miércoles, 12 de noviembre de 2014

El viaje a la India de Gustave Le Bon

                

Primera página de Las civilizaciones de la India, edición de 1901, por Montaner y Simon (Barcelona)


Cuando empecé a leer Las civilizaciones de la India me di cuenta de que todo lo que sabía de la geografía de este gran subcontinente era que formaba una especie de triángulo invertido por debajo de la cordillera helada del Himalaya, y nada más. No podía situar la meseta del Decán, los dos ríos principales (el Indo y el Ganges), los montes Vindhya, el río Krishna, regiones como Bengala, Punyab, Rajastán o Cachemira, ciudades principales como Bombay, Calcuta, Delhi, Benarés… Así que en seguida tuve que buscar un mapa, y empezar a localizar todos estos nombres.
                No fue tan fácil como pensaba. En los mapas políticos no aparecen los accidentes geográficos; en los mapas físicos, no aparecen las ciudades o regiones importantes. Y no solo tuve que buscar ciudades que aún existen, sino también otras que ya no existen, lo cual era como buscar Cartago o Barcino Nova en una mapa actual del Mediterráneo. Por otro lado, y como explica el propio autor, algunas poblaciones tienen hasta más de diez nombres distintos, dependiendo de las distintas lenguas y dialectos de los pueblos que las ocuparon, y de los nombres que les dieron las poblaciones vecinas (42 II). ¡Cuánto más, un siglo y medio después, tras innumerables acontecimientos políticos y revisiones ortográficas!.
                La obra fue escrita entre 1884 y 1887, por lo que presumí que algunos datos históricos podrían ser incorrectos. Pero esto no me preocupaba demasiado. No soy historiador, ni he llevado a cabo una masiva constrastación de datos, pero creo que las líneas históricas trazadas coinciden en general con lo que se  encuentra hoy en otras fuentes. En cambio, sí me parecieron preocupantes ciertas expresiones, interpretaciones o planteamientos del autor que, vistos desde la perspectiva de 125 años después, resultaban bastante pintorescos, si no abiertamente racistas.
                Claro que Gustave Le Bon escribió esta obra entre 1884 y 1887, antes de que los nazis perpetrasen sus atrocidades en nombre de la “raza aria”, y antes de que las más modernas teconologías desvelasen algunos hechos que entonces permanecían invisibles. Hoy en día, por ejemplo, parece aceptado unánimanente –y mientras no se demuestre lo contrario- que, pese a su aparente diversidad, todos los habitantes que hoy pueblan el planeta pertenecen a una misma “raza”, descienden de unos mismos antepasados genéticos; algunos incluso se atreven a sugerir que los miles de millones de habitantes actuales descendemos de un reducido grupo de solo 600 individuos. Casi nadie habla ya de “razas”, se prefieren otros conceptos como “etnia”, “cultura”, “comunidad étnico-lingüística”, “etnocultura”, etc…  
                Por otro lado, y en relación al espíritu de las razas o los pueblos, me sumo a las tesis radicalmente antirracistas de J Diamond: todas las “razas” (o grupos étnico-culturales) son igualmente capaces, y su desarrollo depende de los nichos ecológicos que ocupan; una misma “raza” produce adaptaciones distintas en nichos distintos, y “razas” distintas llegan a adaptaciones parecidas en nichos ecológicos similares. Diamond propone la colonizacion de la Polinesia como un muy ilustrativo ejemplo de lo primero. Las primeras naves alcanzaron esas remotas islas hacia 1200 aec, y hacia 500 ec ya habían sido ocupadas casi todas las pequeñas islas habitables de esos archipiélagos. Todos los colonos procedían de una misma civilización: agrícola, con perros, cerdos y pollos domesticados, etc… Pero, a través de los siglos, y de acuerdo con las condiciones de cada isla, o incluso con las de cada zona de una misma isla (dependiendo del “clima, el tipo geológico, los recursos marinos disponibles, la superficie de la isla, la fragmentación del terreno y el aislamiento de esa isla respecto a las demás” (68)), los herederos de una misma civilización desarrollaron civilizaciones distintas, tan variopintas como lo eran los distintos nichos ecológicos que encontraron. Así, en las pequeñas y remotas islas Chatham, donde no eran viables ni el cultivo ni la domesticación de animales, los polinesios regresaron al modo de vida cazador-recolector, sin más instrumentos que unos pocos “palos y bastones”, habitando en cabañas livianas, viviendo en grupos reducidos, con un jefe que apenas se distinguía de los demás… Mientras que en Hawai, donde sí hay tierra cultivable y ríos que proporcionan agua, etc…, los mismos polinesios desarrollaron una civilización más compleja, de poblaciones densas, capaces de ejecutar grandiosas obras de regadío, con templos, y una sofisticada artesanía que producía una “capas de plumas” con miles de plumas para sus jefes semidioses…      

Así pues, comprendí que tenía que leer a Le Bon contextualizándolo en su época, comprendiendo los mimbres intelectuales con los que urde su obra. En la segunda mitad del siglo XIX, hubo una explosión de progresos científico-filosóficos destinados a cambiar nuestra visión del mundo. Los científicos materialistas estaban convencidos de que la Historia era un progreso siempre hacia delante. Darwin había publicado su teoría sobre la evolución de las especies en 1859, Sigmund Freud aún no había elaborado su teoría del inconsciente, Karl Marx había publicado el primer volumen de El Capital en 1867…  
Pero, ¿quién era Gustave Le Bon?. Excitado por su prosa seductora y por lo ambicioso de su proyecto, por la expectativa de sumergirme en un viaje a la India a través de los siglos de la mano de un hombre del siglo XIX, y, a la vez, confudido por la franqueza de sus opiniones, que calificaría de políticamente muy incorrectas, me pregunté quién era aquel tal Gusatve Le Bon.
Algunas enciclopedias como el Gran Larouse Català no le mencionan. Otras, como el Diccionario Básico Espasa, sí: “sociólogo y etnógrafo francés”. La enciclopedia virtual Wikipedia dice que fue “psicólogo social, físico aficionado y sociólogo”. Otros le describían maliciosamente como médico de provincias. En 1922, Santiago Valentí le calificaba de “etnógrafo, arqueólogo, biólogo y sociólogo”. Pero la retahíla más adecuada quizá sea “médico, etnólogo, psicólogo y sociólogo”, ya que de algún modo retrata también su evolución intelectual.
Gustave Le Bon [Nogent-le-Rotrou 1841, París 1931] estudió Medicina, y empezó escribiendo sobre cuestiones médicas y enfermedades urito-genitales, entre otras cuestiones. Más adelante, viajó por Europa, África y Asia, diseñó aparatos, escribió sobre antropología, sobre la civilización árabe.
En 1884, el Gobierno francés le encargó un censo de los monumentos de la India. Le Bon recorrió el país, fotografió los monumentos, se acercó a los nativos menos civilizados, repasó su Historia y sus religiones, usos, costumbres, libros y leyendas, y plasmó todo ese trabajo en su libro Las civilizaciones de la India (1887). Una segunda obra, compuesta solo por ilustraciones, apareció unos años más tarde, con el título de Monumentos de la India (1894).
 En Las civilizaciones… es muy evidente que Le Bon abarca no solo los elementos concretos que componen una civilización (historia, religión, monumentos, obras literarias, etc, etc…), sino también reflexiones sobre el devenir y el espíritu de los pueblos, por no hablar de sus teorías sobre las razas y los cruces raciales.
En aquel mismo año de 1894, Le Bon publicó Las leyes psicológicas de la evolución de los pueblos, y un año después su obra más reconocida, La psicología de las multitudes. En fin, el polígrafo francés siguió escribiendo libros; sobre el socialismo, sobre el proletariado, sobre la Revolución Francesa, al parecer con poco acierto, y algunos libros sobre Física, de acierto irregular. Pero era un autor de éxito.
Imagino a Le Bon como un científico muy propio de su época, un espíritu curioso que observa, anota, registra con precisión, con una fe en sus propias observaciones que hoy quizá se nos antoja epistemológicamente ingenua. Su regla de oro es la observación rigurosa y precisa. Sus opiniones y gustos particulares son explícitos, lo que le lleva a reconocer méritos y errores, si son evidentes. Elogia a los británicos como colonizadores de la India, pero no les ahorra ironías a propósito de la “guerra del opio”[1].
 En el capítulo que Santiago Valentí le dedicó en su libro Ideólogos, teorizantes y videntes, (1922) dice que Le Bon es “uno de los pensadores más profundos y originales de nuestro tiempo”. No obstante, en algunos fragmentos de ese capítulo se advierte un esfuerzo por relativizar los errores o deslices ideológicos de Le Bon. “Le Bon considera perniciosa la influencia igualitaria, ejercida por la Revolución, olvidando que es este uno de los mayores timbres de gloria de los propugnadores de aquel admirable movimiento y la conquista más preciada de la democracia, porque de ella deriva todo el movimiento ascensional del proletariado”.
Valentí era un hombre de ideas progresistas. También lo era el traductor de Las civilizaciones…, Francisco Pi y Arsuaga, hijo del efímero presidente de la Primera República española, Francisco Pi y Margall, y, como su padre, político de ideario progresista aunque de menor proyección.  
Entonces, ¿en qué quedamos?, ¿era Le Bon un racista?, ¿era solo un científico constatando datos?... Según Valentí, “combatió con denuedo los prejuicios dondequiera que los hallara, sin otro propósito que el de hacer triunfar las conquistas de la Ciencia contemporánea”. Así que en la rica y compleja sopa ideológica de finales del siglo XIX y principios del XX, los progresistas podían sentirse próximos a los científicos, aunque éstos sostuviesen tesis filosóficas rayanas en el racismo.
El historiador Peter Gay, en su biografía sobre S. Freud, define a “Gustave Le Bon, el más ampliamente leído de los psicólogos de las multitudes” como un “divulgador ecléctico de la ciencia contemporánea” (454). Pero también explica que la mayoría de los escritores que se ocuparon de los temas de psicología social eran “aficionados tendenciosos”; es decir, personas de otras disciplinas (periodismo, literatura, medicina…) que se ocupaban del fenómeno de las masas o las multitudes sobre todo para advertir de sus peligros.  
Ahora bien, ¿sería despreciable el pensamiento de un autor que inspiró al propio Sigmund Freud?. A propósito de la génesis de La psicología de las masas y análisis del yo, Gay dice que “Freud se había impregnado de los ensayos y monografías que psicólogos de las multitdues, desde Gustave Le Bon hasta Wilfred Trotter, habían estado publicando en los últimos años, y los utilizó como estímulos para su pensamiento” (452).
Leo en la Wikipedia que Le Bon gozaba de una excelente reputación intelectual, y que en torno a 1902, organizaba encuentros semanales con figuras prominentes para analizar temas de actualidad. Entre los asistentes a esos almuerzos de los miércoles estaban Paul Valery, Henri Bergson, Henri y Raymond Poincaré… Algunos le compararon con Darwin y Lamarck.
Sin embargo, al final del libro, Le Bon nos somete a la prueba más dura como lectores modernos. Podría decirse que su análisis de la situación en el momento en que escribe -1887, bajo la ocupación británica-, es todo un programa colonialista; sin tapujos, recatos o pudores, colonialismo al desnudo. Valora así los resultados obtenidos por los británicos en la India: “Son en verdad maravillosos, y tanto más cuanto la India, como dice con razón M. Harmand, no cuesta cinco céntimos, tal como suena, al Reino Unido. La India paga hasta los gastos del ministerio de la India, hasta los fusiles y las bayonetas de los soldados ingleses que tiene allí de guarnición, y hasta los gastos de las campañas en que su ejército indígena lleva a cabo fuera de los límites de la India” (277 II).
Sería casi de risa, pero es más bien para ponerse a llorar. Más aún, si tenemos en cuenta que había cerca de doscientos ochenta millones de indios por solo unas decenas de miles de funcionarios y militares británicos. Fue otro de esos brutales choques entre civilizaciones separadas por un abismo, como la llegada de los españoles a América en 1492.
La enésima versión de la explotación de la mayoría por una minoría extranjera puede explicarse con argumentos varios: los británicos supieron azuzar la rivalidad entre los distintos rajás y emperadores a su favor; no trataron de ocupar todo el territorio sino solo ciertas ciudades, regiones o pasos… Pero no se puede olvidar la decisiva intervención militar, el ejercicio de la fuerza bruta, los fusiles y cañones.
Me ha sorprendido saber que durante cerca de dos siglos y medio, la ocupación británica no la llevó a cabo la nación británica, sino empleados de la Compañía Británica de las Indias Orientales, una empresa fundada en 1600, a la que la reina de Inglaterra concedió el monopolio del comercio con la India. Los empleados de la Compañía fueron haciéndose con el control del vasto subcontinente desde esa fecha. Solo dos siglos y medio después, en 1857, tras la llamada “revuelta de los cipayos” -mercenarios indígenas, contratados por el ejército británico- que puso el país en pie de guerra contra los ocupantes, la Corona inglesa se hizo cargo oficialmente del poder.
La represión fue tan sanguinaria como habían sido los levantamientos y las luchas. Cuando supe lo que hicieron con los cipayos, quise pensar que no lo había entendido bien, quise apartar rápidamente de mi cerebro aquella imagen confusa y perturbadora… Pero, algunos días después, mientras recopilaba datos en Internet, vi un grabado que reproducía la escena. En el grabado, “cipayo” ya no es una palabra sino hombres barbudos, con turbantes y vestidos blancos, atados a la boca de un cañón. Puedes ver la parte mecánica del asunto, cómo los ataron a la punta del cañón trabándoles los brazos con un madero que les pasaba por debajo del sobaco. Cuatro soldados ingleses se mantienen firmes, en las cuatro esquinas de cada pieza de artillería. Los cañones son muy estrechos, delgados; las balas debían tener el tamaño de una naranja.
¿Cuánto tiempo dura el dolor cuando una bala de cañón te destroza el abdomen?, ¿cuánto tiempo sigue sintiendo de forma consciente el cerebro?. Pero para los cipayos, que eran hinduístas, aún había algo peor. Morir de aquella manera, con los restos corporales esparcidos por ahí, impedía que su espíritu volviese a reencarnarse para seguir su ciclo de muertes y renacimientos, ¡les condenaba a vagar por la eternidad!.
Eso hizo la nación –supuestamente- más civilizada del mundo hace apenas un siglo. 

Decidí, al fin, que profundizar en la auténtica ideología de Le Bon era una tarea muy compleja, que caía fuera de mis propósitos; y, en conclusión, diría que Le Bon fue un escritor de prosa seductora, un pensador curioso y ambicioso, un científico pulcro, un tipo corajudo, capaz de viajar por los lugares más recónditos de la India montado en elefante y de emocionarse visitando de noche los templos subterráneos budistas… Pero sus tesis conservadoras, eurocentristas, colonialistas, machistas, solo pueden ser leídas desde nuestro sillón del siglo XXI con la distancia de todo el tiempo que ha pasado, y de todo lo que hemos aprendido desde entonces.



Templo de piedra, Patán (Nepal) (fragmento, dibujo)






[1]  “Las cantidades prodigiosas de opio que consume China le son casi totalmente proporcionadas por Inglaterra, que las saca del suelo indo. Harto sabido es cuánta fue la indignación del gobierno británico cuando los soberanos del Celeste Imperio quisieron preservar a sus súbditos de los efectos de tan funesto veneno (…) entonces estalló aquella famosa “guerra del opio”, después de la cual, vencedores los ingleses, forzaron a China a recibir de nuevo el opio de las Indias…” (69).

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