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| Primera página de Las civilizaciones de la India, edición de 1901, por Montaner y Simon (Barcelona) |
Cuando empecé a leer Las civilizaciones de la India me di cuenta de que todo lo que
sabía de la geografía de este gran subcontinente era que formaba una especie de
triángulo invertido por debajo de la cordillera helada del Himalaya, y nada
más. No podía situar la meseta del Decán, los dos ríos principales (el Indo y
el Ganges), los montes Vindhya, el río Krishna, regiones como Bengala, Punyab,
Rajastán o Cachemira, ciudades principales como Bombay, Calcuta, Delhi,
Benarés… Así que en seguida tuve que buscar un mapa, y empezar a localizar
todos estos nombres.
No
fue tan fácil como pensaba. En los mapas políticos no aparecen los accidentes
geográficos; en los mapas físicos, no aparecen las ciudades o regiones
importantes. Y no solo tuve que buscar ciudades que aún existen, sino también
otras que ya no existen, lo cual era como buscar Cartago o Barcino Nova en una
mapa actual del Mediterráneo. Por otro lado, y como explica el propio autor,
algunas poblaciones tienen hasta más de diez nombres distintos, dependiendo de
las distintas lenguas y dialectos de los pueblos que las ocuparon, y de los
nombres que les dieron las poblaciones vecinas (42 II). ¡Cuánto más, un siglo y
medio después, tras innumerables acontecimientos políticos y revisiones
ortográficas!.
La
obra fue escrita entre 1884 y 1887, por lo que presumí que algunos datos
históricos podrían ser incorrectos. Pero esto no me preocupaba demasiado. No
soy historiador, ni he llevado a cabo una masiva constrastación de datos, pero creo
que las líneas históricas trazadas coinciden en general con lo que se encuentra hoy en otras fuentes. En cambio, sí
me parecieron preocupantes ciertas expresiones, interpretaciones o
planteamientos del autor que, vistos desde la perspectiva de 125 años después,
resultaban bastante pintorescos, si no abiertamente racistas.
Claro
que Gustave Le Bon escribió esta obra entre 1884 y 1887, antes de que los nazis
perpetrasen sus atrocidades en nombre de la “raza aria”, y antes de que las más
modernas teconologías desvelasen algunos hechos que entonces permanecían
invisibles. Hoy en día, por ejemplo, parece aceptado unánimanente –y mientras
no se demuestre lo contrario- que, pese a su aparente diversidad, todos los
habitantes que hoy pueblan el planeta pertenecen a una misma “raza”, descienden
de unos mismos antepasados genéticos; algunos incluso se atreven a sugerir que
los miles de millones de habitantes actuales descendemos de un reducido grupo
de solo 600 individuos. Casi nadie habla ya de “razas”, se prefieren otros
conceptos como “etnia”, “cultura”, “comunidad étnico-lingüística”, “etnocultura”,
etc…
Por
otro lado, y en relación al espíritu de las razas o los pueblos, me sumo a las
tesis radicalmente antirracistas de J Diamond: todas las “razas” (o grupos
étnico-culturales) son igualmente capaces, y su desarrollo depende de los
nichos ecológicos que ocupan; una misma “raza” produce adaptaciones distintas
en nichos distintos, y “razas” distintas llegan a adaptaciones parecidas en
nichos ecológicos similares. Diamond
propone la colonizacion de la Polinesia como un muy ilustrativo ejemplo de lo
primero. Las primeras naves alcanzaron esas remotas islas hacia 1200 aec, y
hacia 500 ec ya habían sido ocupadas casi todas las pequeñas islas habitables
de esos archipiélagos. Todos los colonos procedían de una misma civilización:
agrícola, con perros, cerdos y pollos domesticados, etc… Pero, a través de los
siglos, y de acuerdo con las condiciones de cada isla, o incluso con las de
cada zona de una misma isla (dependiendo del “clima, el tipo geológico, los recursos marinos disponibles, la
superficie de la isla, la fragmentación del terreno y el aislamiento de esa
isla respecto a las demás” (68)), los herederos de una misma civilización
desarrollaron civilizaciones distintas, tan variopintas como lo eran los
distintos nichos ecológicos que encontraron. Así, en las pequeñas y remotas
islas Chatham, donde no eran viables ni el cultivo ni la domesticación de
animales, los polinesios regresaron al modo de vida cazador-recolector, sin más
instrumentos que unos pocos “palos y
bastones”, habitando en cabañas livianas, viviendo en grupos reducidos, con
un jefe que apenas se distinguía de los demás… Mientras que en Hawai, donde sí
hay tierra cultivable y ríos que proporcionan agua, etc…, los mismos polinesios
desarrollaron una civilización más compleja, de poblaciones densas, capaces de
ejecutar grandiosas obras de regadío, con templos, y una sofisticada artesanía
que producía una “capas de plumas” con miles de plumas para sus jefes
semidioses…
Así pues, comprendí que tenía que leer a Le Bon
contextualizándolo en su época, comprendiendo los mimbres intelectuales con los
que urde su obra. En la segunda mitad del siglo XIX, hubo una explosión
de progresos científico-filosóficos destinados a cambiar nuestra visión del
mundo. Los científicos materialistas estaban convencidos de que la Historia era
un progreso siempre hacia delante. Darwin
había publicado su teoría sobre la evolución de las especies en 1859, Sigmund
Freud aún no había elaborado su teoría del inconsciente, Karl Marx había
publicado el primer volumen de El Capital en 1867…
Pero,
¿quién era Gustave Le Bon?. Excitado por su prosa seductora y por lo ambicioso
de su proyecto, por la expectativa de sumergirme en un viaje a la India a
través de los siglos de la mano de un hombre del siglo XIX, y, a la vez, confudido
por la franqueza de sus opiniones, que calificaría de políticamente muy
incorrectas, me pregunté quién era aquel tal Gusatve Le Bon.
Algunas enciclopedias como el Gran Larouse Català no
le mencionan. Otras, como el Diccionario Básico Espasa, sí: “sociólogo y etnógrafo francés”. La enciclopedia
virtual Wikipedia dice que fue “psicólogo
social, físico aficionado y sociólogo”. Otros le describían maliciosamente
como médico de provincias. En 1922,
Santiago Valentí le calificaba de “etnógrafo,
arqueólogo, biólogo y sociólogo”. Pero la retahíla más adecuada quizá sea “médico, etnólogo, psicólogo y sociólogo”,
ya que de algún modo retrata también su evolución intelectual.
Gustave Le Bon [Nogent-le-Rotrou 1841, París 1931] estudió Medicina, y empezó escribiendo sobre cuestiones
médicas y enfermedades urito-genitales, entre otras cuestiones. Más adelante,
viajó por Europa, África y Asia, diseñó aparatos, escribió sobre antropología,
sobre la civilización árabe.
En 1884, el Gobierno francés le encargó un censo de
los monumentos de la India. Le Bon recorrió el país, fotografió los monumentos,
se acercó a los nativos menos civilizados, repasó su Historia y sus religiones,
usos, costumbres, libros y leyendas, y plasmó todo ese trabajo en su libro Las civilizaciones de la India (1887). Una segunda
obra, compuesta solo por ilustraciones, apareció unos años más tarde, con el
título de Monumentos de la India
(1894).
En Las civilizaciones… es muy evidente que
Le Bon abarca no solo los elementos concretos que componen una civilización
(historia, religión, monumentos, obras literarias, etc, etc…), sino también
reflexiones sobre el devenir y el espíritu de los pueblos, por no hablar de sus
teorías sobre las razas y los cruces raciales.
En aquel mismo año de 1894, Le Bon publicó Las leyes psicológicas de la evolución de
los pueblos, y un año después su obra más reconocida, La psicología de las multitudes. En fin, el polígrafo francés siguió
escribiendo libros; sobre el socialismo, sobre el proletariado, sobre la
Revolución Francesa, al parecer con poco acierto, y algunos libros sobre
Física, de acierto irregular. Pero era un autor de éxito.
Imagino a Le Bon como un científico muy propio de su
época, un espíritu curioso que observa, anota, registra con precisión, con una
fe en sus propias observaciones que hoy quizá se nos antoja epistemológicamente
ingenua. Su regla de oro es la observación rigurosa y precisa. Sus opiniones y
gustos particulares son explícitos, lo que le lleva a reconocer méritos y
errores, si son evidentes. Elogia a los británicos como colonizadores de la
India, pero no les ahorra ironías a propósito de la “guerra del opio”[1].
En el
capítulo que Santiago Valentí le dedicó en su libro Ideólogos, teorizantes y videntes, (1922) dice que Le Bon es “uno de los pensadores más profundos y originales de
nuestro tiempo”. No obstante, en algunos fragmentos de ese capítulo se
advierte un esfuerzo por relativizar los errores o deslices ideológicos de Le
Bon. “Le Bon considera perniciosa la
influencia igualitaria, ejercida por la Revolución, olvidando que es este uno
de los mayores timbres de gloria de los propugnadores de aquel admirable movimiento
y la conquista más preciada de la democracia, porque de ella deriva todo el
movimiento ascensional del proletariado”.
Valentí
era un hombre de ideas progresistas. También lo era el traductor de Las civilizaciones…, Francisco Pi y
Arsuaga, hijo del efímero presidente de la Primera República española, Francisco
Pi y Margall, y, como su padre, político de ideario progresista aunque de menor
proyección.
Entonces,
¿en qué quedamos?, ¿era Le Bon un racista?, ¿era solo un científico constatando
datos?... Según Valentí, “combatió con
denuedo los prejuicios dondequiera que los hallara, sin otro propósito que el
de hacer triunfar las conquistas de la Ciencia contemporánea”. Así que en la rica y compleja
sopa ideológica de finales del siglo XIX y principios del XX, los progresistas podían sentirse próximos a los
científicos, aunque éstos sostuviesen tesis filosóficas rayanas en el racismo.
El historiador Peter Gay, en su biografía sobre S.
Freud, define a “Gustave Le Bon, el más
ampliamente leído de los psicólogos de las multitudes” como un “divulgador ecléctico de la ciencia
contemporánea” (454). Pero también explica que la mayoría de los escritores
que se ocuparon de los temas de psicología social eran “aficionados tendenciosos”; es decir, personas de otras disciplinas
(periodismo, literatura, medicina…) que se ocupaban del fenómeno de las masas o
las multitudes sobre todo para advertir de sus peligros.
Ahora bien, ¿sería despreciable el pensamiento de un
autor que inspiró al propio Sigmund Freud?. A propósito de la génesis de La psicología de las masas y análisis del yo,
Gay dice que “Freud se había impregnado
de los ensayos y monografías que psicólogos de las multitdues, desde Gustave Le
Bon hasta Wilfred Trotter, habían estado publicando en los últimos años, y los
utilizó como estímulos para su pensamiento” (452).
Leo en la Wikipedia que Le Bon gozaba de una
excelente reputación intelectual, y que en torno a 1902, organizaba encuentros
semanales con figuras prominentes para analizar temas de actualidad. Entre los
asistentes a esos almuerzos de los
miércoles estaban Paul Valery, Henri Bergson, Henri y Raymond Poincaré…
Algunos le compararon con Darwin y Lamarck.
Sin embargo, al final del libro, Le Bon nos somete a
la prueba más dura como lectores modernos. Podría decirse que su análisis de la
situación en el momento en que escribe -1887, bajo la ocupación británica-, es
todo un programa colonialista; sin tapujos, recatos o pudores, colonialismo al
desnudo. Valora así los resultados obtenidos por los británicos en la India: “Son en verdad maravillosos, y tanto más
cuanto la India, como dice con razón M. Harmand, no cuesta cinco céntimos, tal
como suena, al Reino Unido. La India paga hasta los gastos del ministerio de la
India, hasta los fusiles y las bayonetas de los soldados ingleses que tiene
allí de guarnición, y hasta los gastos de las campañas en que su ejército
indígena lleva a cabo fuera de los límites de la India” (277 II).
Sería casi de risa, pero es más bien para ponerse a
llorar. Más aún, si tenemos en cuenta que había cerca de doscientos ochenta
millones de indios por solo unas decenas de miles de funcionarios y militares
británicos. Fue otro de esos brutales choques entre civilizaciones separadas
por un abismo, como la llegada de los españoles a América en 1492.
La enésima versión de la explotación de la mayoría
por una minoría extranjera puede explicarse con argumentos varios: los
británicos supieron azuzar la rivalidad entre los distintos rajás y emperadores
a su favor; no trataron de ocupar todo el territorio sino solo ciertas
ciudades, regiones o pasos… Pero no se puede olvidar la decisiva intervención
militar, el ejercicio de la fuerza bruta, los fusiles y cañones.
Me ha sorprendido saber que durante cerca de dos
siglos y medio, la ocupación británica no la llevó a cabo la nación británica, sino empleados de la
Compañía Británica de las Indias Orientales, una empresa fundada en 1600, a la
que la reina de Inglaterra concedió el monopolio del comercio con la India. Los
empleados de la Compañía fueron haciéndose con el control del vasto
subcontinente desde esa fecha. Solo dos siglos y medio después, en 1857, tras la
llamada “revuelta de los cipayos” -mercenarios indígenas, contratados por el
ejército británico- que puso el país en pie de guerra contra los ocupantes, la
Corona inglesa se hizo cargo oficialmente del poder.
La represión fue tan sanguinaria como habían sido
los levantamientos y las luchas. Cuando supe lo que hicieron con los cipayos,
quise pensar que no lo había entendido bien, quise apartar rápidamente de mi
cerebro aquella imagen confusa y perturbadora… Pero, algunos días después, mientras
recopilaba datos en Internet, vi un grabado que reproducía la escena. En el
grabado, “cipayo” ya no es una palabra sino hombres barbudos, con
turbantes y vestidos blancos, atados a la boca de un cañón. Puedes ver la parte
mecánica del asunto, cómo los ataron a la punta del cañón trabándoles los
brazos con un madero que les pasaba por debajo del sobaco. Cuatro soldados ingleses se mantienen firmes, en las
cuatro esquinas de cada pieza de artillería. Los cañones son muy estrechos,
delgados; las balas debían tener el tamaño de una naranja.
¿Cuánto tiempo dura el dolor cuando una bala de
cañón te destroza el abdomen?, ¿cuánto tiempo sigue sintiendo de forma consciente el cerebro?. Pero para los cipayos,
que eran hinduístas, aún había algo peor. Morir de aquella manera, con los
restos corporales esparcidos por ahí, impedía que su espíritu volviese a
reencarnarse para seguir su ciclo de muertes y renacimientos, ¡les condenaba a
vagar por la eternidad!.
Eso hizo la nación –supuestamente- más civilizada
del mundo hace apenas un siglo.
Decidí, al fin, que profundizar en la auténtica ideología de Le Bon era una
tarea muy compleja, que caía fuera de mis propósitos; y, en conclusión, diría que Le Bon fue un escritor de prosa seductora, un pensador
curioso y ambicioso, un científico pulcro, un tipo corajudo, capaz de viajar
por los lugares más recónditos de la India montado en elefante y de emocionarse visitando de noche los templos subterráneos budistas… Pero sus tesis
conservadoras, eurocentristas, colonialistas, machistas, solo pueden ser leídas
desde nuestro sillón del siglo XXI con la distancia de todo el tiempo que ha
pasado, y de todo lo que hemos aprendido desde entonces.
[1] “Las
cantidades prodigiosas de opio que consume China le son casi totalmente
proporcionadas por Inglaterra, que las saca del suelo indo. Harto sabido es
cuánta fue la indignación del gobierno británico cuando los soberanos del
Celeste Imperio quisieron preservar a sus súbditos de los efectos de tan
funesto veneno (…) entonces estalló aquella famosa “guerra del opio”, después
de la cual, vencedores los ingleses, forzaron a China a recibir de nuevo el
opio de las Indias…” (69).


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