante bien a lo largo de los millones de años que llevan viviendo y reproduciéndose. A los humanos quizá tampoco nos la proporcione, pero es la consecuencia de nuestro instinto de curiosidad. 

    Sería difícil explicar la evolución de nuestra especie sin recurrir a la curiosidad. Solo a partir de cierto estado de atención no relacionada con el alimento, el peligro o la reproducción, a los más antiguos sapiens se les pudo ocurrir fabricar determinadas herramientas con piedras, y luego con huesos, y aprovechar las pieles de los herbívoros que cazaban para protegerse del frío, y poner una mecha para que las chispas que producía el roce entre piedras pudiese prender en una llama permanente… 

    Lo que quiero decir es que nuestra civilización nos ha traído ininterrumpidamente hasta aquí. No nos conformamos con inventar aparatos que nos permitan volar a más altura y más velocidad que el más veloz de los pájaros, sino que nos empecinamos en lanzar cohetes más allá de la estratosfera. En todas las épocas ha habido humanos que salían a explorar territorios desconocidos por pura curiosidad. Algunas películas recientes que recrean la vida de los exploradores polares les presentan como tipos con egos enormes, dispuestos a jugarse la vida solo por el honor de ser los primeros en llegar a tal o cual lugar. Eran tiempos en los aún quedaban en el planeta muchos lugares inhóspitos que pisar por primera vez.

    Pero siempre han existido exploradores de territorios desconocidos, impelidos por la pura curiosidad y dispuestos a arrostrar penalidades y peligros. Nuestra curiosidad, nuestro instinto de exploración es lo que nos ha traído hasta aquí. Y sospecho que es algo que no se puede detener o reprimir. Se puede prohibir en nombre de los dioses, de un solo dios, de un caudillo, de una utopía, pero es un instinto irreprimible. Todos los humanos estamos dotados de ese instinto de curiosidad, de exploración, de ir un poco más allá de la mera satisfacción de las necesidades fisiológicas. 

    Se dice que el homo erectus tenía un espíritu aventurero pero la causa del éxodo africano quizá no fuese tanto el espíritu aventurero de la especie sino cambios en el entorno que forzaron a los homo erectus y a los homo sapiens a buscar alimentos más allá de su entorno natural. Sin embargo, el espíritu aventurero resultó ser adaptivo, pues les permitió sobrevivir. No fue cosa de una sola generación. Descendientes directos de personas nacidas en algún lugar de África recorrieron miles y miles de kilómetros hasta llegar al estrecho de Bering, a través del cual se adentraron en un continente nuevo, que no tardaron en colonizar de norte a sur. 

Claro que la curiosidad también tiene un precio. La mayoría de los grandes inventores estaban -o están- bastante locos. Algunos de los primeros que trataron de construir aparatos voladores se estrellaron mortalmente contra el suelo. No pocos exploradores de tierras ignotas perecieron en el intento de encontrarlas o de regresar de ellas. La señora Curie murió de una leucemia causada por sus continuados experimentos con sustancias radioactivas… 

    El vértigo también procede de lo pequeño, de lo microscópico. Bryson proporciona unas cuantas cifras que acumulan casi tantos ceros como el propio Universo. La célula era algo así como la pieza más elemental de lo que está vivo, según mis vaguísimos recuerdos escolares. Pero dentro de una célula ocurren muchas cosas y a gran velocidad. Sherwin Nuland sostiene que hay un mínimo de 100 millones de moléculas de proteínas dentro de una sola célula. Y nuestro cuerpo está formado por -célula arriba, célula abajo- unos 10.000 trillones de células.  

Otra cifra espantosamente inimaginable es el llamado número de Avogadro, que vendría a ser la cantidad de moléculas que hay en aproximadamente un gramo de cualquier sustancia: un número de veintitrés cifras, fuera del alcance de nuestra imaginación.  

Así pues, se da la paradoja de que conocemos muchísimo mejor que nuestros antepasados cómo es el planeta en el que vivimos, pero la inmensidad del espacio y de las dimensiones nanoscópicas no hace sino aumentar y multiplicar nuestros interrogantes, nuestra ignorancia, nuestra perplejidad, nuestra curiosidad.


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La ballena azul es el animal más grande que ha existido jamás sobre la Tierra, más grande incluso que los mayores dinosaurios que conocemos. Siempre me ha parecido muy misteriosa la evolución de los mamíferos que regresaron al mar. Como es bien sabido, la vida se originó en el mar; luego, algunas especies de “peces” aprendieron a procesar el oxígeno del aire. Más adelante, esos “peces” desarrollaron patas para caminar sobre tierra o alas para volar. Los mamíferos ya existían en el Jurásico, aunque solo como especies de poco tamaño, furtivas y discretas. ¿Por qué algunas de esas especies regresaron al mar?

Sin recurrir al Packicetus, que algunos consideran el antepasado terrestre de los cetáceos, resulta que el pariente vivo más próximo de ballenas y delfines es el hipopótamo. Bueno, más allá de los análisis de ADN que apuntan en esa dirección y de las similitudes en la estructura del oído, no es difícil imaginar al hipopótamo -caballo de río, en griego- como un pariente próximo de los cetáceos. Los hipopótamos se pasan el día metidos en el agua. Aunque el peso enorme de su esqueleto les impide nadar, se desplazan con inaudita fluidez por los pasadizos acuáticos del delta del Okavango, en Botswana, según he visto recientemente en un documental. “El agua es el santuario del hipopótamo”, dice el narrador. El agua les refresca, les proporciona vegetación de la que alimentarse, les protege de depredadores. Aunque no hay muchos depredadores que se atrevan con él, incluidos los feroces leones y los aún más temibles cocodrilos. El hipopótamo tiene un carácter agresivo, a diferencia de la mayoría de los cetáceos; es un herbívoro más peligroso y mortal que cualquier carnívoro africano. 

    Con sus enormes cabezas, los hipopótamos emiten vibraciones submarinas que les permiten comunicarse por debajo del agua con sus semejantes, de un modo parecido a como lo hacen las ballenas. De hecho, su cercanía con los cetáceos reside precisamente en la estructura del oído, que les permite percibir e interpretar esas vibraciones submarinas. El voluminoso cuerpo de los hipopótamos se mueve con pesadez cuando actúa como cuadrúpedo sobre tierra firme pero resulta muy hidrodinámico cuando bucea. Diríase que el hipopótamo es un pre-cetáceo ansioso de regresar al mar; que ya ha empezado a transformar su oído para poder comunicarse con los suyos bajo el agua, y que su característico malhumor procede de su impaciencia por seguir siendo un hipopótamo y aún no un hipotalaso, o caballo de mar. 

    Hay otros mamíferos que también llevan una intensa vida acuática y marina: focas, morsas, leones marinos... También sus cuerpos son muy hidrodinámicos: nadan y bucean con mucha agilidad, y se mueven con torpeza en tierra firme. Pero estas especies de pinnídeos resultan estar más cerca de perros y osos que de delfines y ballenas. Diríase que en realidad no han vuelto al mar; sencillamente, viven muy cerca de él, en el litoral, habiendo desarrollado extraordinarias aptitudes natatorias. No son animales marinos, son pescadores.  

De nuevo, vuelvo a recorrer las páginas de la WKPD fascinado ante la cantidad de especies animales que han existido alguna vez sobre el planeta. En la escuela nunca nos hablaron de ellas, acaso porque las consideraban “experimentos fallidos”, a diferencia de las especies actuales, que parecían destinadas a perdurar para siempre. La afición a los dinosaurios ha corregido solo un poco esta situación. Pero ¿cómo es posible que nadie me hablase nunca de los gigantescos moas, extinguidos hace solo unos quinientos años? 

Claro que si en la escuela ya era complicado hacerse una idea aproximada y simplificada del Árbol de la Vida -grosso modo, estaban los invertebrados y los vertebrados; y, dentro de estos, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos-, mucho más complicado sería hacerse una idea de especies que existieron pero con las que los humanos no hemos tenido nunca ni la más remota relación; no aparecen en las pinturas rupestres, ni en nuestras canciones, ni en nuestras ceremonias, ni en nuestro inconsciente colectivo. 


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En estos días, estoy comprendiendo un poco mejor las reticencias de Darwin a publicar sus ideas sobre la evolución de las especies. Lo peor de su teoría no es que diga que “venimos del mono”. En realidad, venimos de cosas peores, si puede decirse así, o menos dignas, como pequeños animales con hocico, nocturnos, no más grandes que un conejo. Y si retrocediésemos más, tendríamos que rastrear nuestros antepasados entre bichos marinos muy poco glamurosos. 

Lo que ocurre con la teoría darwiniana es que rompe los esquemas antropocéntricos. Es algo que aún no hemos acabado de asimilar, ¡nos parece tan evidente que los humanos nos hemos convertido en la especie dominante del planeta, gracias a nuestra curiosidad, a nuestros poderes cerebrales, a nuestra inventiva! La población crece geométricamente en los últimos tiempos y la producción de alimentos -muy injustamente repartidos- es la mayor en la historia de la civilización. 

Y, no obstante, somos unos recién llegados al planeta, nuestra historia como especie es brevísima; los tiburones llevan aquí desde poco después de las diez. Bien mirado, como sugiere Bryson, tampoco somos los más numerosos si contamos ciertos insectos, microbios, bacterias. Y tampoco se puede decir que seamos los mejor adaptados. 

En todo caso, nuestra supervivencia depende de un hilo finísimo. Si la temperatura global subiese o bajase cinco o seis grados, las consecuencias serían catastróficas. Y aunque es obvio y urgente que los humanos diseñemos una estrategia de producción sostenible, el clima del planeta depende de factores cósmicos del todo ajenos a nosotros. La órbita irregular de la Tierra alrededor del Sol -en ciclos que se repiten cada 100.000 años- y el ligero desplazamiento del eje de rotación de la Tierra sobre sí misma -en ciclos que se repiten cada 40.000 años- afectan muy directamente al clima. La Vida en todas sus manifestaciones -desde las plantas que realizan la fotosíntesis hasta los animales grandes que se alimentan de ellas- responde a esos cambios; y algunas especies se extinguen y otras evolucionan. 

Los humanos lo compartimos prácticamente todo con los otros animales. Nuestro esqueleto es un plan que compartimos con todos los animales que antes se llamaban vertebrados y hoy cordados, desde por lo menos las once y pico de la noche. Tenemos esqueleto, sangre, pulmones… como muchos otros animales. 

Así pues, las teorías de Darwin nos devuelven a una conciencia distinta respecto a quiénes somos y qué hacemos aquí. Sin duda, en tiempos prehistóricos los sapiens no se sentían tan lejos de las bestias como nosotros, los modernos que hemos nacido y vivido en ciudades. Los dibujos y pinturas más antiguos representan a muchos animales. Los animales eran su fuente de alimentación, les proveían de pieles y huesos. También eran un peligro mortal. Sin duda, les brindaban información sobre el entorno. Es probable que no se sintiesen tan distintos o distantes de los otros animales como nosotros. 

Nosotros tenemos que romper con la inercia de la ignorancia y el antropocentrismo a través del conocimiento. Somos más o menos lo mismo que un pez, una mosca, un canguro. Los viejos cánticos panteístas tenían razón: todo es dios, toda la Vida es la misma cosa. Prendió en un momento preciso de la historia del planeta, quizá cabalgando a lomos de un meteorito, y desde entonces ha conseguido reproducirse sin cesar, en millones de formas o especies, algunas tan grandiosas y gigantescas como la ballena azul.  

Nada garantiza que la especie humana vaya a perpetuarse durante miles de años, así que vale la pena aprovechar el clima circunstancialmente muy benigno del que gozamos para representar nuestro modesto papel en la Gran Novela de la especie.